Trasteros

A todos aquellos que experimentamos lo que era vivir en una casa de vecinos, o en uno de los antiguos corrales sevillanos, el vivir en un piso nos invitaba a disfrutar de muchos espacios repartidos entre el salón y las habitaciones, pero con el aumento de las comodidades, la llegada de los hijos y, sobre todo, la acumulación de pertenencias, la superficie empezó a resultarnos pequeña y hubo que echar mano de los altillos, los roperos empotrados y, finalmente, de los trasteros, unos cuartillos ubicados, en la mayoría de los casos, en los garajes del sótano.

Y es que al parecer existe una ley no enunciada por la que la cantidad de elementos que guardamos en casa es función directa de los metros cuadrados de los que disponemos para ello. A saber: conforme disfrutamos de una vivienda mayor, mayor es el número de enseres (libros, ropa, figuritas, recuerdos, cuadros, …) que nos acompañan. En ocasiones he llegado a preguntarme si el hábito de no desprendernos de nada, “por si acaso”, no se trata de una modalidad del mal de Diógenes, aquél que no quería tirar la basura y convivía con ella.

Bibliotecas con libros que nunca leeremos, colecciones de CDs que no hemos vuelto a oír desde la aparición de youtube o Spotify, diapositivas que no cuentan con un proyector que las visualice, armarios con ropa de hace años que no nos ponemos o que han pasado de moda, botellas que no llegaremos a abrir, y tantas y tantas cosas que no sabemos ni que las tenemos, y que nos sorprenden cuando un día, buscando algo, nos llevamos la sorpresa de su aparición.

Una tarde, mientras tomaba café en un bar, me detuve viendo un reality de la cadena Energy titulado “¿Quién da más?”, un peculiar sistema de pujas sobre un conjunto de objetos apilados en trasteros alquilados, pertenecientes a personas que no habían podido hacer frente a los pagos de sus alquileres. Los presentadores mostraban desde fuera el contenido de lo que podía haber dentro de los almacenes, y los pujadores sólo contaban con cinco minutos para intuir el contenido de cada lote y a partir de ese momento, comenzar la subasta: el que más arriesgase se llevaba su contenido. Este programa, según supe más tarde, es el más visto en Estados Unidos en la televisión por cable A&E entre adultos de 25 a 54 años y se ha convertido en uno de los más exitosos entre las cadenas de cable de aquel país.

Pues bien, como tantos y tantos hábitos de consumo que han llegado de América, éste ya está alcanzando una fase de madurez en España y hay empresas que han apreciado en este sector del self storage (almacenaje en autoservicio para usuarios particulares, profesionales o empresas que necesitan un pequeño almacén, un pequeño guardamuebles o un espacio seguro y de uso exclusivo, que desean gestionar ellos mismos con total libertad) un atractivo nicho de mercado; empresas como “Necesito un trastero” han abierto delegación en Sevilla, y otras como Box2Box permiten transportar, almacenar y consultar el inventario desde el móvil, ubicando las pertenencias en las afueras de la ciudad, lo que permite ofrecer precios competitivos.  En efecto, por mucho que Marie Kondo u otros gurús del orden nos inviten a practicar el desapego de nuestras pertenencias, el alquiler de trasteros es un negocio en auge.

De pequeño me enseñaron que lo que se guarda, o se pierde o se estropea, que los objetos están hechos para su disfrute más que para su conservación por tiempo indefinido. Experiencias como una botella de vino guardada para una gran ocasión, que había perdido todo su sabor cuando la abrí, o colonias que alcanzaron un tono añejo por apartarlas para determinados eventos, me mostraron a las claras que hay que anteponer el uso a la reserva.

El cine se ha hecho eco de esta moda y ahí está la serie de Guillermo del Toro “El gabinete de curiosidades: el trastero 36”, donde un hombre cree que un trastero lleno de trastos misteriosos pondrá fin a sus problemas de deudas, pero pronto se ve envuelto en una situación mortal y desesperada. Personalmente me quedo con el mensaje de “Ciudadano Kane”, que supongo que todos habrán visto y en la que desde el comienzo de la película, con el protagonista siendo niño montado en un trineo, hasta su desenlace, se repite una palabra enigmática: Rosebud.

Rosebud no era el nombre de una mujer, ni de una población, ni de una firma del vasto imperio de empresas del protagonista. Tampoco era una contraseña utilizada para transacciones de negocios ni una finca de las muchas que aparecen en el film. La cámara, poco antes del rótulo The end,  se desplaza finalmente hacia un montón de trastos, en apariencia inservibles, como los que hay en muchos trasteros, y se detiene en el trineo con el que jugaba de niño, donde aparece rotulada la palabra Rosebud. Perdón por el spoiler. Quizás el objeto más amado estará amontonada entre trastos inservibles, que otros arrojarán a la basura cuando dejemos este mundo.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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