Trilogía

Al visitar periódicamente a mi anciana madre, que acaba de cumplir los noventa años, suelo echar un vistazo al salón comedor, cargado de fotos y objetos que despiertan la emotividad. Me imagino que nos pasará a todos, pero hay algo que me inspira un respeto reverencial, y es el ver aquellos libros que aún recuerdo en manos de mi padre, ya fallecido, y cuyos comentarios sobre lo que leía me vienen a la memoria cual sentencias del mejor crítico literario que haya conocido.

Entre otros volúmenes, hay tres que rotaron de mano en mano desde mi abuelo a mi padre pasando por varios amigos y hasta del coadjutor de mi parroquia, que era licenciado en Filosofía y Letras y profesor del instituto Martínez Montañés, y coincidían en que se trataba de libros que debíamos leer todos para comprender mejor nuestra reciente historia.

Me estoy refiriendo a la trilogía “Los cipreses creen en Dios” (1953), “Un millón de muertos” (1961) y “Ha estallado la Paz” (1966), de José María Gironella, editados por Planeta, y que recogen de forma novelada los períodos de la segunda república, la guerra civil y los primeros años de posguerra, respectivamente.

A fecha de 2002, la primera de ellas había vendido un total de 12 millones de ejemplares en todo el mundo, siendo considerada como una de las mejores obras literarias escritas sobre la Guerra Civil, calificada de objetiva e imparcial por ambos bandos. Es además la novela española más leída del Siglo XX y llegó a ganar en 1953, el Premio Nacional de Literatura.

Es curioso cómo el editor Lara y el autor llegaron a un acuerdo, porque las cinco versiones escritas no habían despertado interés en ninguna editorial. Su éxito al parecer se debió a que nadie había explicado hasta entonces de una forma sencilla, no política, sino emocional, el por qué llegó aquella guerra. Por eso aún se vende. Y porque es un libro con una prosa muy sencilla, muy suave.

Tres libros ya ajados por su uso, con una estampa hundida entre sus páginas y algún subrayado a lápiz para resaltar ese párrafo que impactó a alguno de sus lectores. Pues bien, este verano me propuse  leerlos, ya tocaba, y aún hoy, ya concluida su lectura, conservo el regusto que se nos queda cuando gozamos con la buena literatura.

Te das cuenta de que estás ante un clásico porque te habla del hombre (en sentido genérico) de siempre, del ser humano como tal. Así, la violencia de los anti sistemas (en aquella época los anarquistas, hoy pongan ustedes las siglas); el buenismo de los biempensantes, que no alcanzan a calibrar la deriva que van tomando los acontecimientos hasta que la nave se ha ido a pique; el valor de la familia como último refugio seguro cuando todo parece haberse  ido al garete; el olfato de los especuladores, que siempre saben sacar partido de las penurias y estrecheces de las crisis…

Durante muchas horas he vivido bajo la claridad de agosto, cabal y persuasiva; he gozado de la anchura de un aire sin límites, en esos días anchos, de luz tensa y resistente, de cielo sin fisuras y vacilante, de atardeceres solemnes y premiosos. En efecto, agosto es un mes apropiado para emigrar a aquellas lecturas que nunca podemos abandonar del todo, que son una presencia permanente en nuestro trajín, y a las que, de vez en cuando, regresamos con el tiempo y la serenidad que ofrecen esas semanas de estío.

Son ya muchos los veranos en que me acojo a las páginas perennes de los clásicos para consolarme de la tormenta de fragilidad de convicciones y de liderazgo que nos arrasa, y de ahí esta recomendación a todos mis lectores: déjense sorprender por los clásicos; nunca defraudan y los tienen muy cerca, en sus estanterías, esperando desde hace años a ser redescubiertos.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com  




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2 Comments

  1. Carmen dice:

    Me ha encantado tu artículo, Alberto.
    Me ha llevado a mí adolescencia y primera juventud cuando mi queridísimo padre me hizo socia del Círculo de lectores, de dónde me hice con los tres libros que leí ávidamente.
    No me acordaba de ellos pero me has invitado con tus palabras a su reelecrura.
    Gracias.

  2. José Antonio Molino dice:

    Querido Alberto. En efecto, a mí también me pasa. Visito a mi anciana madre de 91 años y nunca dejo de dar un vistazo a los muebles, estanterías fotos y por supuesto, libros, y es curioso porque también mi padre tenía los tres libros de Gironella. Tres gruesos volumen de tapas negras en papel biblia que dado el número de páginas de los mismos y lo apretado de la letra siempre me asustaban de adolescente por el esfuerzo lector que suponían. Ya un poco más mayor, alentado por mi padre, también fallecido ya y siendo yo más consciente de que había que conocer la historia, me los leí ( creo que el último quedó a la mitad ) y me resultó más fácil de lo que creía por el estilo de fácil comprensión del autor y también impactante al comprobar como la gente sencilla, normal, la gente que sólo quiere vivir su vida lo mejor posible sin molestar ni hacer daño a nadie, personas en fin que resultan desbordadas por los acontecimientos por culpa de otros estamentos: partidos políticos, gobierno, agitadores, etc . Dos conceptos de vida a años luz uno de otro. En la Biblioteca de Plata de Autores del Siglo de Oro de Círculo de Lectores el catedrático Francisco Rico definía a los clásicos casi calcado a tus palabras: siempre están ahí, no envejecen, su mensaje siempre es válido y esperan a ser releídos. Buscaré tiempo para ellos. Al fin y al cabo , ya lo dijo Reverte: somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Aplíquese también a este caso.

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