Trabajadoras de la limpieza

Comentar cualquier detalle del pomposo “debate a cinco” del pasado lunes siempre resultará banal, una gota en el océano de los despropósitos. A su vez, a muchos les parecerá una trivialidad el fijarse en algo concreto, menor, “con la que tenemos encima”.

Pero la alternativa de no decir nada parece aún más triste. Y ciertamente estos debates, más allá de su importancia política, o falta de ella, son, como tantos otros grandes eventos, un espejo, y aun espejo amplificador, de cómo funcionan mil cosas.

El primer minuto, que correspondió a Pablo Iglesias, no parecía fuera a acarrear mucha expectación entre los espectadores “del bloque contrario”. A estas alturas, y con tantas incógnitas, poca sorpresa o indignación cabe que las palabras del llamado Marqués de Galapagar despierten en lo que se llama votantes del centro derecha. La intriga iba por otro lado.

Y no obstante, pues consiguió impactarnos a algunos. El instintivo, incurable clasismo de los ricos de izquierda siempre sorprende con expresiones que jamás se nos habrían ocurrido a los que nos confesamos convencionales y clásicos y no nos preocupa el tener que aparentar ser tolerantes ni igualitarios. Como aquel que se alegraba de que “la hija de un camionero hubiera sacado el mejor expediente”.??? No se trata de regocijarse de que a un rival político se le escape algo políticamente incorrecto (cosa que, dadas las extrañas normas vigentes, nos puede ocurrir a todos). No; se trata de que genuinamente la frase no tiene sentido para nadie que tenga un mínimo contacto, directo o indirecto, con el mundo de la enseñanza, es decir para casi nadie. Sólo se le ocurre a quien vive anclado no ya en el siglo XX ni en el XIX, sino en el mundo del Antiguo Régimen. ¿En qué profundos estratos de la mente se mantiene a fuego ese clasismo, tan ajeno a la realidad social…?

El señor Iglesias abre su costoso primer minuto de debate diciendo: “Ante todo, buenas noches”. (¿No se las habían dado ya? Pero bueno, esa irritante costumbre -¡oh, cuánta educación hay para algunas cosas!- no es exclusiva suya). 

Da pues las buenas noches, como quien pontifica sobre buenos modales, y a continuación, con su voz grave y expresión seria, declara: “Al llegar aquí  hemos visto a las trabajadoras de la limpieza… Hay que dar las gracias a tantas personas que hacen esto posible”.

Las trabajadoras de la limpieza. No criticaré –como podía hacer precisamente una o un podemita- el “estereotipo de género” al hablar de las limpiadoras así en femenino. A mí no me molesta. Si en el gremio de la limpieza hay abrumadora mayoría femenina (como también la hay en el ámbito de la sanidad y en el de la judicatura), que se use por inercia el modo femenino no veo que tenga nada de malo. No voy por ahí. 

La cuestión es… ¿cómo definirla? “Al llegar aquí he visto a las trabajadoras de la limpieza”. Pero si menciona ese detalle, en un momento en que sabe que lo escuchan expectantes millones de personas (¡en el primer minuto, abriendo el debate! Sin responder a algo que se haya dicho previamente, sino así por las buenas), ¿qué querrá decir? 

Cualquier persona se cruza diariamente con cientos de trabajadores y profesionales de todo orden, y es tan obvio que no se puede estar mencionándolo si no viene a cuento.

El único mensaje posible tras esa solemne declaración “me he fijado en las trabajadoras de la limpieza” es algo así como: “Mirad qué bueno soy. Me he fijado en unos seres… ¿inferiores? ¿desdichados? Bueno, seres a los que en general se ignora, pero yo paternalmente me fijo en ellos”. 

Y queda así tan retratado como el periodista progre que se admiraba de que el mejor expediente fuera para “la hija de un camionero”. Expresan unos conceptos de paternalismo y perdonavidas que tienen sólo ellos.

Millones de personas tiene por habitual el contratar a una persona para que les limpie la casa, y a otra para que les haga la declaración de la renta, y acuden al bar a pedir un café, y al notario para que les selle un documento, y al dentista para que les arregle una muela; y ni se les pasa por la cabeza que ni unos ni otros sean ni superiores ni inferiores ni haya que estar compadeciéndolos ni exaltándolos ni dándoles las gracias, salvo como fórmula de cortesía. Se les paga en dinero.

En ciertas instituciones como grandes ayuntamientos, y cabe pensar que en Televisión Española también, el personal de limpieza y otros no cualificados gozan de unas condiciones laborales envidiables (Bueno.. ¿recuerdan el caso de Lipassan?). Pero envidiables o no, el que realizan un trabajo digno como otro cualquiera es algo que ni se menciona de puro obvio. 

Pero no para todos. En esa cosa estancada y llena de verdín que es la mentalidad de un rico de izquierdas, el fregar suelos siempre será algo indigno, y a los infelices que deben hacerlo, el político de izquierdas siempre dará ejemplo de tratarlos con paternalismo y compasión.




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