Tras dos años de guerra, Ucrania necesita paz, pero ¿qué paz?

Gran noticia inesperada: En las elecciones presidenciales de Rusia, Putin ha vencido a Putin por 87.32% de los votos e iniciará su quinto mandato. Como ha comentado el ex-corresponsal de “El Mundo” en Moscú, Xavier Colás -que ha sido  expulsado del país-, Putin es adicto al poder y el poder ruso es adicto a Putin, que se ha inventado un país en el que los rusos votan regularmente, pero, en vez de cambiar de presidente, mutan las fronteras. Según el invicto líder, “la victoria en las elecciones es solo un prólogo de las victorias que tanto necesita Rusia y que sin falta llegarán”. Se refiere obviamente a la guerra ruso-ucraniana. Han transcurrido dos años desde que Rusia inició su agresión a Ucrania y ambos contendientes están exhaustos. Ucrania -mucho más débil que su vecino en población, ejército y recursos- no tendrá más remedio que hacer a una movilización general de unos 500.000 efectivos para reponer sus diezmadas tropas. Rusia lo ha hecho “de facto” recurriendo a varios subterfugios, y es probable que tenga que hacer lo propio una vez celebradas las elecciones. Proliferan los llamamientos al cese de las hostilidades  y al inicio de negociaciones de paz, como ha hecho el Papá Francisco, pero habrá que ponerse de acuerdo sobre lo que se entiende por paz, su contenido y el coste a pagar por ella. Todos, salvo Rusia que es quien la ha quebrado, quieren la paz, pero ¿qué paz? ¿La de los cementerios?

Ucrania, la más perjudicada

En todo conflicto armado suele haber ganadores y perdedores. Enrique Calvet – en su artículo “La paz y sus posibilidades”, en “Mundo Financiero”- ha situado entre los primeros a Rusia, a Estados Unidos y la OTAN, y entre los segundos a Ucrania y, en menor medida, a la Unión Europea. No estoy de acuerdo con esta apreciación, salvo en que la principal perdedora ha sido Ucrania, pero en realidad todos han salido -hemos salido- perjudicados: la Comunidad internacional y todos y cada uno de sus miembros. Puede que algunos países -como China, India, Turquía o Irán- y algunas Organizaciones internacionales -como la OTAN- se hayan visto beneficiadas por el conflicto, pero al final todos han salido perdiendo, porque Rusia ha puesto en peligro el delicado sistema de seguridad internacional y el equilibrio de poderes hasta ahora vigente.

Ucrania ha perdido Crimea y la mayor parte del Donbas -18% de su territorio-, visto destruida buena parte de sus estructuras fundamentales, sufrido gran cantidad de muertos y heridos, y sido adversamente afectada, por los gastos de guerra y por la perturbación de la producción y exportación de sus productos básicos. Volodimir Zelenski admitido la muerte de 31.000 soldados y no ha querido dar la cifra de heridos. Según el “New York Times”, los muertos ascenderían a 70.000 y los heridos a 120.000. Cuenta con 6. 4 millones  de refugiados en el extranjero y 3.7 millones de desplazados internos. El Ejército ucraniano -contra todo pronóstico- no solo aguantó la invasión rusa, sino que pudo contraatacar y recuperar partes del territorio ocupado. Ahora la situación está estancada y los frentes estabilizados a lo largo de 1.600 km. 

Pese a sus numerosas bajas humanas, el principal problema de Ucrania es la falta de equipo militar moderno para hacer frente a los ataques rusos -especialmente en materia aérea y misilística- y la carencia de munición. Estados Unidos, la OTAN y la UE le han facilitado generosamente equipo y ayuda económica para su adquisición, pero lo ha hecho con cuentagotas y sin cederle aviones y proyectiles de largo alcance. Un caso típico es Alemania, que ha prometido darle la ayuda que necesite, pero se niega a entregarle misiles Taurus, que le permitirían atacar las bases de lanzamiento de misiles en territorio ruso. Como ha comentado el presidente de la CIA, William Burns, Ucrania atraviesa un momento crítico y, si no recibe pronto la ayuda que necesita, volverá a perder territorios. La ministra  de Defensa, Margarita Robles, ha afirmado que Ucrania tiene que ganar la guerra “y debe hacer un esfuerzo para ello” (¿?). Más esfuerzo que está haciendo no creo que sea posible y quienes realmente deben hacerlo son la OTAN, la UE y sus Estados  miembros con el suministro de armamento.

