Un brindis por Ava

Instalados como estamos en este largo paréntesis en la habitual manera de vivir nuestras vidas, que más parece una novela de Bradbury o Asimov a la que no le sabemos poner un final, me distraigo a veces en imaginar como hubieran transitado por esta inopinada situación personajes queridos por mí del pasado. 

Y me dio por imaginar, a mí que soy un apasionado del séptimo arte desde que tengo uso de raciocinio, en cómo hubiera vivido esta situación Ava Gardner, ella que era todo fuego y ganas de exprimir el limón de los días hasta la última gota… En fin, estoy seguro que se habría saltado todas las restricciones, las prohibiciones, los cierres “perimetrales”, los toques de queda y que no se le resistiría ningún tipo de confinamiento, ¡buena era ella!

Hace un par de semanas, quizá por eso me puse a pensar en ella, vi un estimable documental francés titulado en español “Indomable Ava Gardner”, aunque su título original era “La Gitane d,Hollywood”, sobre los años vividos en España por “el animal más bello del mundo”, ese mito cinematográfico (y erótico) que fue Ava.

Me llamó la atención sobremanera el empeño constante del realizador en recalcar la negritud del país donde Ava Lavinia había decidido “refugiarse” de tantas cosas (Hollywood, la industria del cine, Frank Sinatra, los hombres en general…), una y otra vez, machaconamente, la voz en off insistía en recordar al espectador: “Ella que encarnaba la libertad se fue al destino más sorprendente…”, “se mudó al corazón de la dictadura más terrible del viejo continente”, “un país recién salido de una guerra civil y dirigido con mano de hierro por los militares y los conservadores más ultracatólicos” , “la España de Francisco Franco… ¿por qué una de las mujeres más deseadas, fotografiadas y filmadas del planeta se asiló durante quince años en un país al margen del mundo libre?… ¿Suicidio o provocación”, “Por qué misterio un infierno de represión puede convertirse a ojos de una mujer moderna en un divertido paraíso?…”.

Justo antes de cumplir los treinta y tres años, Ava decidió y eligió. Eligió su libertad individual. Hizo algo con lo que, según ella misma dijo, llevaba amenazando mucho tiempo sin que nadie la creyera capaz: abandonó Estados Unidos y se instaló en España.  

La respuesta a las capciosas preguntas que se hace el realizador francés quizá se encuentre parafraseando el título de una de las más famosas obras del, por otra parte, gran amigo de Ava, el genial Ernest Hemingway, porque, en aquellos años “Madrid era una fiesta”. Y no solo Madrid.

Ava quedo prendida y prendada de España desde la primera vez que pisó suelo patrio, en la primavera de 1950, cuando rodó, en los mediterráneos paisajes de Tossa de Mar, esa magnífica, enigmática y singular película dirigida por Albert Lewin llamada “Pandora y el holandés errante”.  

En su autobiografía, llamada “Con su propia voz”, dice:

“He de admitir que España me fascinó desde el primer momento. Sentí una especie de parentesco con el flamenco; entonces estaba vivo, era puro. Las corridas eran espectáculos bellos y emocionantes, lo mismo que las fiestas populares, cuando todo el mundo se vestía con aquellos maravillosos trajes regionales. Todo era maravilloso, y continuaba sin tregua día y noche. Me encantaba”.

 

 

Y eso, a pesar de tener que bregar con ese elegante y bastante culto torero catalán, del que dicen los estudiosos del arte de Cúchares que su mayor aportación fue una verónica muy vertical y desmayada, metido después a actor y presentador de televisión, que fue Mario Cabré

Porque, a pesar de su sensibilidad y de su arte, se comportó, si creemos a la propia Ava, como un auténtico pelmazo:

“En todos los países del mundo te encuentras con hombres que son unos verdaderos chinches. Mario era un chinche español, a quien se le daba mejor la autopromoción que el toreo o el amor”.

Esa estancia primera en España estuvo marcada por sus continuas peleas y reconciliaciones con Frank Sinatra, su pareja de entonces. 

 

 

Ella venía de dos matrimonios fallidos, uno, jovencísima, con un improbable, Mickey Rooney, y el segundo, con el genial clarinetista de jazz y director de Big Bands, Artie Shaw, que quiso ser su Henry Higgins particular y pretendió cambiarla, cuando en el fondo despreciaba su origen campesino y su falta de cultura.

Sinatra incluso la visitó por sorpresa en el rodaje en Tossa de Mar, escamado por los continuos rumores y comentarios en prensa, debidamente propiciados por el bocazas de Cabré, sobre el supuesto romance de su amada con el torero-actor. Aquello se asemejó bastante a un vodevil.

Pero lo que verdaderamente marcó su vida de aquel rodaje fue conocer España, porque ella descubrió una España alegre, dicharachera, con ganas de vivir la vida, el momento, los días de vino y rosas que contó Wilder y cantó Mancini, la fiesta… En otras palabras, descubrió que aquella España era lo más parecido a ella misma.

