“Umile e utile” 

Nada justifica la inaudita, desorbitada subida del precio de “la luz”, por ende realizada sobre ya una serie de subidas continuadas en los últimos años. La proliferación de chistes sobre el tema, centrados sobre todo en el uso de las lavadoras, consuela a unos y deprime a otros… Pero en fin, puesto que la lavadora está de actualidad, puede ser el momento de rendirle homenaje a unos objetos muy simples, y que al mismo tiempo entroncan con realidades hasta sublimes…

Ese objeto humilde es el calcetín. Y lo sublime es el Cántico de las Criaturas de San Francisco, dando gracias a Dios por todo lo creado. Al llegar a “la hermana Agua”, el Santo, memorablemente, la describía como “molto utile e umile, preziosa e casta”… ¡“Umile e utile”! Dan ganas de repetirlo una y otra vez: utile e umile. Umile e casta… El agua es útil y humilde,  preciosa y casta…

Desproporcionado es comparar el agua, “la hermana Agua”, fuente de vida, con tan modesta cosa como son los calcetines. Pero, ¿no estamos diciendo que es “utile e umile”, humilde y útil? Así son los calcetines.

Una de las cosas más extrañas de la moda actual es la supresión de los calcetines – el concepto de que, si se llevan, deben estar ocultos a la vista, si bien lo más “guay” es abstenerse de llevarlos. Es decir, ponerse directamente los zapatos, sean mocasines o deportivos, por las bravas, a pie enjuto.

¿Y luego?

-¿Cómo se limpian estos zapatos? -preguntaba una ingenua tras adquirir unas magníficas botas de nieve, muy útiles para habitar en las casas solariegas durante el invierno sevillano. La dependienta miró con asombro a semejante ignorante.

-¡Pues se meten en la lavadora! -dijo como cosa obvia.

¡En la lavadora! De manera que en una era de puritanismo medioambiental, resulta que está extendido el más gigantesco derroche de energía imaginable. Incluso a los que nos sentimos ajenos a esta especie de religión de la ecología, nos asombra el sensacional derroche que significa que millones de personas, jóvenes e imitadores de jóvenes (es decir, casi toda la población) se paseen en verano con zapatillas deportivas y sin calcetines, y arrojen luego en la lavadora esos millones y millones de zapatos, que, por razones obvias (¡sin calcetines!) tendrá que ser casi a diario… ¡Sin calcetines!

Y muchos serán los mismos que, en pro de la ecología, digan que no se puede matar a las serpientes, y que, por no contaminar el planeta, no impriman una hoja de papel con la entrada de un espectáculo (“piénselo muy bien antes de imprimir esta hoja”, se nos recuerda en el correo electrónico).

Y esos mismos, por la descabellada chulería de no llevar calcetines, pues arrojan a la lavadora zapatos (algo inconcebible para quien lo oye por primera vez), provocando un derroche energético tan monumental que no hay que ser ecologista para lamentarlo. No se trata ni de “salvar el planeta” ni de pagar menos por la factura. Se trata de que ese alarde de despotismo, de chulería, de regocijarse en ocasionar el mayor gasto y molestia posible, deja en pañales a los faraones cuyos esclavos se honraban en limpiarles las escupideras…

¿Nadie piensa en el derroche de energía, en la poca “sostenibilidad”? No supone casi ningún gasto el lavar unos calcetines (¿cuántos harían falta para llenar una lavadora?). En cambio, implica una inversión energética monumental el lavar en la lavadora, unos zapatos; un enorme derroche de electricidad y de agua. No suponía tampoco daño alguno el limpiar los zapatos con los métodos tradicionales (una crema, un trapito, un cepillo), que exigían además un mínimo, un modestísimo esfuerzo manual. Ahora, altisonantemente, como tiranos de la tierra, como déspotas, los arrojamos a la lavadora…

El calcetín es una prenda útil y humilde. ¿Por qué se le ha tomado esa manía, ese desprecio, como de cosa vergonzante? ¿Será precisamente por eso, porque es humilde y útil precioso y casto? En una era en que la arquitectura desprecia al ciudadano, alardea de fealdad, casi podríamos decir se “recochinea” de él, regocijándose en no deleitar su vista, pues en el campo indumentario se traduce en la moda opresora que ridiculiza a quien lleva una prenda sencilla, útil y humilde, limpia y que no contamina; preciosa y casta.

Los calcetines son hermosos y necesarios (quien prescinde de ellos, necesariamente tiene el pie menos limpio). Si se usan y se lavan, ya no hace falta lavar, o lavar tanto, los zapatos.

Todo esto tiene connotaciones más altas, sí, y hasta sublimes… Pero quien no las capte, o quien se encoja de hombros ante el Cántico de las Criaturas, y tampoco se preocupe por las monumentales incoherencias al practicar el ecologismo… pues en fin, dada la brutal subida del precio de la electricidad, si aunque sólo sea por reducir algo la factura, comienza de nuevo a usar esa humilde y útil prenda, los calcetines, y da un descanso a la lavadora… pues se habrá obtenido algo bueno dentro de lo malo.

¡Larga vida al calcetín!




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