Un análisis de las elecciones

Las elecciones de 2019 dibujan un preocupante futuro para España durante los próximos años. La victoria de Pedro Sánchez, por más que haya sido pronosticada por las encuestas es, para mis entendederas, un hecho absolutamente irracional, incomprensible, casi misterioso. No alcanzo a entender cómo un personaje de tan escaso bagaje intelectual y tan limitadas dotes de ética ha podido alcanzar ese apoyo mayoritario de los ciudadanos. A sabiendas de que Sánchez llegó a la Moncloa con los votos de los golpistas y de los etarras (además de la inestimable ayuda de Rajoy), a pesar de que su proyecto estrella pasa por un decidido sablazo fiscal (aparte de sacar a Franco de la tumba), a despecho de los primeros síntomas de estancamiento económico que ya se ven en lontananza, el pueblo español ha decidido votar en masa al PSOE, alarmado por la previsible irrupción de la llamada “extrema derecha”.

Ya sabemos que el tejido social español está muy deteriorado. La deconstrucción de la familia y de los viejos valores tradicionales ha avanzado lo suficiente como para explicar esta insistencia en apoyar a un Partido Socialista que prácticamente ha desaparecido en el resto de Europa. Se ve que España es diferente. Pero lo que más nos cuesta comprender es la amnesia de un electorado al que suponemos que le preocupará su cartera, pero que parece haber olvidado cómo nos dejó Felipe González, con un 20% de paro, cómo Zapatero pasó de negar la crisis que teníamos ante los ojos a decir que ya había “brotes verdes”, dejando al país al borde de la suspensión de pagos. Y por ahí anda todavía el hombre, encantado de haberse conocido y metiéndole el dedo en el ojo a los venezolanos. Ahora viene Sánchez dispuesto a repartir espléndidamente dinero público y a subir los impuestos, presuntamente a los ricos, aunque ya sabemos que los verdaderamente ricos tienen mil y un mecanismos para eludir la presión fiscal, mientras
que la clase media va a resultar la “paganini” de la “generosidad” de los socialistas. Así es la democracia: hay que aceptar los resultados por muy extravagantes que nos parezcan, pero es verdad que los pueblos acaban teniendo lo que se merecen.

La debacle del PP hay que interpretarla como un castigo que recibe Casado por los errores de Rajoy. El cúmulo de traiciones, cobardías, corrupciones y mezquindades de este partido, que llegó a contar con mayoría absoluta y con casi todo el aparato
autonómico de nuestra nación, quedará como un paradigma en la historia de incompetencia política. Es verdad que Casado parece querer rearmar ideológicamente el partido, cosa de la que nos alegramos, pero existen en él demasiados elementos
operativos de los viejos complejos de su partido: Maroto, Feijoo y otros elementos sorayistas tienen aún demasiado protagonismo en esta organización. Sea como fuere, teniendo en cuenta que Casado estuvo durante muchos años en la ejecutiva de Rajoy,
uno se puede preguntar de forma legítima cuándo disimulaba más: si cuando guardaba silencio ante los incumplimientos de su partido (en materia de impuestos, aborto, memoria histórica, ideología de género, etc) o cuando anuncia ahora que va a dar la
batalla ideológica en todas estas cuestiones. No sabemos cuál es el verdadero Casado: el que dice hablar sin complejos de los valores liberales-conservadores o el que llama ultra-derecha a los que los defienden. Nos han engañado ya tantas veces, que no es nada fácil entregarles nuestra confianza.

Es verdad que la inercia “conservadora” (en el peor sentido del término) de gran parte de la burguesía derechista española se aferra al PP con una pasión de hincha futbolero. Ciertos medios de comunicación de toda la vida, determinados representantes institucionales de la Iglesia, algunos tertulianos incombustibles siguen creyendo que no hay alternativa al PP, que “extra PP nulla salus” y que tenemos que serle fiel aunque dicho partido cobardee ante los nacionalistas, no defienda a la familia y se muestre dispuesto a caerles bien a los poderosos medios de la izquierda. Por eso es prematuro hablar de un definitivo declinar de un partido que le ha causado tanto daño a España y a los valores que dice defender.

Y luego tenemos el éxito a medias de C’s, un partido de “extremo centro”, adalid de la corrección política y de la moderación, al cual le deseamos todos los éxitos siempre que se presente como lo que verdaderamente es: un partido de centro izquierda razonable y
prudente, partidario del status quo de la Europa actual y del estado autonómico. Pero debe quedar claro que, aparte de la unidad de España, C’s no defiende ni una sola de las opciones del votante liberal-conservador: Aborto, agenda gay, vientres de alquiler,
ideología de género…, reivindicaciones no muy diferentes, por cierto, de las que mantiene el PP, pero que desmienten con meridiana evidencia a los que hablan, con toda impropiedad, de “trifachito”. La misma palabra en sí es tan disparatada que parece
grotesco entrar a debatirla. Insistimos: ojalá C’s crezca aún más en el futuro, pero a costa de la izquierda antinacional y liberticida de PSOE y Podemos.

El auge de los nacionalistas en las regiones catalana y vasca continúa imparable. Además de las extravagancias de los grandes partidos nacionales, ya comentadas, en esas regiones opera de forma abierta la coacción y el matonismo del que se beneficia no solo el nacionalismo, sino la ultra-izquierda bolivariana, la cual baja, pero no en la medida en la que se merece. Además, el PSE parece haberse beneficiado de cierto voto nacionalista que quiere salir del callejón sin salida en el que se ha metido el “Procès”. Desgraciadamente, el acoso a las formaciones de ámbito nacional es muy rentable electoralmente en nuestro país, en la medida en que espanta y acobarda al electorado conservador. Lo vemos no solo en dichas regiones nacionalistas, sino también en
determinados municipios de la misma provincia de Sevilla. Curiosamente, los beneficiarios de estas tácticas mafiosas son los que más hablan de “democracia”.

Por último, tenemos el éxito, igualmente relativo de VOX, partido al que tengo el honor de pertenecer. Si hace unos pocos meses nos hubieran dicho que este partido iba a sacar veinticuatro diputados no nos lo hubiéramos creído. Pero la asistencia a los mítines, así como las encuestas electorales, habían despertado ilusiones desmesuradas, al tiempo que parece haber movilizado a la izquierda, obediente a las infantiles consignas de sus líderes. Veinticuatro diputados obtenidos en contra del bloqueo y del machaque de los medios de comunicación, sin un euro (cuando los demás se han gastado la intemerata de dinero público), sin participar en los debates…, tiene, objetivamente hablando, muchísimo mérito. Ahora ya no podrán obviarnos en los telediarios. Ahora va a ser más difícil distorsionar nuestras propuestas y presentarnos con cuernos y rabo. Ahora el PSOE, acompañado de sus indeseables socios, en la medida que aplique sus perniciosas recetas, va a permitir mostrar a las claras a los españoles dónde está la verdadera alternativa. Entonces tiene que ser la hora de VOX.




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