Tablillas de Itálica. EJERCICIOS ESPIRITUALES

En uno de los capítulos más impresionante de la novela de Joyce “Retrato del artista adolescente” se describen los ejercicios espirituales propios de los colegios de jesuitas en la primera mitad del siglo XX. Fueron el horror de mi generación que estudió en esos colegios.

El Dios terrible y cruel que arrojaba a las llamas eternas del Infierno al virtuoso adolescente después de haber cometido su primer pecado mortal. Teníamos pesadillas, y recorríamos en fila los claustros de la casa de ejercicios con los brazos en cruz y cantando el “Perdona a tu pueblo Señor”. Por fortuna aquél cristianismo tenebroso desapareció con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. La Compañía de Jesús de hoy en nada se parece a lo jesuitas de entonces. Sin embargo, por desgracia, cuando ya mi generación es vieja, una aberración similar con idéntico formato regresa empujada por los dogmas de la nueva religión climática.

Mientras aguardo en una de las múltiples salas de espera que caracterizan nuestra sociedad pandémica, un gran televisor del que no se puede apartar la vista emite imágenes de osos polares y de glaciares derretidos en verano. La voz de la narradora con tono virtuoso y apocalíptico nos describe los castigos que estamos mereciendo por nuestros graves pecados contra la Diosa (cuestión de género), la Diosa Tierra. Ya -dice la voz- se anuncia el futuro Infierno con los bosques en llamas “provocados por el cambio climático”. Algunos psiquiatras advierten de las pesadillas de los niños sometidos desde la escuela a esa prédica incesante.

En la gran epidemia que asoló al mundo en 1349 las calles de las ciudades de Europa vieron procesiones de disciplinantes. No descarto volver a verlos entonando mientras se azotan un nuevo Dies irae laico.




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