Tablillas de Itálica. TV DEGENERATIVA

Harto de una televisión vacía decidí no encender el estúpido aparato durante los meses de julio y agosto. No me arrepiento sobre todo de haber silenciado las noticias: cuarenta minutos dedicado a los incendios, “los mayores desde hace veinte años” (cosa que significa que hace treinta fueron peores); treinta minutos sobre la sequía, cual si nadie supiese que hay sequía, “la peor desde 2014” (o sea, que antes las hubo más largas). Y después de tan rica información, tres segundos para las no-noticias sobre la guerra en Ucrania.

Hubo un tiempo ya olvidado en el que los españoles comentábamos: “Es verdad porque lo dicen los libros”. Luego, con el discurrir de la Historia se pasó a decir “es verdad porque lo ha dicho la tele”. La caja tonta, sí, pero hay que matizar. En aquella única cadena televisiva en blanco y negro se emitían programas extraordinarios: “A Fondo”, donde eran entrevistados, sin límite de tiempo en las respuestas, figuras de alta talla intelectual y con un seguimiento masivo; transmisión de estupendas obras teatrales clásicas y modernas; “La Clave” de Balbín; “El Hombre y la Tierra”; los inteligentes y entretenidos episodios de “Historias para no dormir” de Narciso Ibáñez Serrador…

Estudios recientes nos informan de que los menores de treinta años no ven hoy ninguna cadena de tv; y como la televisión es el único producto del mercado que empeora con la competencia, todas las cadenas, públicas y privadas, se han puesto a competir por ser la peor, la más fatua, la que más simplifica el lenguaje para felicidad de los necios, la que mejor, fomenta la bruticie (“Esta televisión es de maricones y de izquierdas”, ha dicho lleno de gozo un conocido presentador de su propia emisora); o la extravagante lectura de números largos (13,500,000,000 de años leído como “mil tresciento cincuenta mil años”). El resultado está siendo inmediato: la audiencia disminuye porque sigue sin atraer a los jóvenes y a la vez la clase media ilustrada ya no soporta tanta vacuidad ni tanta ignorancia.

Esta sería, pues, la coyuntura ideal para que la prensa escrita recuperase su perdido prestigio entre las élites y, con ello, su influencia. Unos periódicos que quizás tiren menos ejemplares pero que serán leídos por los que deciden.




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