Son jalones del ritmo de la vida

Salimos de las festividades navideñas, entre otras cosas sin haber tenido el colofón de la Cabalgata. Y acaso los que no le guardamos una fidelidad especial a este evento estamos, curiosamente, acaso mejor posicionados que otros (los más adictos, o con niños muy pequeños de los que aún conservan inocencia e ilusión) para percibir lo que en general significa el mantenimiento de estos ritos anuales.

En la vieja Europa, en todo Occidente, estos ritos característicos han perdido vida desde hace muchos años. De ahí acaso la obsesión por viajar, en gran parte para sumergirse en otros ritos y costumbres, ya que los propios, de puro débiles, no llenan el alma. Pero Sevilla se caracterizaba por mantener unos eventos de manera mucho más intensa que en la mayoría de lugares de España y de Europa. (Esto se iba perdiendo, no nos engañemos. La festividad del Corpus Christi, que un día vertebraba la ciudad, es desde hace años para muchos sevillanos un puente más para playa o viajes… Pero en fin, aun así y todo, conservaba una vitalidad importantísima). Y la medida de la importancia de esas efemérides no la da el aficionado, el muy adicto; no, la da el ciudadano normal, el que incluso se dice indiferente a la fiesta o crítico con ella.

He mencionado la Cabalgata. No pensemos en los niños pequeños, o en los implicados en el Ateneo. Pensemos en un ciudadano medio, sin niños cercanos, y que además no aprecia mucho la estética de las Cabalgatas de los últimos años. Pero en fin, es la Cabalgata, si pasa cerca mira y la ve. Y además es el 5 de enero, es la Cabalgata. Tiene que haber una logística de calles cortadas, de multitudes que van de un lado a otro. De repente, resulta que la tarde del día 5 es una tarde “normal”… Algo no funciona.

Pensemos en la Semana Santa. Con absurdo reduccionismo, se habla de “el aspecto religioso y el aspecto económico”. Como si no hubiera otros.  Como si no existiera algo humano, existencial, psicológico, básico, no hallamos ni la palabra, en la necesidad de que la vida, el año, mantenga unos ritmos. Existen el día y la noche. Existe la división del tiempo en días ¿Imagina alguien una vida en la que no existiera el paréntesis diario del sueño, que fuera todo seguido…? Sería el infierno. A su vez, el año se divide en estaciones. (No las experimentan los de las regiones ecuatoriales… pero el resto eso casi ni lo comprendemos. ¡Qué horror de monotonía!)

Antiguamente, las mareas, las fases de la luna, resultaban indicadores  cruciales. En la sociedad urbana y con luz eléctrica  cuentan otras cosas como marcadores del tiempo. ¿Se exagera si se dice que en Sevilla la Semana Santa y la Feria son unos indicadores del ritmo del tiempo, algo cuya existencia inmutable contribuye hasta a la estabilidad psicológica…?

Insisto: la medida de este hecho no la dan los muy adictos a tal fiesta o ceremonia. Pensemos en los muchos sevillanos, muchos, que no acuden a la feria. Por trabajo o por gusto, no tienen costumbre de acudir al recinto ferial. Pero es feria. Se nota en las calles, pasan coches de caballos, mujeres engalanadas, los bares de toda la ciudad ponen farolillos, las tiendas llevan meses anunciándolo. No tiene ni que agradar muchísimo. Pero es así. Si esto desaparece es como para alterarse.

Hagamos una comparación exagerada y grotesca, pero no hallamos otro modo de explicarlo. Imaginemos que a un campesino medieval le desaparecen las fases de la luna. Se acabó el creciente y menguante y llena: de repente se queda la luna  a la mitad así para siempre. Este campesino, aunque fuera el menos romántico del mundo, y jamás se hubiera extasiado con la luz nocturna, ¿no se alteraría… no se volvería como loco? 

Resulta llamativo que en una época como la nuestra atiborrada de psicólogos y de psicologismo, de “coaches”, de obsesión por el bienestar emocional, una época en que oímos continuamente hablar en jerga psicologizante, se habla de biorritmos, y de estabilidad emocional y de inteligencia emocional y de todo emocional… pues no se haya oído ni una palabra sobre lo que implica, para un ser humano, la suspensión automática de unas tradiciones que daba por tan inmutables como que sale el sol.

Se suspende la celebración de la Semana Santa (increíble la naturalidad con que se enuncian estas palabras inauditas). Pues la cosa se reduce a decretar que “en el aspecto económico es una pena, lo sentimos por el florista y el de la cera y el tabernero, pero en lo religioso pues hasta mejor, así rezamos sin distraernos”.  Lo económico o lo religioso, no hay más.

No conciben el pensar que hasta el tabernero o el florista, más allá de su economía, tiene “biorritmos”, y que el perder ese jalón indicador anual es, como para cualquier otro ciudadano, un golpe psicológico que nadie tiene derecho a minimizar y a encasillar. Es hasta un insulto acordarse de ciertos gremios de esa manera –como oponiéndolos a lo religioso, como si ellos fueran menos espirituales que otros.

Y en lo religioso… bueno.  Vayan a ver a un amigo que se haya quedado paralítico en la cama y díganle: “Hombre, me alegro por ti, ahora tendrás más tiempo para leer”, a ver qué le contesta. Así nos quedamos algunos cuando nos dicen “Mejor, así podéis rezar sin distraeros”. 

Que no es lo religioso ni lo económico. Que es quitarnos el ritmo de la vida a todos. Hasta los (numerosos) críticos de la Semana Santa se quedan, con su supresión, descolocados.

Volvamos al campesino imaginario de la Edad Media que se alteró cuando le quitaron la luna. En su tiempo, todo el mundo hubiera comprendido que semejante cataclismo le turbara la razón. Hoy simplemente lo acusarían de inmaduro e irresponsable. Para eso nos sirve el vivir en la era de los psicólogos.




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