Tahúres

Cuando los viejos tahúres se aprestan a jugar la definitiva partida de póker, siempre guardan sus ases en la manga. Ajenas a la partida siempre algún testigo del envite que acaba viendo el engaño cuando sustituyen las cartas.

No es concordia, lo que Pedro Sánchez proclama, ni siquiera porque crea en ella, sino porque la necesita para colmar su vanidad, y ganar tiempo ante una España agotada por sus mezquinas políticas de odio contra media España, le entregan tiempo por si llega el dinero de Europa y puede cambiar algo el cambalache como quien le regalan una viagra a una polla muerta que necesita de los estertores de la química para obtener los últimos espasmos de la virilidad. A cambio ellos obtendrán, como las viejas hetairas, la talega del reparto de los fondos, que les permita seguir en ese viejo burdel, caduco, pueblerino y profundamente paleto en el que se ha convertido el nacionalismo catalán. ERC ha permitido a Sánchez no responder sobre el caso Delcy, la crisis de Ceuta, las presiones al CGPJ, la propuesta de un relator, los acuerdos con el independentismo vasco y catalán, los pelotazos urbanísticos al PNV sobre el cuartel de Loyola, la implicación del PSOE en las tramas de seguimiento a políticos del PP, las compras adjudicadas a dedo de material médico con pelotazos de más de 57 millones, los traslados de asesinos etarras, y así hasta 37 veces. No, no es concordia, es un negocio nefando para España en la que un vanidoso sigue comprando el sinadelfilo que le suministran a cambio de dinero para poder seguir alimentando su ego a un impotente para el gobierno de cualquier patio de vecinos, y menos de una nación como España.

Desde que Caín asestara a Abel el golpe con la quijada de un asno no ha sido la posible la concordia, y Dios lo expulsó del paraíso. Cuando hay justicia, no cabe venganza, y Dios no se vengó, pero le expulsó del paraíso, y lejos de él sus descendientes acabaron siendo los pecadores de Sodoma y Gomorra, a los que no quedó más remedio que destruir. Algunos siglos más tarde, el 5 de octubre de 1938, Arthur Neville Chamberlain se presentó ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento británico para defender el Acuerdo de Múnich en la que se cedía la zona de los Sudetes en Checoslovaquia a la Alemania nazi. Con esta decisión, pretendían evitar una guerra en Europa a pesar de poner en gran peligro la existencia de la propia Checoslovaquia, política de apaciguamiento se le llamó entonces. A Checoslovaquia no se le permitió asistir a esta reunión. La casi totalidad de los parlamentarios apoyó el acuerdo que firmó Arthur Neville Chamberlain en Múnich.

Winston Churchill tomó la palabra: “Lo máximo que ha sido capaz de conseguir y en las cuestiones sobre las cuales todavía no se había llegado a ningún acuerdo ha sido que el dictador, en lugar de agarrar la comida de la mesa, se conformase con hacer que se la sirvieran plato por plato (…) No puede existir nunca la certeza de que habrá una lucha, si una de las partes está decidida a ceder por completo (…) La hora de la verdad no ha hecho más que comenzar. Esto no es más que el primer sorbo, el primer anticipo de una copa amarga que nos ofrecerán año tras año, a menos que, mediante una recuperación suprema de la salud moral y el vigor marcial, volvamos a levantarnos y a adoptar nuestra posición a favor de la libertad, como en los viejos tiempos (…) Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”.

Vivimos en una España en la que las palabras dicen una cosa, pero significan otra como diría Javier Krahe es el “Manitú” de un discurso político que se escribe con el diccionario de la vileza y se pronuncia con la lengua bífida de los buhoneros de mercadillo vendedores de mantas de alcoba y con la saliva del gorjeo de las mentiras pronunciadas con labios de mercachifles de la verdad, en la que todo es mentira ante una ley que debe ser a medida de lo que le conviene y le place al poder. Una España en la que nos enseñan que el delito deja de serlo en función de la rentabilidad política y personal del delincuente. Pedro Sánchez nos enseña que el perdón es un agravio a los españoles y el separatismo un derecho haciendo un uso polisémico de la constitución para convertir la democracia en un esfínter llena de ponzoña donde todo cabe.

Cuando las sentencias de los tribunales de justicia se señalan como venganza y revancha que perturban la concordia entre los que odian a España nos encontramos que los que la Gobiernan lo hacen sin amor, sin conciencia, sin responsabilidad y con los labios de los mercachifles, y resulta que la única verdad es que todo es mentira, y la Ley es la que me place y me conviene. Convertimos el delito en un anagrama en función de la rentabilidad política y convertimos al delincuente en un ser que puede ofrecer perdón a la democracia como una lavativa del sistema. La mesa de negociación será una reunión de delincuentes en el Don Ángelos en el que han convertido España.

Desde Fernando VII y su “vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional” ningún político , salvo Zapatero con ETA y los republicanos con Indalecio Prieto y Largo Caballero con el Golpe de Asturias, habían disfrazado la felonía en tal carnaval de estupidez ofreciendo indultos a los hispanicidas del separatismo como ha hecho este Pedro Sánchez en el que podemos parafrasear al rey felón con un “vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional de la concordia, es el tiempo del perdón no de la venganza ni de la revancha”. En todos esos casos España acabó como con los alemanes y la premonición de Churchill: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”.




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