Último tren hacia la paz

Tengo dicho que España es tal vez el único país del mundo donde si apareciera una reserva infinita de petróleo y gas, un filón inagotable de oro o de diamantes, de tantalio o de litio, de uranio o de bocadillos de jamón, no faltarían bandadas de gilipollas exigiendo que no se le tocara un pelo. Puse como ejemplo el caso de Noruega, sociedad avanzada a la que se tiene por paradigma de desarrollo y de eso que llaman ‘sostenibilidad’, cuyo altísimo nivel de vida, del país y de la sociedad en general, sólo se explica por la intensa actividad de extracción petrolífera en sus plataformas del Mar del Norte, que es lo que paga todo lo demás, desde los hospitales públicos a todas las coberturas sociales de las que disponen, por encima incluso de las de casi todo el resto de países europeos.

Hace pocos meses, alguien propuso explotar el litio en un lugar de Extremadura y salieron los de la jauría mema de Podemos a despotricar. Y en aguas de Canarias, el Gobierno se ha dejado delimitar por las bravas las aguas territoriales por el tirano de Marruecos allí donde se espera encontrar inmensas reservas de metales raros. Por cierto, el pateador de policías condenado y excluido ahora del Congreso por sentencia firme del Tribunal Supremo, vivía hasta hace un rato de prestar servicios en una de esas plantas extractoras de petróleo en mitad del mar.

En mitad de una crisis energética que parece provocada en un laboratorio y destinada a hacernos colapsar, el precio de la electricidad en España bate records históricos, aunque Europa también la sufre de otro modo, y coincide con el compromiso incomprensible en el manicomio climático de que los vehículos de gasoil y gasolina sean sustituidos en poco tiempo por coches y camiones alimentados mediante baterías recargables. A ver quién es el guapo que conduce dentro de diez años un vehículo cuya recarga de energía deberá pagarse a precio de caviar Beluga. No es que sea una paradoja, sino que huele a estafa monumental.

Sánchez, como siempre, puso el dedo en la llaga anunciando que España no sufrirá problemas de suministro de gas porque lo tiene garantizado con Argelia, lo cual era la confirmación innecesaria de que nuestro suministro peligraba, habituado como está a afirmar cuando niega algo y viceversa. O sea, a mentir como Pinocho en una partida de póquer de tahúres.

Tiempo le ha faltado a la imberbe ministra Teresa Ribera para salir corriendo hacia Argelia para tratar de solucionar con los argelinos el caos monumental que impondrá Marruecos a su capricho con el trozo de apenas unos kilómetros de su territorio por los que atraviesa el gasoducto que nos une a la hammada magrebí.

Casi nadie lo recuerda (es no sólo porque no les da la gana, sino porque este país tiene flaca memoria y mucha mala leche), pero al inicio de la transición, con Franco muerto y el Sáhara recién abandonado tras “la marcha verde” de Hassan, la incipiente democracia española se tambaleó de forma grave y a punto estuvo de descarrilar por varias crisis consecutivas del petróleo causadas por la OPEP, que decidió cerrar el grifo de sus recursos y bajó la producción de manera estrepitosa.

Sólo la eficaz intervención personal de S. M. el Rey D. Juan Carlos, que se puso en contacto con los jerarcas del Golfo y logró que nos proporcionaran suministros añadidos de más cien mil barriles por día, impidió que la democracia abortara. Y no ocurrió una sola vez en los años 70, sino en varias ocasiones; y luego, para colmo, a pesar del regalo que nos hicieron aquellos gandules de los pañuelitos de servilleta de pizzería en la cabeza, atendieron las palabras de Juan Carlos I y no nos mandaron al caraj… cuando pocos años después, a comienzos de los 80, S. M. les explicó que España se disponía a restablecer relaciones diplomáticas con Israel. Otro logro impagable de la Corona a nuestra presumida existencia democrática que ninguno de los políticos de ahora conoce ni está dispuesto a reconocer, pero que de no haber sido por las muy cordiales y estrechas relaciones que el franquismo estableció con los países árabes para paliar su aislamiento internacional, y que D. Juan Carlos heredó y cultivó con mimo, nos habría conducido a un escenario brutal y muy distinto del que conocemos.

Por cierto que en aquellos años los de la ETA se emplearon a fondo con sus asesinatos y su barbarie para que la democracia se hubiese estampado en cualquier esquina. Y ahora pretenden vendernos que estaban en lucha a favor de la misma cuando se encargaron cada día de desmontar los raíles por los que a duras penas transcurrió la transición hacia la concordia y engrasaban con la sangre de los españoles el descarrilamiento del único tren hacia la paz. Con Francia no mostraron nunca eso coj…, los muy cobardes asesinos.

He dicho.




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