¿Solución: más y más vallas?

No queríamos hablar del triste suceso reciente en Santa Justa, o al menos no hasta pasado un tiempo, por una mínima delicadeza. Pero resulta imposible: los titulares de periódicos no cejan, día tras día, con su “hay que poner más vallas” “¡cuántos fallos de seguridad, seguridad!”. Hay que poner todavía más vallas – ese es el diagnóstico y la moraleja.

No queríamos tratar el tema, por importuno (recordar los peligros de la infracción de normas suena cruel, y de moralismo trasnochado, cuando alguien lo acaba de pagar tan caro). Pero, como se recuerda desde en el Evangelio hasta en las novelas de Agatha Christie… hay que pensar en los vivos. 

¿Qué mensaje están recibiendo miles de jóvenes, los que están justo en la edad de amar el riesgo y el peligro – y ese componente, psicológicamente  inevitable, lo tienen reprimido a fuerza de la sobreprotección a la que los sometemos? Pues este: que cualquier imprudencia que cometan, siempre será culpa de otro. 

Produce cierto terror caminar por donde hay bloques de pisos más amplios, los que tienen un patio interior. El conglomerado de vallas –muchas de ellas añadidas recientemente- impide atravesar parquecillos que antes eran transitables para todos; los que allí residen deben atravesar tres o cuatro puertas (aparte de las de su casa y del portal, ahora las de las nuevas jaulas que los recubren). Es terrible cómo hemos de vivir; esto parece un parquee zoológico de animales peligrosos. Todo lleno de cámaras, de vigilancia, de comprobaciones de seguridad. Es un mundo de delincuentes peligrosos, a todos se nos considera tal.

No se piensa en unas bases morales o éticas sobre las cuales se asiente la convivencia. Ni tampoco (¡oh, suena anticuado!) en un sistema de premios y castigos. El delincuente común –que  recientemente está haciendo su agosto en bares y tiendas de Sevilla es perfectamente impune. Cualquier destrozo se atribuirá a que fallaron las vallas, fallaron las alarmas… (Es curioso: ante  el tema de la enorme cantidad de delincuentes en la calle, nadie habla de ineficacia de la Policía ni del sistema judicial. La delincuencia se ve tan normal como la lluvia o la falta de ella).

Decía que vivimos agobiados con las vallas, con la desconfianza, con el “todo prohibido”. En muchos bloquees de pisos, ahora se prohíbe, ¡subir a la azotea! (¿Y para qué está si no? A lo mejor, para un urbanita humilde, el subir a la azotea es la única ocasión de ver una bella puesta de sol. Pero se prohíbe, “no sea que a alguien le dé por tirarse al vacío”).

Nos tratamos a unos a otros como animales, pero animales inferiores, los que van en rebaño. A una oveja no sirve de nada ponerle un letrero de “Prohibido el paso, peligro de muerte”; para impedir el paso de ovejas hay que poner vallas. Así ahora con los humanos. Se renuncia a miles de años de civilización: a establecer un sentido de responsabilidad, de conciencia… “Hay que poner más vallas”.

Es decir, toda imprudencia o delito será “culpa” de quien no lo ha hecho físicamente imposible. En una era que abusa de la palabreja “concienciar” (¡tan eficacísima en otros temas, como el medioambiental!), es justo cuando se ha abandonado el concepto de conciencia.

Por no ahondar en un caso demasiado hiriente y cercano, pensemos en uno ya antiguo.

En el Vaticano, en la solemne Misa del Gallo de 2008 (una ceremonia a la que cualquiera podía asistir, tan sólo solicitándolo con cierta antelación),  unas diez mil personas, perfectamente organizadas en sus sillas, en un ambiente que respiraba belleza y civilización, tan sólo se desordenaban un poco cuando, antes de comenzar la Misa, procesionaban los celebrantes que se dirigían al altar, por el pasillo del centro. Los celebrantes, el Papa Benedicto XVI entre ellos.

En esos momentos,  una chica ansiosa de acercarse al Papa se saltó la valla de madera (una valla fácil de saltar. No estaba para animales sino para personas civilizadas), y acometió contra el grupo de procesionantes, tirando a tierra a un anciano cardenal, que se rompió la pierna allí mismo. 

¿Adivinan lo que pasó a continuación, no?

Del anciano cardenal apenas se supo nada más (aunque para muchísimos ancianos, una caída con rotura de pierna es el principio del fin. Pero eso, ¿a quién le importa?). La importante, la protagonista, la estrella es la joven infractora. Efectivamente, se la premió con una audiencia privada con el Papa unos días después. 

Y la otra consecuencia, también adivinable: en las siguientes ceremonias, al público se le alejó unos metros más. Es decir: se premia al infractor, y se castiga y trata como animales a los inocentes. “La cosa se soluciona con más vallas”.

(Algunos hubiéramos deseado intensamente el poder hablar unos minutos con Benedicto XVI. Pero, faltos de “enchufes”, el único medio para conseguirlo era agredir cruelmente a ancianos… A los que nos queda conciencia no nos agrada ese medio).

Pocos recordarán aquel incidente. No será el más grave de los que en el mundo acaecen (siempre olvidándonos del pobre cardenal, total un viejo). Pero sí paradigmático, simbólico, indicativo de toda una época. Y encima por parte de quien podíamos considerar la mayor autoridad moral del planeta. Sonará excesivo, pero acaso algún historiador del futuro, analizando la mentalidad del siglo XXI, tome como hito aquella  Navidad de 2008 como se toma como hito, en aquel mismo lugar, la coronación de Carlomagno en el año 800.

Castigo a los inocentes, y premio al infractor.

¡Pongamos más vallaaaas!




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