Un debate polarizado

El debate entre los dos contendientes a la segunda vuelta en las presidenciales francesas va a ser muy decisivo para que muchos indecisos se decanten por uno de los dos antagónicos modelos con posibilidades de gobernar y que los abstencionistas de uno y otro lado del espectro político se movilicen. 

El debate electoral ha permitido ver a una renovada Marine Le Pen de tono moderado y atrayente que cuenta con el activo adicional de haber dejado de lado sus propuestas más extremistas como la salida del euro y de la Unión Europea, convirtiéndose en una candidata más competitiva, mientras que Macron ha demostrado una superioridad intelectual que rebasa a Le Pen de forma estratosférica, y consciente de ello, en ocasiones se ha mostrado arrogante en las formas, incluso en lo que a la comunicación no verbal se refiere al transmitir de manera inconsciente claros signos de suficiencia al cruzarse de brazos o levantar las cejas mientras su adversaria hablaba, algo que le aleja del francés medio, utilizando un tono más duro y agresivo que ella, aunque cuenta con otras ventajas de las que Le Pen carece como su fuerte telegenia y su condición de buen parlamentario. 

A lo largo del debate se ha podido ver que ambos candidatos han exhibido un fuerte componente social y ecologista, algo que es lógico cuando se están disputando al votante de Mélenchon (que es el más abstencionista), aspirando a diferentes franjas de un mismo electorado: Macron, al más urbano y moderado que viene de votar al PSF y se ha decantado por el Podemos francés únicamente por su condición de voto útil de la izquierda, mientras que Le Pen apela al más radical y obrerista, al que le une su anticapitalismo. 

Le Pen se ha erigido abiertamente como la “portavoz de los franceses”, haciendo una vez más gala de su fuerte populismo, una identificación análoga a la de Podemos cuando se presenta como el “partido de la gente” y que en no pocos casos lleva a una deriva autoritaria, habiendo ejemplos muy abundantes. No hay más que recordar al Pujol del caso Banca Catalana cuando dijo que al atacarle a él por la corrupción atacaban a Cataluña porque él la defendía, del mismo modo que cuando a Lula lo juzgaron por corrupción, se atrevió a decir que era un juicio contra Brasil, actitudes muy similares a la de Franco, que cuando había manifestaciones contra su régimen las tachaba de manifestaciones “antiespañolas”. 

En materia económica, ambos candidatos hicieron muchas promesas de aumento del gasto social que en ningún momento explicaron cómo van a financiar, aunque en contraste, Macron se mostró mucho más realista ofreciendo realidades, pudiendo exhibir en su favor la mejora de la situación económica durante su mandato, que le confiere una imagen de solvencia, ya que no predica sino que da trigo, habiendo ocasiones en las que literalmente dio lecciones de economía a Le Pen, que demostró su completa ignorancia en la materia, propugnando políticas económicas que en muchos aspectos están a la izquierda de la que aplican PSOE y Podemos en España. 

En materia internacional, Macron puso contra las cuerdas a la candidata nacionalista al dejar al descubierto sus vínculos con el régimen de Putin y el difícil equilibrio que trata de mantener en su postura con Rusia, ya que Le Pen fue una de las pocas representantes políticas occidentales que reconoció la anexión de Crimea por el autócrata ruso, del que depende financieramente, ya que su partido se ha financiado con un préstamo concedido por un banco público ruso, algo que negó a pesar de que, como le recordó Macron, era una información pública a la que todos pueden acceder a través de los diferentes medios comunicación nacionales e internacionales, ante lo que Le Pen se limitó a responder de manera ridícula que Macron también se había reunido con Putin pese a no tener punto de comparación, ya que fue en el marco de las relaciones internacionales por su condición de Jefe de Estado y no porque tenga vínculos ideológicos ni financieros con éste. 

Sobre su polémica financiación procedente del régimen de Putin, Le Pen se defendió débilmente al responder que no tuvo otra alternativa que acudir a Rusia porque ningún banco francés le concedía préstamos, ante lo que Macron, de manera acertada, le respondió que Zemmour, con ideas similares a las suyas, consiguió financiación en Francia, a lo que se suma que aún no ha devuelto el préstamo, de modo que permanece atada al Kremlin, sobre todo cuando el banco ruso que le ha financiado no es privado sino dependiente del gobierno de Putin. 