Fracaso de la Rusia de Putin

Otro gran perdedor de la contienda ha sido Rusia, que fracasó en su tentativa de “operación especial” para domeñar a su débil vecino en un paseo militar, que acabaría con la conquista de Kiev, el derrocamiento de Zelinski y el establecimiento de un Gobierno títere en Ucrania. Putin cometió una serie de errores de cálculo impropios de un profesional de los servicios secretos rusos: 1) Sobrevaloró la capacidad ofensiva del Ejército ruso, que ha puesto de manifiesto sus insuficiencias, al lanzarse a la aventura sin un plan estratégico y logístico suficientemente preparado; 2)  minusvaloró la capacidad de resistencia el Ejército y del pueblo ucranianos, y consideró erróneamente que la mayoría de la población rusófona y ortodoxa se uniría a las tropas de la madre patria; 3)  estimó que -como en el caso de la invasión de Crimea- la OTAN y  a UE no irían más allá de algunas protestas retóricas y de sanciones económicas menores, pero consiguió todo lo contrario. Su ofensiva fue un desastre y tuvo que dar marcha atrás con el rabo entre las piernas, tras haber perdido un altísimo número de combatientes -incluidas algunas de sus tropas de élite- y tuvo que recurrir a los mercenarios del Grupo Wagner y a criminales liberados de las cárceles a cambio de su alistamiento.

No comparto la opinión de Calvet de que, al haber ocupado buena parte del Dombas,, Rusia volvería a tener un Estado tapón frente a Ucrania, lo que no sería posible porque, al haberlo incorporado a la Nación, tendrá que defenderlo como cualquier otra parte del territorio ruso. Putin no ha salido reforzado, antes al contrario, ya que ha sido puesta en evidencia por el fracaso de su operación especial para supuestamente impedir la invasión de Rusia por parte de Ucrania y de la OTAN, y por el motín de Evgeny Prigozhin y sus wagnerianos, que estuvieron a punto de conquistar Moscú sin apenas disparar un tiro, en medio de un fenomenal caos en el que el jefe supremo del Ejército se tuvo que refugiar en un búnker de San Petersburgo. Pasó por la humillación de tener que perdonar a los amotinados, aunque luego se librara de su jefe mediante el eficaz método de la KGB de la “eliminación por accidente”. El prestigio de Putin está bajo mínimos, aunque siga controlando dictatorialmente el país, como se ha puesto de manifiesto con el paripé de las elecciones.

Según el Ministerio británico de Defensa, Rusia perdido 400.000 soldados y otros 100.000 efectivos del Grupo Wagner, Aunque eso no le preocupe en demasía dada la importancia de su población en relación con la de Ucrania, más pronto que tarde tendrá que recurrir a una nueva movilización general o parcial para reponer sus muchas bajas. Ha perdido asimismo buena parte de su equipo ofensivo convencional: 7.100 blindados, 2.400 carros -el 15% de los disponibles-, 93 aviones, 132 helicópteros 320 drones y 19 buques, y tenido que recurrir a suministros procedentes de China, Corea del Norte, Irán y Turquía, especialmente de drones. Ucrania ha infligido a Rusia una notable derrota en el Mar Negro, donde ha hundido su buque insignia -el crucero ”Moskva”- y destruido el 25% de su flota, que ha tenido que abandonar sus bases en Sebastopol y desplazarla al puerto ruso de Novorosiski. Como  consecuencia de este fracaso, ha sido destituido del jefe de la Armada, almirante Nicolai Yemenov. Tras el fiasco de su ofensiva, ha tenido que adaptarse a la nueva realidad y construido una línea defensiva en profundidad en los territorios ocupados. Se prepara para una guerra larga, y cuenta en su haber con el factor tiempo y con la progresiva fatiga de los Gobiernos y de la opinión pública de Occidente, y aguarda esperanzada la victoria de Donald Trump, quien ha asegurado que suprimirá o disminuirá la ayuda norteamericana a Ucrania. Putin cuenta con la ventaja de no tener que rendir cuentas ante la opinión pública de su país, que está totalmente sometida a la autocracia putinesca, y aceptará lo que le echen, al tiempo que está convirtiendo su economía en una economía de guerra.

