Tan banal que ni se entiende

Los que inasequibles al desaliento, y, perdidas innumerables referencias (la del Papado ayuda poco, ciertamente), seguimos acudiendo a las iglesias, con la certeza íntima de que allí hay una realidad por más que se multipliquen los desmanes, hilos musicales, formato turístico, pues… presenciamos cómo, aunque parezca difícil, la distorsión alcanza a todo; palabras sagradas y eternas se han “reformado” para hacerse tan banales que ni se entienden.

El célebre “el que tenga oídos para oír, que oiga”, frase que ha pasado al acervo popular… ¡lo han mutilado!, ¡lo han dejado cojo! Ahora la nueva versión reza: “El que tenga oídos, que oiga”. Pongámonos en el lugar de niños que escuchen eso por primera vez, ¿no suena hasta “tonto”? Con el ansia de “adaptar” (¿qué hay que adaptar?), le han quitado toda expresividad y lo han dejado seco e ininteligible. Hasta tonto.

“Cada día tiene su afán” es frase tan célebre que incluso se parafrasea (en las últimas elecciones decía un comentarista: “Cada elección tiene su afán”). Es una frase definitiva, inigualable. Bueno, pues con horror, los devotos que en misa escuchan el Evangelio correspondiente, la fuente original de esa y otras mil frases eternas… ¡ven que lo han cambiado! Desde el ambón, con su casulla, el sacerdote va leyendo: “Cada día tiene su desgracia”. ¡Su desgracia! Ni el más pesimista ni victimista piensa que todos los días acarreen una desgracia. Es decir, le arrebatan a la frase su fuerza expresiva (tan maravillosa que ha pasado al lenguaje común, es aplicable para todas las situaciones) y, por querer hacerla más “fácil y comprensible” (la popular palabra “afán” no sabíamos que fuera de un erudito tan inaccesible), la falsean. 

El domingo pasado se leía en las iglesias el episodio de la intercesión de Abraham para que Dios perdonase a Sodoma y Gomorra. Un diálogo impresionante en el que a las súplicas suceden las respuestas… “por amor a los cuarenta no la destruiré”, y al fin, de cinco en cinco y de diez en diez, al llegar a la mínima cifra de diez posibles justos, como última concesión: “Por los diez, no la destruiré”. Si Abraham consigue encontrar a diez justos, sólo a diez, Dios perdonará a la ciudad entera pecadora. Ese es el texto de toda la vida, que aun en las distintas versiones y traducciones, apenas varía (¿qué variación cabe, en tan contundente y escueta solemnidad?).

Pues ni las palabras bíblicas se tienen en pie, en esta era de destrucción de tantas cosas. Con incredulidad oímos cómo el lector recita: “En atención a los cuarenta, no la destruiré” “En atención a los treinta, no lo haré”, y así una y otra vez, “en atención a”.

“En atención a”. Los hoteles de lujo, aunque ya no limpien ni cambien toallas, suelen tener “una atención” con los clientes Vip, les ponen unos bomboncitos. A eso se le llama “tener una atención”. O a la que tiene el buen nieto con la abuela. Siempre es un gesto de cortesía y un poco, si lo analizamos bien, como de pleitesía, como hacer simbólicamente una reverencia, para quedar bien, para tener contento al cliente, o al jefe, o a la suegra. Como la copita de licor que sirve un restaurante, una vez pagada la cuenta, al buen cliente. 

Lo más inadecuado del mundo es poner esa palabra en la boca de Dios. Le arrebata toda solemnidad. Queda incluso ridículo. “En atención a esos treinta…” suena a anticipo de algo de escasa importancia (¿tendrá la “atención” quizá de servirle, a los justos, unos bomboncitos?). ¿Acaso Dios necesita tener “atenciones” con el género humano? Tendrá misericordia – esperemos.  

No pocos salmos hablan ahora del “cariño” de Dios a su pueblo. ¿“Cariño”?  (No hallarán en el callejero de ninguna ciudad, por cristiana que haya sido, el nombre de “Cariño de Dios”. Hasta a sacrilegio suena)

Y con el Evangelio nos encontramos con el chocante efecto de los verbos puestos en tiempo presente – como en la aparición a la Magdalena. El texto tradicional ponía: “Díjole Jesús…”. Ahora oímos: “Jesús le dice”. Continuamente se sustituye el tiempo de verbo pasado por el presente (¿Para hacer juego con la novela moderna, escrita siempre en presente- haciendo juego con el primitivismo que nos quieren inculcar?). He oído justificar ese despropósito con la excusa de que “así lo pone – el tiempo en presente- en el texto original”. Pero eso no es excusa, y menos cuando lo adaptan  todo (hasta lo de “la hora tercia, la hora nona”, tan hermosísimo, ha desaparecido. Ahora, “para que lo entendamos”, dicen “de mañana, a última hora de la tarde”).  Después de sustituir alegremente unas palabras  por otras, porque la exactitud no importa sino el caso es “que se entienda, que se entienda” (así, cambiaron el “ayudar” de Marta y María por el “echar una mano”, como si “ayudar” fuera un término esotérico), ahora justifican lo confuso y feo de una narración con tiempos verbales en castellano incomprensibles (si uno “le preguntó”, el otro “contestóle”, ¿no? Eso de “Jesús le dice” suena extrañísimo) con la cosa pedante y sabihonda de que “así lo pone el original”. Ahora, el que se entienda no es importante. Cuando antes siempre se entendía.

El único criterio seguido parece haber sido el de cambiar, trastocar, quitar todo lo que resulte hermoso y solemne, y dejar el texto seco, pelado, y tan raro que ni se entiende. Ha perdido el ritmo, el pulso, la vitalidad. Y hasta “suena tonto”.

¿Quién realizó esos cambios?

¿Por qué?




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