Un fascista de manual y una rubia con mechas

El Gobierno está acabado, pero no se pierdan en la ilusión ni crean que eso significa que caerá mañana.

Digo que está acabado pero en la misma medida que lo estaba antes de febrero del 36, cuando sólo con un pucherazo colosal hoy documentado se alzó la izquierda como vencedora de unas elecciones que no debieron haber ganado nunca, aunque tampoco eso, seguramente, habría evitado que la situación desembocara en una guerra civil, tal como habían anunciado que harían por boca expresamente del criminal Largo Caballero si perdían aquellas elecciones.

Las perdieron, pero formaron un gobierno de canallas integrales del que poco más cabe salvar que a Julián Besteiro, al que pusieron al frente como mascarón engañoso de una tropa criminal parecida al ejército de Pancho Villa. Azaña, por esa hora, andaba ya de diletante y se negaba a ver la realidad insostenible de aquel cayuco a la deriva.

Una alternativa habría sido que hubiera gobernado la derecha y, en tal caso, la revolución habría estallado, porque lo tenían anunciado, pero cabe suponer que, con todos los resortes del poder en sus manos, ese hipotético gobierno hubiese sido capaz de reimponer el orden y algo de la calma necesaria para evitar un alzamiento y luego la masacre practicada por el abuelo de Pablo Iglesias y sus secuaces.

He leído un fragmento del nuevo libro de Federico Jiménez Losantos en el que figura la carta de petición de clemencia del abuelo a Francisco Franco para que le rebajase la pena de muerte a cadena perpetua y los elogios al dictador son tan miserables, cursis y sinceros que dan hasta vergüenza ajena. Parecido recorrido hicieron, desde la rojez a las filas de Falange, multitud de militantes socialistas que constituyeron los coros atiplados del “Cara al sol” y del “¡Arriba España!”.

En perspectiva, la actitud de la mayoría de los fusilados por el bando republicano en la hora de sus ejecuciones agigantan las figuras de Agustín de Foxá, de Calvo Sotelo y de tantos otros, y sitúan al abuelo del Marqués de la Estafa a la altura de una puta mierda, más aún cuando averiguas que no era sólo por salvar la vida, sino que incorporó el mismo entusiasmo el resto de su vida en las loas al Caudillo y a las órdenes de un verdadero fascista, éste sí, como el ministro Girón de Velasco.

En palabras no del todo exactas de José María Múgica, hijo del dirigente socialista asesinado por la ETA Fernando Múgica, cuya ejecución presenció, “Pablo Iglesias es un fascista con trienios de matón”. Y no es del todo exacto, digo, porque eso lo fue su abuelo, pero el susodicho es simplemente… un comunista.

El gobierno está acabado porque ya no se lo creen ni los que les votan, pero no va a caer mañana y nos arrastrará en su penuria junto a la hecatombe independentista, así que toca apretar los dientes hasta que llegue la hora, que no será pacífica y además me parece incuestionable que intentarán un fraude electoral para prolongar nuestra agonía.

Creo firmemente que España resistirá tanta vesania y todas las mostrencas pretensiones de rufianes, arnaldos y errejones, pero el precio puede llegar a ser muy alto y no descarto que haya muertos, no sólo los de la covid19, que ya superan los 70.000, tantos como los de un año de guerra.

A Nadia Calviño ya no le llegan los panties a la cinturilla y está como desaparecida, intentando darle forma a un desbarajuste de cifras y derrumbes insoportables que a Marichús Montero, experta en nada y bravucona sin sentido, no le cuadran ni a martillazos.

El latrocinio severo ha comenzado y las imposiciones fiscales y el atraco a las autonomías ya no forman parte de un plan de ajuste técnico que en toda Europa se pretende bajando impuestos, sino que han entrado directamente en el saqueo de los bolsillos y de las raspas, sólo en beneficio de mantenerse en el trote cochinero de este despiporre de la coalición de enemigos de España.

La lógica ha desaparecido y ya les vale cualquier cosa, incluso pasarse ocho meses culpando de todo a la sanidad privada y cuando Ayuso inaugura un hospital público pretender que con cuatro pardillos gritando sus sandeces en un ridículo monumental, se derrumbe el gobierno autonómico de la capital de España.

Son ya demasiados los indicios de que ha llegado la hora del expolio y de atiborrar las maletas con todo lo que encuentren, por si acaso, pero no crean que está dicha la última palabra, porque aún les queda la gasolina de toda la legislatura por delante y cuanto más se alargue mayor y más profundo será el desgaste, cuando los barones autonómicos tengan que administrar la miseria que a Sánchez le sobre en los bolsillos de los presupuestos mientras las autonomías catalana y vasca reciben lo robado en el resto de este corral llamado España.

Los de Transparencia le han otorgado a Sánchez diez días para que revele quién ha formado parte de ese comité de expertos todos estos meses y no sería imposible del todo que el ególatra termine por contarnos otra trola y se invente que lo presidían D. Santiago Ramón y Cajal y D. Louis Pasteur, que resucitaron para la ocasión sólo por rendirle pleitesía al tipo más cínico que ha parido el universo.

Como esto siga así, y no veo forma de cambiarlo, a Sánchez no lo vota ni Esther Palomera, que acumula garrafas de tinte rubio para las mechas en previsión de que llegue el total desabastecimiento.

He dicho.




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