Tontos versus malos

Sentado en la terraza de un café en la Plaza Vieja de la ciudad que era cabeza de partido. Tierras altas de Castilla la Fría. Igual que los girasoles, sillas y usuarios rotaban para poder recibir el Sol que se atrevió a salir. A mi lado, uno con aspecto de ser más de allí que el que escribe, cogió una silla. La aparcó a una distancia inferior a lo que hemos convenido como espacio vital en nuestra tradición judeo-cristiana. A la vez que apoyaba el café en la mesa me preguntó: “¿le importa?”. Barajé las pocas opciones que tenía y le dije que sin ningún problema.

Se sentó y sin mirarme, orientado al Sol (esquivo decir cara al Sol) y con los ojos cerrados me dijo: “es que hay que aprovechar”. Por si acaso quería enganchar conversación yo no contesté. Me estaba costando aclararme después de una de esas noches llena de nubarrones, pero no en las calles, sino dentro de la cabeza propia en que tras pelea con tres o cuatro recuerdos mal archivados está uno como loco por atisbar un poco de claridad en la ventana y poder salir cuanto antes a las aceras mojadas. Que se queden los monstruos echando otra cabezada. 

Un café, un periódico, un rayo de Sol que me desinfectara las ideas. No quería más; quizá llegar a alguna conclusión, lo que sabía que no ocurriría. 

Me creaba inquietud la cercanía del buen señor y para aliviarme ese vértigo de “por qué tengo que aguantar esto” me dijo que se llamaba Horacio López Hutchison y a la antigua usanza me deslizó una tarjeta de visita, que ofrecía algo de confianza y señalaba domicilio. Me informó que era de allí (por supuesto) de padre médico de aquellos contornos y de madre escocesa. Esperaba que algo dijera de como se produjo el feliz acontecimiento de que el médico y la escocesa se conocieran, pero no lo hizo.

El gesto de la tarjeta me alivió un poco ese vértigo que me produjo la invasión. Al menos sabía donde vivía el tipo, por si acaso. 

Sorbió ruidosamente el café y me espetó sin más: “Prefiero antes a los malos que a los tontos”. Yo no estaba  ni para mí mismo aquella mañana que pretendía ser tibia sin conseguirlo por lo que el mensaje de Don Horacio no acerté a pensar que me lo dirigiera a mí. Por si acaso, seguí en silencio.

Pero Don Horacio, decididamente, venía a hablar. Les resumo su tesis: al malo le ves venir, al tonto no. Y desplegó su reflexión: El malo es constante en el empeño, tenaz, su objetivo es ambicioso; si es necesario se le puede intentar poner freno. El tonto, por contra, es peligroso. Nunca sabes por dónde va salir ni como llega. No mide sus actos. Se va de largo o se queda corto. Tanto es así que en muchos casos ocasionan más daños colaterales a los demás o a él mismo que a los que pretende atacar. El tonto es capaz de decir una cosa y la contraria. 

Viéndole venir por donde iba me fui animando y me permití aportar que además es capaz de meter al enemigo ocasional en casa y enemistarse con el vecino de enfrente que aunque no sea amigo tiene un criterio más estable. 

Asintió con la cabeza a la vez que hablaba mirando al frente, como hablan los espías de las películas de blanco y negro. Y continuó aportando datos y advirtiendo que cuidado con los tontos. Arriesgan mucho (de los demás) para conseguir muy poco (ellos). Y, al final, queda todo muy alborotado. 

Apuró el café y se despidió. Me dejó pensando que quizá las cosas son más simples. No dan más de sí. 




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