Repercusiones en la OTAN 

La OTAN se ha visto beneficiada porque la agresión rusa a Ucrania, lejos de aumentar la desunión dentro de la Alianza -que llevó a Emmanuel Macron a afirmar que se encontraba en estado de encefalograma plano-, ha producido el efecto contrario, pues no solo ha reforzado su unidad, sino que ha visto incorporarse a la Organización a dos importantes países europeos tradicionalmente neutrales: Finlandia y Suecia. Tiene el hándicap de contar en sus filas con unos Judas más o menos declarados -como Hungría y Turquía-, que siguen manteniendo estrechos lazos con Rusia y obstaculizan la adopción de medidas destinadas apoyar la resistencia ucraniana. 

La Alianza  se enfrenta con el más que posible retorno de Trump, que ha llegado a declarar que alentaría a Rusia a hacer lo que quisiera con cualquier país miembro de la OTAN que incumpliera el compromiso de dedicar un 2% de su PIB a los gastos de defensa, lo que implicaría que, si un socio fuera atacado, Estados Unidos no acudiría en su defensa de conformidad con lo establecido en el artículo 5 del tratado de Washington. Ha asegurado asimismo que dejaría de ayudar militar y financieramente a Ucrania. El submarino húngaro, Víktor Orban -tras visitar a Trump en su residencia de Florida- ha afirmado que éste tiene planes bien detallados sobre cómo acabar con el conflicto ucraniano. No aportará ni un centavo y, con ello, se acabaría la guerra, pues Ucrania sería incapaz de mantenerse en pie sin la ayuda norteamericana. “Si los estadounidenses no dan dinero, los europeos solos no serán capaces de financiar a Ucrania y así acabará la guerra”. Solución bien simple: ”Muerto el perro, se acabó la rabia”. Incluso antes del regreso de Trump, el Congreso norteamericano con mayoría del Partido Republicano, está bloqueando la entrega de la ayuda a Ucrania.

Buena parte de los politólogos europeos -incluidos los españoles- se han dejado convencer por la tesis de Putin de que la OTAN -y especialmente Estados Unidos- son los responsables de la guerra de Ucrania. Muestra de ello son los disparatados artículos publicados en “El Liberal “ por Clemente Polo –“Dos años de guerra infame” y “Preguntas incómodas en un escenario internacional tensionado e intoxicado”-. Según el autor, Estados Unidos y Gran Bretaña serían los principales responsables de la guerra por su intento de darle la puntilla a Rusia mediante un cerco agresivo por parte de la OTAN, quien la ha acusado qué fundamento de ser una gran amenaza contra la paz mundial. Los europeos deberíamos preguntarnos si queremos preservar la preciada paz de nuestro continente o dejarnos arrastrar a una guerra infame y estéril, para defender los intereses económicos de un país que ha mostrado escaso entusiasmo en buscar el entendimiento pacífico con sus adversarios políticos. “La guerra de Ucrania es una guerra regional solo útil para desgastar a Rusia, y empobrecer y debilitar a Europa, incluida la UE”. Solo cabe negociar un acuerdo de paz que asegure la seguridad de la propia Rusia frente a sus vecinos miembros que la OTAN. Dado que Ucrania no tiene posibilidad alguna de victoria, está obligada a negociar. Polo parece estar de acuerdo con Orban, quien ha afirmado que los occidentales -¿incluidos los húngaros, que forman parte de la OTAN y de la UE?- “inician guerras, destruyen mundos, modifican las fronteras de los países y se alimentan de todo como langostas”. Los pueblos de Europa temen que la UE les quite su libertad. “Si queremos preservar la libertad y la soberanía de Hungría, no tenemos otra opción que ocupar Bruselas”. 

Estas afirmaciones carecen del más mínimo fundamento. Rusia es un peligro para Ucrania, para sus vecinos y para la paz y la seguridad mundiales. La OTAN no ha atacado a ningún Estado, mientras que Rusia, además de invadir Georgia, ha ocupado Crimea, y la mayor parte del Donbas, y se los ha anexionado. Es cierto que la OTAN cometió una grave violación del Derecho Internacional y un considerable error político. De un lado, bombardeó Yugoslavia sin contar con la venia del Consejo de Seguridad. No tenía para ello una base jurídica, aunque sí moral, al ejercer el derecho a la intervención por razones humanitarias, con  el fin de impedir los actos genocidas que estaba cometiendo Milosevic contra los yugoslavos que no eran serbios, razones de las que carecía Putin al invadir Georgia o Ucrania. De otro, la Alianza cometió un grave error político al invitar a estos dos países a incorporarse a sus filas. Rusia había tolerado el ingreso de los antiguos Estados miembros del Pacto de Varsovia e incluso de otros que -como los Países Bálticos-, habían formado parte de la URSS, pero puso pie en pared ante la posibilidad de que siguieran su ejemplo Georgia y Ucrania.

