Stalinistas de bolsillo tocan la guitarra

Asistí ayer en la sede de la Fundación Valentín de Madariaga al acto de presentación de la novedosa Asociación de Periodistas Independientes de Andalucía (APIA), un proyecto de agrupación del que, de entrada, me gusta el nombre, porque habla de ciudadanos, de individuos, y no del colectivismo protofalangista, o sea, gremial y socialista, de la “Asociación de la Prensa”, que en el caso de la de Sevilla está tomada desde hace años por palmeros de la izquierda y pequeños stalinistas de bolsillo que acuden a las fiestas de los señoritos a tocar la guitarra y a recoger las migajas que les arrojan los prebostes políticos y sindicales, los cuales, durante casi cuarenta años de PSOE, se transformaron en la nueva alta burguesía de la ciudad.

Sólo por eso, porque reconoce a los individuos que ejercen o se reconocen en una misma profesión y no los apacenta bajo el título del gremio o del rebaño, merece mi aplauso y vale más que la manada complaciente y “agradaora” de ese bochinche de interés particular que, si representa algo, son los meros intereses de una pudiente clase política que se enfangó en el latrocinio, la malversación y el nepotismo cometiendo el peor pecado de todos los que se pueda imaginar en esto del periodismo, el de pretender secuestrar la bandera de la libertad de expresión y de pensamiento.

“¡Cómo se puede decir eso en una emisora pública…!”, me repetía en ocasiones en la radio una pequeña aprendiz de Elena Ceaucescu, sufragista de la tercera ola, y aquello sonaba al “¡A mí la Legión sindicalista, depuren a los discrepantes! ¡Anatema!”…

El encargo estamental de aquellos lenincitos consistió en desmantelar o desactivar toda reivindicación de tintes grupales entre los miembros de una profesión que, tras casi medio siglo de democracia, 50 años después del “Hermano Lobo o de “Triunfo”, aún se sigue preguntando acerca de los límites de la libertad de expresión, cuando lo que debiéramos preguntarnos todos a estas alturas es dónde y cuándo acaban los límites de la censura y de la capacidad censora de algunos o sobre las perrerías que se cometen a diario en nombre de una grandilocuencia perversa que sólo se acuerda de la libertad de conciencia y de expresión cuando se trata de los de su cuerda.

La libertad de expresión, según esta yeguada hemipléjica, sólo es materia de reclamación si se ejerce desde ese vago izquierdismo que ha asumido complaciente los limes que le marcan los ideólogos de su causa, que ha querido rodear el ejercicio del periodismo con un campo de minas explosivas previamente empaquetadas y de fabricación casera que ellos (y ellas) asumen sin rechistar y que les permite pontificar como curitas moralistas qué se puede y qué no se puede discutir en el mercado de las ideas.

La violencia de género, el adoctrinamiento LGTB, el cambio climático, el aborto y la eutanasia (dos caras de la misma moneda) o la inmigración, entre otros, son asuntos que no se pueden ni debatir con argumentos, según estos lamiosos apacentadores de voluntades, medrosos del catecismo que la izquierda les marca y que no ejercen otra libertad que la de su “heteronomía” (preguntar a Sartori por el significado del término), que consiste en elegir ‘libremente’, ‘por propia voluntad’ y de forma “independiente” todo aquello que les dicte el señorito de turno.

No tienen “obediencia debida” que alegar en ese pavoroso ejercicio de sumisión a los dictados desde arriba, sino una “obediencia de vida” de carácter casi sacramental, elegida (es un decir) a cambio de ser aceptado en la manada y que te evite el escupitajo insomne de esa acémila de origen brasileño que el otro día le espetaba en la escalera del hemiciclo a Macarena Olona su desgastado exabrupto de “¡fascista!”, que era como un selfie antológico de la propia escupidora.

No pocas veces han pontificado los caudillos de Podemos y del PSOE en estos últimos años sobre la necesidad de poner bajo control la libertad de expresión y el derecho a la información. En el caso de Pablo Iglesias y sus secuaces han llegado a proclamar que había que expropiar los medios de comunicación privados porque suponían un atentado contra la democracia y, ni corto ni perezoso, el orwelliano Marlaska impartió órdenes concretas a la Policía para someter a escrutinio las redes, pero a la asociación de lo que llaman “Prensa” no le habrán escuchado protesta alguna ante tan flagrantes ataques y barbaries.

Resulta abrumador tener que pelear en pleno siglo XXI contra la dictadura indesmayable que aspira a penetrar el pensamiento y que establece el dictado preconcebido de lo que puede argumentarse o no, lo mismo sobre si se puede “parir con pene”, sobre si hay mujeres que asesinan a sus hijos o sobre el respeto de la presunción de inocencia.

Cualquier día prohibirán debatir si los indultos son una concordia o un disparate más hacia el golpismo, mientras los stalincitos le rasguean la guitarra al señorito.

He dicho.




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