Traición a la tradición

Sostiene el nuevo Albert Camus de la narrativa francesa, Michel Houllebecq, que el pensamiento masculino yace huido en una suerte de catacumba esponjosa y en silencio para protegerse de los furibundos ataques de la hipercorrección política de nuestros días, de tal modo que quien desee conocer lo que piensa el varón en la actualidad, refugiado en una “résistance” invisible, tendrá que emprender una búsqueda afanosa como monjes de Umberto Eco en “El nombre de la rosa”.

No sé bien qué incluye Houllebecq en el concepto “pensamiento masculino” cuando lo menciona, pero puedo imaginarlo fácilmente, porque no se refiere sólo a las impertinentes acusaciones de machismo y misoginia que en ocasiones han desatado sus novelas, pecado capital en tiempos de esta nueva Biblia afrodisíaca, sino también a su relato abiertamente indecoroso sobre los mandamientos del Corán o sobre el uso de la fuerza como última forma de la política.

“Plataforma” y “Sumisión” son dos novelas tremendamente sinceras en las que no destaca ningún formalismo narrativo pero en las que el escritor, de orígenes familiares marcadamente comunistas, nacido en un lugar tan improbable como la Isla Reunión y recriado por su abuela en Argel, recapacita sobre la opresión aceptada por Occidente y el derrumbe de sus sociedades ante el único “pensamiento masculino” que hoy tiene permitido expresarse, quizá con la intención de monopolizarlo todo hasta su autodemonización.

Si hay algo aterradoramente misógino, heteropatriarcal y machista en estos tiempos, su cúspide la ocupa el Islam, como norma jurídica y moral y como filosofía, y cuenta con la comprensión suicida y enajenada del pensamiento venusino que sólo existe en las sociedades desarrolladas occidentales, el cual cree ver en la posibilidad de integración de los orantes del Islam su ‘pacífica’ batalla más hermosa y arriesgada.

Dado que casi nadie en Occidente conoce a nadie de este lado que se oponga ya a la igualdad de derechos y deberes entre mujeres y hombres, el venusismo militante vive en la fantasía de una lucha siempre inacabada contra las estupideces más nimias y las teorías más extravagantes sobre el presunto heteropatriarcado, que encontraría sus orígenes en el tiempo de los dinosaurios y que se extiende por el ADN de la sociedad occidental sin posible remisión si no media la “desmasculinización” (“deconstrucción de la masculinidad” o “nuevas masculinidades”, lo llaman ellas) y hasta la emasculación de los varones. Una teoría de niñas pijas en su infinito aburrimiento de iPhones y plataformas de TV.

Por increíble que parezca, el venusismo cree haber fagocitado toda forma de machismo y misoginia porque vive en una pelea de mentirijillas y entonces ha encontrado en la cultura musulmana un aliado natural fuera de su círculo concéntrico, al que estaría dispuesto a respetar en sus extraordinarias radicalidades sólo por regresarnos a una guerra fría entre opuestos que sienten que jamás alcanzarán a conflagrarse gracias a los poderes disuasorios de ambos lados.

La idiotez es de tal calibre que ni siquiera perciben que la sociedad occidental en la que desarrollan su falsa pelea contra nadie, por abrumada incomparecencia del pensamiento masculino, desaparece a grandes zancadas a través de la inmigración masiva y con la inestimable ayuda del vientre de sus mujeres, convertidas en aquel lado, por la fuerza y por la convicción de sus creencias, en fábricas de un ‘armamento’ que berrea cuando nace y luego se convierte en un enemigo implacable de los derechos humanos y de las democracias, como pronosticara con todo lujo de detalles Oriana Fallaci.

No les ha bastado con comprender que la ONU, la organización más exacerbada en este venusismo universal, que hasta aceptó convertir la recluta de cascos azules en una suerte de cochambroso ejército que reparte botellas de agua mientras sus ‘soldadas’ (que son soldados) se dedican a violar a niñas y a mujeres en cualquier guerra olvidada sin pegar un sólo tiro, les reconoció una “declaración de los derechos humanos… musulmanes”, como si lo que tiene vocación universal pudiera trocearse y adaptarse al gusto y conveniencia particulares. Semejante renuncia a los principios y tamaña traición a la tradición del pensamiento occidental habrá de ser penada más pronto que tarde.

El Pentágono al menos, aunque también Occidente en su conjunto, parece que aún no ha comprendido la apabullante complejidad de unas sociedades donde el Ejército Islámico (ISIS o Daesh) es enemigo ocasional de los talibán (antes fueron aliados y les prestaron cobijo) y ambos a su vez hacen huir con espanto a miles de afganos (sunitas) que prefieren refugiarse en otra atrocidad (chiita) llamada Irán.

Hasta el Papa le habla a Carlos Herrera de la necesidad de “integración”, como si la cosa consistiera en diluir cantos rodados de un río en una taza de café caliente. Nos partirán los dientes.

He dicho.




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