No es cierto, en cambio, que la OTAN cercara a Rusia de forma agresiva y maniobrara por impedir el desarrollo político y económico de la Federación, que tuvo periodos de relación idílica con la Alianza, de lo que puedo dar testimonio personal. En mayo de 1997, Juan Carlos I visitó Moscú y se entrevistó con Boris Yeltsin, quien se quejó de que los europeos le estaban haciendo el juego a Estados Unidos con las ampliaciones de la OTAN. El monarca le contesto que la Organización no pretendía minusvalorar a Rusia, porque su seguridad era la seguridad de Europa, de la que era parte importante y en la que debería integrarse cada vez más. Lo invitó a que asistiera a la Cumbre de la OTAN que se iba a celebrar en Madrid, con lo que su asistencia permitiría demostrar al mundo que la ampliación de la Alianza no se hacía contra ella, sino en su presencia y con su participación. Yelsin no asistió a la Asamblea otaniana, pero las relaciones entre las dos Partes mejoraron de forma considerable y, poco después, se firmó el Acta Fundacional sobre las relaciones de cooperación y seguridad mutuas entre Rusia y la OTAN, por la que las Partes se comprometían a construir juntamente una paz verdadera basada en los principios de democracia, seguridad y cooperación, y a desarrollar una asociación estable sobre la base del interés común, la reciprocidad y la transparencia. Se creó un Comité Conjunto Permanente para la consulta, la cooperación y la toma en común de decisiones y, en 1998, el Gobierno ruso estableció una Misión Permanente ante la Organización en Bruselas. 

La situación se degradó de forma sensible con los ataques de la OTAN a Yugoslavia y las invitaciones a Georgia y Ucrania para incorporarse a la Alianza, pero -pese a ello- hubo periodos de cooperación entre las dos Partes. En 2010, el presidente Dimitri Medvedev asistió a Lisboa a la reunión del Comité OTAN-Rusia, que adoptó una declaración conjunta que constató el inicio de una nueva etapa de cooperación con miras a establecer una Asociación estratégica modernizada, con el fin de contribuir a la creación de un espacio común de paz, seguridad y estabilidad en la zona euroatlántica. Putin rompió de forma  unilateral esta positiva relación al invadir Crimea en 2014.

Nula empatía del Papa con Ucrania  

Tras el ataque de Rusia a Ucrania, el Papa Francisco hizo una inhabitual visita a la sede de la Embajada rusa en el Vaticano, cosa que no hizo con la ucraniana, pese a haber sido la parte agredida y que casi la mitad de su población practica la religión católica. Llegó incluso a declarar que Putin podría haberse sentido obligado a invadir Ucrania porque la OTAN estaba ladrando a las puertas de Rusia. Se ofreció a mediar con Rusia y se mostró dispuesto a trasladarse a dicho país, pero no a Ucrania, y apenas ha tenido contactos con Zelenski. No solo no ha condenado explícitamente la agresión de Rusia y sus ataques indiscriminados a la población civil -para, según el Vaticano, no debilitar sus posibilidades mediación-, sino que ha hecho unas declaraciones a una TV suiza, en la que ha instado a la agredida Ucrania a negociar con el agresor Rusia. “Creo qué es más fuerte quién observe la situación, piense en la gente  y tenga la valentía de levantar la bandera blanca y negociar.  Cuando ves que estás derrotado, que las cosas no van bien, tienes que tener la valentía de negociar”. Le han contestado desde la Embajada ucraniana en Roma, que, durante la II Guerra Mundial,  nadie decía que había que negociar con Hitler.

Pese a ser católico comprometido -o quizás por serlo-, me parecen lamentables las palabras del Papa. Acepto la infalibilidad del Papa en cuestiones de dogma y su autoridad moral en cuestiones de religión y de ética,  pero, en cuestiones políticas, el pontífice es un jefe de Estado más que puede cometer equivocaciones  y, en el presente caso, las ha cometido en abundancia. Para empezar, Ucrania no está derrotada y ha resistido heroicamente hasta ahora a un enemigo muy superior en todos los aspectos, salvo en el del respeto a la justicia, a la decencia y a la democracia. Mas, aunque lo estuviera, presionar al agredido para que se entregue al agresor, sin condenar las atrocidades cometidas por Rusia, no creo que sea un criterio digno del jefe supremo de la Iglesia católica. El Papa no pone ya en pie de igualdad al agresor y al agredido, hoy sino que da aquél un mejor trato que a éste. ¿Por qué? ¿qué ofrece Rusia para lograr la paz? Se ha anexionado los territorios ocupados en Crimea y en el Donbas ¿Le ha pedido el Papa que devuelva al menos algunos de estos territorios ilegalmente adquiridos o sería suficiente, a su juicio, con la gran concesión de dejar de ocupar más territorios?

