Sus muertos

Vale que la Iglesia Católica no sea la de Sánchez ni la de Iglesias (por cierto, que el colmo del comunista Pablo es su apellido). Pero lo del lunes en la Almudena fue por sus muertos. Como presidente y vicepresidente de una nación, lo menos que se puede sentir es que son de uno, sobre todo cuando la boca se les llena en los mítines con la palabra pueblo. ¡Cuántas veces me habré preguntado quién es el pueblo para estos políticos! ¿Dónde vive realmente esa gente abstracta de la que proclaman defender sus derechos? Pues el coronavirus en España se ha llevado por delante más de cuarenta mil fallecidos que fueron el pueblo. ¿O es que el virus sólo trincó los pulmones de los aristócratas, de los nobles, de los millonarios? ¿O es que los tediosos sermones de Sánchez desde el púlpito de TVE acabarán por predicar que los contagios hacían distingos?

No hace falta ser confesional para poner los pies sobre las baldosas de un templo que sí lo es. Basta para hacerlo con un mínimo de respeto a las ideas y a la fe de los demás. Y por encima incluso de quienes están allí, como los Reyes y sus hijas, para hacerlo, para acudir, es suficiente con tener en cuenta la memoria que merecen los muertos que son de todos. No digamos si como presidente y vicepresidente del Gobierno los muertos les pertenecen de una manera especial, relacionados de por vida con sus irresponsabilidades, al ocultar la presencia de un enemigo invisible que ya sabían entre todos cuando permitieron una manifestación que nunca debió autorizarse.

En cualquier caso, si Sánchez e Iglesias (el encargado del control de miles de ancianos a los que abandonó) no estuvieron en el funeral de la Catedral de Madrid, estoy de acuerdo con el periodista José María Arenzana en “considerar la inasistencia como un dechado de buen tacto y sensibilidad, porque los dos conocen bien la responsabilidad que han acumulado en el desastre y en tal caso les alabo el gesto de buscar cualquier excusa para lo que era inexcusable”.  Han hecho bien en no someter a los destrozados familiares de las víctimas a afrontar un nuevo heroísmo emocional, como hubiera sido soportar junto a ellos a quienes aún tienen judicialmente en entredicho su encubrimiento y complicidad. Inconscientemente, Sánchez e Iglesias han sido más confesionales de lo que imaginan, porque les han dejado tranquilos en su derecho a llorar serenamente, sin esforzarlos más todavía en practicar una religión que es durísima y tremendamente difícil cuando apura los peores y más amargos sorbos de un cáliz. Gracias a que Sánchez e Iglesias, por no citar a tantos más, no han tenido la vergüenza de dar la cara, se ha evitado para los familiares el trance cruel de poner la otra mejilla.

De aquí a unos días Sánchez, Iglesias y todos los demás (incluso quien juega ahora a ser Marlon Brando en moto) sí estarán en ese vacío espantoso que llaman el funeral institucional, el que celebrará un socialcomunismo que aboca a los seres humanos a una muerte sin esperanza, a unas tumbas sin resurrección, a unos finales en soledad sin el abrazo de Dios. El funeral que dejará fuera de la contabilidad de los muertos a muchos que murieron, a todos los que murieron. Algún día, certero y ya sin Sánchez ni Iglesias ni tantos gobernando España, habrá que sacarlos, por justicia y a la luz, de las cunetas del coronavirus.

 

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