Tres canciones para una dama

Siempre creí que eran gotas de la misma lluvia. Resbalaban por mi rostro, y al mirar el rostro de ella casi me convencí de que eran gotas de la constante y fina lluvia que nos empapaba cuando subíamos la cuesta de adoquines cojos de la calle Libertad. Nos importaba poco que en las afueras de nuestros silencios todo se mojara. Caminábamos metidos en los propios pensamientos, descuartizando las últimas palabras dichas durante el recreo de aquel instituto instalado en un cerro. Que calibrábamos hasta dónde el daño, hasta dónde aquella sílaba maldita que hubiera abierto una herida en el sentir de cada uno. Subíamos absortos la tortuosa cuesta, ajenos a la deslizante y amarga agua que nos empapaba los rostros… Que acaso fueran gotas de lluvia. (“Gotas de lluvia”, de Enrique Guzmán)

Nunca rondé a nadie bajo ningún balcón ni frente a ninguna ventana enrejada. La verdad es que yo siempre he rondado solo. Solitario y con la timidez a cuestas emprendía la huida cada tarde hacia un cabezo de nombre Esperanza. Y desde allí, sentado sobre la hierba, esperaba hasta las diez menos cuarto de la noche, que era la hora en que ella encendía la luz de su estancia para clavar la mente sobre las páginas de Física o Matemáticas. Apenas me daba cuenta de lo que a mi alrededor pasaba. Que estaba ensimismado en aquel rectángulo, pendiente de cualquier movimiento de las cortinas, por si su sombra apareciera ondulante y se detuviera aunque fuera un instante junto a los blancos dinteles. Estaba abstraído, impregnado de su sonrisa de por la mañana, de sus miradas durante las horas de clase, del olor que desprendía su pequeñito cuerpo de ángel… (“Noche de ronda”, de Nat King Cole)

En el atardecer te espero, con el ánimo puesto en que nuestros instantes se parezcan a lo eterno. En este banco vacío que aguarda melancólico tu asiento. En el atardecer te espero, de cara a la nostalgia de tus besos, latiendo con el destino porque juntos ahoguemos tu grito y el mío en un murmullo intenso. En el atardecer te espero, para decirle al mundo que aún no hemos desaparecido del todo, que tu lumbre y la mía alumbran todavía la estancia de las alfombras de tomiza sobre las que nos echábamos acurrucados para oír una y otra vez el “Para Elisa” de Beethoven. En el atardecer te espero, en esta hora del crepúsculo… (“La hora del crepúsculo”, de Los Cinco Latinos)




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