Ucrania no puede iniciar una negociación con la mano atada de espalda, si aceptara entregar los territorios ocupados y, por otra parte, resulta difícil negociar con un país que ha incumplido el compromiso asumido en el Tratado de Jarkov de respetar la integridad territorial de Ucrania, a cambio de que ésta le entregara todo su arsenal nuclear – y ahora mantiene que Ucrania no es un Estado independiente, sino que forma parte de la madre Rusia. Como ha observado Ana Palacio, no cabe dar por sentada la inevitabilidad de la victoria rusa y dar implícitamente por supuesta la permanencia del putinismo, y aceptar un entreguismo preventivo como hace el Papa. Y lo peor es que éste no es el único que mantiene este criterio, pues a él se han sumado los que creen que -dado que Rusia acabará por ganar la guerra- conviene ahorrar a rusos ya  ucranianos  miles de muertos y heridos mediante la negociación de una paz, por injusta que sea.

No aceptación de una paz injusta

Calvet se preguntaba al final de su artículo si bastaría la firma de un armisticio provisional a la coreana, por el que se creara un “no man’s land” alrededor del Donbas y el resto de Ucrania, y negociar a la paz, así como su membresía en la UE y tal vez, en la OTAN. Semejante solución, aparte de ser injusta, no resulta viable, pues -aún cuando Ucrania cediera- Rusia no se conformaría y seguiría atacando hasta conquistar por completo toda Ucrania, y no reconocería su independencia por que entraría dentro de su esfera de influencia. Aún admitiendo teóricamente esta solución, sería harto improbable que Rusia permitiera la adhesión de Ucrania a la UE, y ya entraría en el terreno de la política-ficción pensar que Rusia permitiría su adhesión a la OTAN, cuya sola posibilidad había sido la causa principal de la agresión rusa. 

Incluso entre algunos bien-pensantes de buena fe, prevalece la idea de que, al ser  inevitable la derrota Ucrania, ésta tendría que ceder y transar una paz injusta, para salvar la vida de miles de ucranianos y evitar la destrucción total del país Sin embargo -según Félix Arteaga- la situación se ha decantado en favor de las acciones defensivas, ya que se han acabado las expectativas de victorias rápidas y decisivas, porque ninguno de los dos  bandos dispone de la suficiente capacidad necesaria para pasar a la ofensiva con garantías de éxito, pero -aunque Rusia esté preparada para guerra de atrición- Ucrania debe prevalecer en ese tipo de guerra. Si se proporcionara la ayuda militar adecuada, Ucrania  podría ganar la guerra algún día, pero si no continuara con la ayuda militar, la guerra podría ser perdida para muchos aliados de Ucrania frente al agresor ruso. 

Según Jesús Núñez, Ucrania depende de lo que otros decidan sobre su futuro, poco esperanzador ante la firme determinación de Putin de acabar con este país. El cansancio occidental puede desembocar en una presión insoportable sobre Kiev para que ceda territorios por paz. A mi juicio, la amenaza de Rusia es existencial para Europa y solo puede ser parada si se  usa la máxima firmeza. Cualquier concesión a Putin, en vez de calmarlo, aumentará su insaciable apetito de poder. Si Occidente dejara caer a Ucrania, la siguiente agresión podría producirse en Moldavia o incluso en los Países Bálticos o Finlandia. Para Macron, “si decidimos ser débiles frente alguien como Putin que no tiene límites, si le decimos de forma ingenua pero no superaremos este o ese límite, no sería buscar la paz sino asumir la derrota”. Tenemos que poner todos los medios necesarios para que Rusia no gane la guerra. “La paz no es la capitulación, ni la amputación de Ucrania”. Pagar la prima de seguro de riesgo de guerra con Rusia, saldrá -en opinión de Mira Milosevic- mucho más barato que una guerra con Rusia. Y sobre todo, no se puede permitir que se imponga a Ucrania una paz injusta, que  añada “insult to injury”. El heroico pueblo ucraniano no se merece esta humillación, y Occidente tampoco.




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