En materia económica y social (tal y como dije en un artículo anterior), Le Pen parece una candidata de izquierda al hacer propuestas que son indistinguibles de la misma, pues al igual que socialistas y comunistas apela a la emotividad y no a la racionalidad, proponiendo (como le reprochó su oponente) que perciban la misma pensión de jubilación aquellos que han trabajado toda la vida que los que nunca han trabajado, una propuesta propia del comunismo que desincentiva el trabajo y el esfuerzo, de modo que al negarse a retrasar la edad de jubilación tiene un programa oculto al encubrir una subida de impuestos o una rebaja de las pensiones a los jubilados. 

Le Pen también puso contra las cuerdas a Macron en varias ocasiones como cuando el presidente sacó pecho de haber suspendido las cotizaciones sociales y haber dado ayudas sociales para paliar las pérdidas derivadas de la pandemia, ante lo que ésta le recordó que las pérdidas fueron a causa de un gobierno que les ha obligado a cerrar, aunque es cuestionable que ella hubiese gestionado mejor la pandemia. 

Otra ocasión en la que Le Pen estuvo muy atinada fue a la hora de hablar de energía, censurando el ecologismo punitivo de Macron, que castiga a las clases medias y a los más humildes al prohibir a los coches más antiguos desplazarse a la ciudad, que sólo beneficia a los ricos porque no les afecta semejante restricción, del mismo modo que criticó la apuesta de Macron por la energía eólica, que es cara e ineficiente, por lo que tuvo que rectificar y apostar por el carbón, de modo que en materia energética, han quedado en evidencia los constantes vaivenes y cambios de criterio del presidente francés mientras que su rival ha sostenido siempre la misma postura. 

En materia de seguridad e inmigración (a diferencia de los bloques anteriores) Le Pen sí se mostró de derechas, en contraposición a un Macron que se presentaba como progre y que se permitía hacer un discurso triunfalista sin autocrítica alguna, mientras que Le Pen abogaba por medidas enérgicas frente al inmovilismo del presidente. En este sentido, apostó por recuperar las penas mínimas (consistente en condenas a meses de prisión) en lugar de optar por medidas como la libertad vigilada o la pulsera telemática, ante lo que Macron respondió que, si estas personas entraban en prisión, se verían influenciados por sujetos peores, aunque es evidente que, en sentido contrario, elevar las penas puede suponer un elemento disuasorio si no quieren volver a la cárcel. 

La líder de la Agrupación Nacional denunció una realidad sistemáticamente silenciada porque, si bien es cierto que Francia lleva años sin sufrir atentados, no lo es menos que con Macron se han seguido produciendo ataques individuales, señalando que hay 4500 inmigrantes que figuran en los registros de radicales y 2700 mezquitas islamistas, mientras que el candidato centrista señaló que ha dictado una ley por la que se obliga a firmar los principios de la República Francesa, una ley que Le Pen tachó (acertadamente) de ineficaz porque no tenía consecuencias prácticas más allá de retirarles la subvención al no clausurar mezquitas ni asociaciones radicales ni expulsar a los sujetos que propugnan dichas ideas, algo que el propio Macron no negó, evidenciando su tibieza, que le retrata como el demagogo (con su retórica buenista y políticamente correcta) en materia de seguridad, siendo revelador cuando se opuso a prohibir el velo islámico como Le Pen proponía, diciendo que se dará una situación absurda al ver a la policía persiguiendo a quien no lleve velo, ante lo que su adversaria le recordó con gran acierto, que la policía ha corrido tras quienes no llevaban mascarilla durante la pandemia. 

En definitiva, un debate muy polarizado en el que (a mi juicio) Macron ha vencido en los bloques de políticas económicas y sociales y política exterior, mientras que la victoria corresponde a Le Pen en las áreas de energía y medio ambiente, seguridad e inmigración, de modo que es al pueblo francés al que le corresponde con su voto en las urnas pronunciar la última palabra en base a sus propias preocupaciones diarias y a cómo perciban la situación de la Nación. 




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