Ahora que el episodio en cuestión se ve desde alguna distancia, osaría decir algunas palabras que, vertidas cuando la noticia estaba candente, hubieran sonado tal vez inhumanas. Me refiero a la aventura de los niños atrapados en la cueva de Tailandia, y también, a la ya lejana de aquellos mineros también felicísimamente rescatados de las profundidades de la tierra del Perú.

No hablaré de la sociedad del espectáculo, pues ya lo hacen otros, y el comentarlo una vez más no parece que contribuya a “solucionarlo”. Ya sabemos que cualquier episodio, ya sea delictivo, religioso, migratorio, carcelario, cualquier evento, si le cae en suerte, puede convertirse en gran espectáculo mundial para entretenimiento de miles de millones de personas a la vez… Eso de momento parece que hay que aceptarlo.

Prescindiendo de lo arbitraria que resulta la selección de eventos para convertirlos en centro de atención, pensemos algo en las repercusiones de éste último al que aludo. No se limitaba al morbo; por los mensajes que circulaban en redes sociales, parece que miles, millones tal vez de personas bienintencionadas desearon desesperadamente, y los creyentes rezaron, por la salvación de esos niños.


Es esa oleada de compasión genuina, a la que no pude realmente sumarme, la que me llama la atención. Sin duda, el sufrimiento de unos seres humanos atrapados en algún recoveco de la naturaleza sin poder salir es unos de los casos más dramáticos que existen; esto lo saben los creadores de ficción, y se manifiesta en las múltiples novelas y películas que tratan ese tema. Tragedias humanas hay muchas; pero en este caso, la soledad y la incomunicación representan la nota dramática. La soledad del náufrago es que nadie sabe que existe y que está vivo.

Pero hoy día, ¿existe acaso esa soledad? En ocasiones sí. Por ejemplo, un habitante de gran ciudad que en pleno mes de agosto se queda atrapado en el ascensor de su vivienda, con todos los vecinos de vacaciones y sin el móvil a mano. Pues esta escena, familiar y poco espectacular, supone en realidad una  experiencia de soledad mayor que la de cualquier persona en cualquier otro enclave más “peligroso” pero comunicada. Mejor digo, la segunda experiencia (la del atrapado en la mina, pero con móvil y en contacto con el mundo) es si se quiere más arriesgada, más dramática, sin duda más espectacular, pero no conlleva soledad.

La comunicación lo es todo. La angustia verdadera es la de saberse ignorado del mundo. Experiencias como la de atravesar el Atlántico a solas en una barquita será algo curioso y divertido, pero, tal como hoy se hacen esas cosas (con perfecta comunicación y seguidos sus pasos por miles de personas en directo), de aventura en realidad tienen bien poco y de soledad menos.

Personalmente, si nos fuera dado elegir esas cosas, antes preferiría que me tocara una experiencia como la de la cueva de Tailandia (situación extrema, pero conocida de todo el orbe, y con todos los recursos del planeta, toda la ciencia y la tecnología y la colaboración internacional a sus pies –más las oraciones sinceras de miles de personas compasivas) que la “simple” mini desgracia de pasar unas horas a solas, a solas de verdad, sin móvil, en el ascensor de un bloque de barrio vacío…