Un Falcon lleno de mentiras del Gobierno

Sánchez se niega a dar explicaciones sobre el uso privado del Falcon por parecido motivo al de los asistentes a la ‘rave’ que se negaban a disolverse: o sea, porque no le da la gana.

Transparencia y una sentencia judicial insisten en que tiene que hacerlo de forma inmediata, pero Iván Redondo asegura que Moncloa no lleva esa cuenta, del mismo modo que tampoco contabilizan los muertos por la pandemia y aquí no pasa nada.

El año pasado, por estas fechas, en un despacho de la Junta de Andalucía apareció un camarín secreto, dotado de sofá, una tele, un video y un baño con una columna de masajes, oculto tras una estantería, como en una película del estilo de “Barry Lindon” o de “Amistades peligrosas”, pero aquellos eran tiempos de absolutismo y del “Rey Sol” transformado en Susana Díaz.

También en San Telmo encontraron un búnker secreto al que se accedía mediante huella digital sin que nadie haya dado todavía una explicación solvente de estas muestras del rococó socialista y del ocultismo absolutista.

Hay tanta impostura en todo este montaje de la progresía, que el poder prefiere no tener que dedicarle ni un minuto a explicar lo que están haciendo tras los muros del castillo.

La verdadera aspiración de quienes ocupan los Ministerios en este instante es que ni los ciudadanos ni la oposición pregunten nada y que den por bueno que todo lo que hacen, ya sea esconder la cifra de muertos o estampar su todoterreno contra un árbol tras el toque de queda y huir del lugar a toda prisa, es por el interés general de los súbditos y por la gobernabilidad de España.

A Illa, el ministro de Sanidad de pacotilla, no le araña ni lo más mínimo repetir con su cara de cemento que en Cataluña “no habrá gobierno del PSC con ERC, ni el PSC apoyará a ERC”… y si ustedes quieren nos lo repite cinco o veinte veces, como dijo Sánchez de sus no pactos con Bildu, con Podemos o con los separatistas.

No se puede seguir así o acabaremos en un barranco de la Historia o estampados contra el árbol de la sinrazón y la desvergüenza sólo por esa enfermedad caprichosa y colectiva que en su día diagnosticó certeramente el articulista Cristian Campos cuando señalaba que “el español es un tipo que se pasa la vida buscando la menor excusa para votar al PSOE”.

Semejante patología es abrumadora y requiere una intervención urgente de los ‘médicos’ de Europa, porque sin vacuna ni tratamiento, los síntomas del sectarismo socialcomunista se terminarán expandiendo y harán metástasis hasta en Bruselas.

Instalar la mentira y el engaño permanente en el software de la democracia sólo conseguirá que el sistema explote por cualquier costura y, cuando eso llegue, nos habremos reencontrado con Mao Tsé Tung, quien sostenía que “la política es una guerra sin sangre y la guerra es política con derramamiento de sangre”. A este grado de cinismo es al que conducen siempre la intemperie socialista y comunista.

Dice la ministra de Exteriores González Laya, a la que desmiente hasta el alcalde de ese villorrio de corsarios y truhanes llamado Gibraltar, que la Base de Rota no se va a mover de su sitio, pero el manoseo del idioma en esta gente es infinito y si un congresista norteamericano analfabeto cierra su discurso diciendo “Amén and Awomen”, sólo cabe interpretar que Laya se refiere a que las instalaciones navales seguirán allí incluso cuando se hayan trasladado las tropas norteamericanas a la acera marroquí, en Alcazarseguir, entre Tánger y el megapuerto de Tánger-Med.

Exigirle transparencia a Sánchez es como pedirle al escorpión que no pique o al burro que relinche y no rebuzne: un oxímoron opaco y un juego de palabras, un misterio con cien enigmas y dentro de cuarenta jeroglíficos. Es decir, una rueda infinita de sandeces y mentiras, un tornillo sin fin y un imposible. Y esto no hay cuerpo que lo aguante.

He dicho.




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