Y es que España, a pesar de una guerra civil que había finalizado hacia apenas once años y de una dura posguerra, celebraba cada día la paz, celebraba cada día haberse librado de persecuciones religiosas y quema de iglesias, “paseos” a altas horas de la madrugada que terminaban en una tapia en las afueras de pueblos o ciudades, cunetas y checas, y celebraba que al fin había un horizonte de esperanza, que se veía una lucecita al final de un túnel que había durado demasiado tiempo y los españoles sentían que ahora se podía planear un futuro en el que vivir con sus familias en tranquilidad… Esto encontró Ava en este país, y no los tonos grises y terroríficos enunciados por el narrador del documental francés. 

Ava se casó finalmente con Sinatra en el 51, un matrimonio que se pareció más a un manicomio que a un romance, con varios intentos de suicidio por parte de Frank, con dos abortos, el segundo de ellos sin conocimiento de Sinatra… pero finalmente acabó. En el 54 se separaron, con nuevo intento de suicidio, corte de venas mediante, de Sinatra.

El impacto de España en Ava había sido tal que aquí fue donde busco refugio, porque, como ella misma dijo “se sentía emocionalmente cerca de los españoles”.

Madrid, siempre Madrid, fiestas, tascas, tablaos, toros… y toreros… Luis Miguel Dominguín, del que sí se enamoró perdidamente. Y otros muchos. Días de juerga, risas, algún llanto y mucho, mucho alcohol.

Pero también Sevilla, y Mallorca. 

A Deia llegó Ava en 1.956, invitada por el escritor y poeta Robert Graves

A Graves le pidió que le recomendara lecturas, que le leyera poemas, del mismo Graves y también de otros. Pero tampoco aquí pudo dejar de frecuentar la noche mallorquina y sus garitos hasta el amanecer.

Aquella visita devino en una gran amistad vivida en algunos encuentros y, sobre todo, en muchas cartas. Graves escribió un cuento corto basado en aquella visita que se llamó “Un brindis por Ava”.

 

 

La residencia de Ava en España acabó en 1968, dicen que por problemas fiscales, y se trasladó a Londres. Había terminado su época de esplendor y, también la parte de su vida en que Ava fue más ella misma y vivió su vida como ella quiso vivirla, para bien o para mal… Ya su carrera en el cine estaba en decadencia y salvo alguna contada excepción (“El juez de la horca” de John Huston…) solo la llamaban para películas de bajo presupuesto, coproducciones europeas o films del género de catástrofes como “Terremoto”.

Su vida en Londres se convirtió casi en la de una ermitaña, apenas algún paseo por Hyde Park acompañada por su sirvienta. Estaba prematuramente ajada. Grandes y pronunciadas arrugas marcaban su bello rostro. Eran las marcas de una vida de excesos, pero ella no pudo ni supo vivir de otra manera. 

En 1986 sufrió el primer ataque de apoplejía, que le dejó un brazo prácticamente inutilizado, tenía apenas sesenta y tres años. En el 88, un segundo ataque. Sinatra, que nunca había dejado de quererla ni de oír la canción que había sido “su” canción, “Lush Life” (“Vida apasionada”), costeó su traslado y el tratamiento en Estados Unidos y, cuando se recuperó, también le pagó el vuelo de regreso a Londres, donde ella se recluyó escuchando discos de Frank hasta que, en una noche tormentosa de un veinticinco de Enero de 1.990,  Ava, en su cama, cenó tan solo un vaso de leche  y un par de galletas y le dijo a su fiel sirvienta “estoy muy cansada”. Murió media hora después. Tenía sesenta y siete años. 

En la primera obra de importancia de su amigo Ernest Hemingway, “Fiesta”, dos de sus personajes mantienen un dialogo que muy bien podría haber sostenido la propia Ava (de no ser porque, en 1926, cuando se publicó la obra, era una cría de apenas cuatro años), pero que, en cualquier caso, resulta premonitorio, como el hecho de que la mayor parte de la novela se desarrolle en España:

“- Eres un expatriado. Has perdido el contacto con tu suelo natal. Bebes como si quisieras matarte. Has dejado que el sexo se convirtiera en una obsesión. Te pasas la vida hablando, no trabajas. Vas de un café a otro.

Bueno, parece una vida bastante agradable ¿no?”

Aunque seguramente defina mejor a esta mujer que quiso apurar la luz de los días minuto a minuto, el poema que, de entre los suyos, eligió Robert Graves, para leerle la primera noche de aquella visita a Deia:   

“Habla siempre con su propia voz 

 Incluso a extraños….

Es salvaje e inocente, aferrada al amor

en todo naufragio…”

Me ha encantado, dijo ella

Eres tú clavada, dijo él. 




 

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