Traductores y notarios: no te importe, lleva el sello

El pasado Sábado de Pasión (sí, hace muchos meses) se interpretó en la catedral de Sevilla el Miserere de Eslava, siguiendo una larga tradición que nos resulta entrañable a muchos. Pero tuve un disgusto: el programa de mano –un simple díptico, un papelito de colores con alguna información básica- estaba tan plagado de erratas que al llegar a la número 23 dejé ya de contar, invadida por una amargura extraña. No pareció importarle a nadie. ¿Qué más da?

Hace años hube de encomendarle a un traductor jurado, por exigencias administrativas, la versión al francés de un diploma. Apenas había nada que traducir: Fulanita de tal, nacida en tal sitio, Universidad de Sevilla, Juan Carlos I rey de España… Cuatro renglones escuetos. Pues bien: cuatro errores garrafales, hirientes a la vista, destacaban agresivos en medio del papel con su sellito de “traductor jurado”, cobrados a lo que hoy serían cien euros. Ante una tímida insinuación de protesta, que más que nada era incredulidad, el traductor me “tranquilizó” de manera tan superior como tajante: “Eso no importa: lo que vale es el sello”. Su sello.

En el primer caso –el programita de un concierto, por citar un ejemplo entre mil- la amargura viene al constatar la desidia, la falta de amor a lo que se hace. El concierto tenía muchos patrocinadores, participaba el Ayuntamiento, y una institución para muchos de nosotros tan querida como la Catedral. ¿Nadie lo revisó, nadie se dio cuenta, a nadie le importa nada?

El segundo caso es más grave aún, porque ya no es sólo desidia sino chulería. Casi una complacencia en la errata, porque así se subraya la importancia y magnífica superioridad del sellito del traductor jurado.

Se asemejan las traducciones juradas al caso de muchos documentos notariales. En esos escritos solemnes, de reparto de herencias, de redacción de testamentos, escritos pagados a precio de oro, firmados por familias que acuden hasta arregladitas como si fueran a una ceremonia, pues en esos escritos abundan las erratas e inexactitudes múltiples (pocos lo perciben, pues en las notarías se considera falta de educación que el cliente lea los papeles que tan caro le cuestan). El intimidado cliente rara vez se atreve a chistar; pero si alguna vez osa insinuar algo, la voz burlona del notario (si el traductor jurado se cree superior, pues imaginen el oficial de notaría) acalla y hasta reconviene la menor queja. “Eso da igual”, sentencian. Lleva el sello del Ilustre Colegio. No importan las erratas.

Aquí hay ya un alarde de cinismo. En vez de esforzarse lo más posible, para disimular lo desproporcionado de los emolumentos que nuestra burocracia dicta, pues hacen alarde, con auténtica chulería, de lo arbitrario del sistema. Las erratas no cuentan; cobramos por poner nuestro sello; no nos avergüenza el hecho, al contrario, lo resaltamos. Mientras más erratas, mejor: así nuestro privilegio queda más claro para todo el mundo.

Volviendo a los traductores jurados. Imaginemos por ejemplo a alguno de ellos traduciendo algo para ayudar a un sobrino en los deberes del colegio. Apostaría a que en este caso –un trabajito hecho con cariño e interés- hay menos probabilidad de erratas que si traduce eso mismo en el ejercicio de su profesión, cobrando por ello. En la traducción jurada, en el solemne testamento, la errata subraya altivamente, despreciando a toda una lengua y a todo un pueblo, que lo importante es el sello.

¿Están siguiendo las noticias –el error de traducción, peor que ninguno que pueda cometer el traductor automático de Google o de Facebook, en el caso Llarena, Puigdemont…?  Error dicen que amañado, que inducido. Pues no sé. Pero a la vista está que el desprecio a la lengua puede tener consecuencias, y graves.




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