Un cuerpo de mujer y una tortuga con alas

El día que nombraron a María Gámez como nueva directora de la Guardia Civil me pilló en la radio. Alguien quiso celebrar que era la primera mujer en llegar a ese puesto y pregunté qué motivo había en ello para celebrarlo, que mejor esperar a su desempeño o tal vez deberíamos haber celebrado, cuando lo nombraron, que Luis Roldán era de Zaragoza o el primer tipo con barba en alcanzar tan alto honor, cosa que en realidad desconozco si era cierto.

Pues ya ven, han pasado apenas cuatro meses y María Gámez no se ha fugado a Laos, aunque motivos tiene de sobra para haberse borrado de la geografía. En ese tiempo ha logrado que pudiéramos celebrar más que justificadamente su dimisión, si la dignidad le alcanzara para tanto.

Pero María Gámez, última de los once hijos del farero de Estepona (Málaga), aunque al parecer ella nació en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y se desempeñó en la cosa interna de la ejecutiva malagueña del PSOE, nació para brillar en ese firmamento del nuevo feminismo de peluquería desestructurada y empoderamientos sobrentendidos que al parecer tanto une como incapacita para la prudencia.

En los automatismos solidarios del aguerrido feminismo patrio, esto lo sabíamos, hay tanta grandilocuencia vana como preadolescencia de gatillo fácil y falsaria impostura.

Como cualquier otro ejemplar de la misma especie, una mujer puede llevarse bien, mal o regular con sus congéneres, pero en la pulsión inducida de lo feminoide va implícito un regodeo compartido de celebración feliz y falsaria que trata de ocultar la persistente e ineludible tendencia al despelleje de las de su propio género. O las de su mismo sexo, no me líen.

Quizá sería exagerado señalar que casi no conozco compañeras en el periodismo que no se muestren así como abducidas por ese agujero negro que las engulle o las expulsa, pero son las menos. Y por eso mismo se dejan engullir, claro, porque la supervivencia es más cómoda si aceptas de partida los miserables postulados del 8-M o, al menos, compartes los ritos esenciales de esa especie de religión identitaria que te reduce al hecho de tener ovarios, como cualquier otra mamífera de la pirámide animal.

Nada de esto es muy extraño si se tiene en cuenta que bajo el nazismo la seña identitaria era igual de primaria, meliflua, genérica y sectaria, ya fuese la posesión de una cabellera rubia y los ojos azules, la pertenencia a la raza aria o cantar ensoñaciones patrióticas bajo símbolos que recuerdan a la letra griega gamma.

En la fantasía de ese ecumenismo feminoide, ser mujer, per se, las hace iguales, sin decirse nada, a sabiendas incluso de que tienen en común con una campesina de Chechenia, con una dama del Arrondisement 8 de París o con una lavandera de Mozambique lo mismo que con una chimpancé, es decir, el número de agujeros. Y ni siquiera eso, si contamos el número de piercings de algunos ejemplares humanos.

Resumiendo mucho, pero mucho, lo común es que todas ellas han comprado alguna vez en Zara y que durante la mitad de su vida una especie como de espíritu santo húmedo y tumefacto se les desciende cada mes por debajo del ombligo. Casi todo lo demás es paja.

Con esas credenciales y cien volquetes de dinero público por año, el feminismo de las economías occidentales se ha mostrado capaz de promover una pretendida agitación de venganza y rencor histórico que aspira a ser universal cuando sólo es un fiestón o un carnaval de las amazonas de sociedades ricas y ociosas que permite poner a Irene Montero o a Adriana Lastra por delante de Macarena Olona o de Cayetana Álvarez de Toledo. O embargarle, mediante una ley atroz y discriminatoria, las cuentas y los hijos a los monos que aún pululan distraídos por el planeta como pitecantropos constitucionalistas.

Aquella cosa del igualitarismo empoderado y supremacista principió a escalar posiciones en los gabinetes ministeriales tal vez a través del de Cultura, con las maneras suaves, carismáticas y elegantes de una Carmen Alborch de cabello rojizo y enmarañado como una zarza ardiente. Y el ciclo lo cerró otra ministra de gesto también desestructurado que pasaba revista a las tropas con vestidos premamá y luciendo un hermoso bombo de tamaño legionario.

No es que antes no hubiese habido mujeres al frente de un Ministerio (la primera de la democracia, si mal no recuerdo, fue Soledad Becerril) pero no necesitaron amarrarse a esa discursiva delirante que aspira al túnel sin salida del apuñalamiento de cualquier otro sexo, incluido el transgénero.

Pero visto en diacronía, ya me contarán cómo definir que hayamos pasado de la Alborch a la Lastra o de la Becerril a Mertxe Aizpurúa si no es degenerando.

Y, francamente, el dilema feminoide es una fantasía, pues no existe en nuestras sociedades ninguna teoría ni corriente de pensamiento que defienda la desigualdad de origen por razón de sexo. Lo que sí existe, en cambio, es en la izquierda una pretendida y extensible colectivización de todo victimismo, no sólo por ‘el género’ o el sexo, sino también por cualquier motivo poco saludable, ya sean la raza, la etnia, la religión o el comportamiento… En tiempos de globalización y cosmopolitismo, el zurdismo vuelve a las tribus, como trogloditas.

Pero María Gámez no es una troglodita, sino una jirafa encaramada a un árbol, una tortuga con alas o un elefante en una cacharrería. O sea, un ejemplar fuera de sitio, un mamut comprando el pan, por epatar, por provocar, para vender discos sin canciones, sólo por la portada, y sólo para que, por primera vez, una María ocupe el mando de la Benemérita, un Instituto con nombre de mujer y el Cuerpo armado.

Más le (nos) vale marcharse con esa música a otra parte.

PS: Y C’s…, sin respuesta.

He dicho.

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