Socialismo y Fascismo, unos parecidos razonables

Por Gonzalo Sichar

Si tomáramos unas páginas arrancadas de un programa electoral donde hubiéramos perdido la portada y leyéramos que “nosotros queremos la participación de los representantes de los trabajadores en el funcionamiento técnico de las industrias; la administración de las industrias y servicios públicos por las mismas organizaciones proletarias; una modificación de la edad de jubilación de 65 a 55 años; un fuerte impuesto extraordinario sobre el capital con carácter progresivo que tenga la forma de una verdadera expropiación de todas las riquezas; la confiscación de todos los bienes de las congregaciones religiosas y la abolición de todas las bulas episcopales que constituyen una enorme responsabilidad para la Nación y un privilegio para unos pocos”, nos podríamos creer que su autoría pertenece a la factoría política de la Complutense con Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón al frente. Siendo así, hasta nos podría parecer algo hermoso de la utopía libertaria de la izquierda: los obreros organizando las fábricas (aunque no sepan de gestión empresarial), jubilación anticipadísima (aunque no hay sistema de pensiones que lo sostenga), que los ricos paguen y mucho (aunque espanten a los inversores)… Pero este esbozo no pertenece a Podemos sino que se trata de un extracto del programa del Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini.

El término fascista se ha denostado tanto que ahora sirve como insulto contra el adversario cuando faltan argumentos. Pero pocos conocen su ideología. Y sobre todo, pocos conocen sobre sus muchas similitudes con el socialismo.

Uno de los teóricos que más influyó en Mussolini fue el filósofo francés y teórico del sindicalismo revolucionario Georges Eugène Sorel (1847-1922), quien desarrolló sus ideas fundamentalmente en su libro Reflexiones sobre la violencia (1908). Es conveniente señalar también que Sorel no provenía de una tradición marxista y que antes había sido monárquico y tradicionalista antes de virar, en la década de 1890, hacia posturas revolucionarias. Esto explica que continuara posteriormente impregnado de valores comúnmente asociados con el conservadurismo y que al fascismo le fuera sencillo tomar a Sorel como uno de los filósofos más influyentes.

Sorel trató de completar la teoría marxista pero su resultado final fue una variante tan extremadamente heterodoxa que les sirvió de base a los ‘revolucionarios’ antimarxistas, es decir, a los fascistas. Y entrecomillo revolucionario porque aquí coincido con Gramsci cuando enfrentándose a Msussolini en el Parlamento le dijo: “Sólo es una revolución la que se basa en una nueva clase. El fascismo no se basa en ninguna clase que no estuviera ya previamente en el poder”.

Sorel criticó el racionalismo de Marx y sus tendencias utópicas, creyendo que el centro del pensamiento de Marx estaba más cerca del cristianismo primitivo que de la Revolución Francesa. Obsérvese algo muy desconocido, y son los inicios anticlericales del fascismo que, por ejemplo, impregnó mucho a Ramiro Ledesma (el fundador de las JONS). Sorel también rechazó las teorías marxistas del materialismo histórico, el materialismo dialéctico y el internacionalismo. El filósofo francés fundó la teoría de un ‘sindicalismo revolucionario’ como una corriente sindical diferente del socialismo, del anarquismo y del comunismo. Hay que tener en cuenta que a Sorel se le suele asociar con el anarquismo, y no en vano los primitivos movimientos fascistoides en España también estuvieron influenciados por el anarcosindicalismo. No es un mero azar del destino que la Falange diseñase su bandera inspirada en la de la CNT. Y antes del alzamiento de 1936 hubo conversaciones entre falangistas y anarquistas —los de Ángel Pestaña— para una eventual unión al margen de la izquierda marxista y de la derecha conservadora.

El chileno Mauricio Rojas, que llegó a ser diputado liberal en Suecia pero que conoce muy bien el marxismo por su antigua militancia en el MIR, expone una gran retahíla de parecidos entre marxismo y nacionalsocialismo en su libro Lenin y el totalitarismo. Hasta la frase atribuida a Joseph Goebbels de una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad, en realidad la dijo antes Lenin (aunque tampoco era suya). Pero tanto se ha repetido, que se ha convertido en verdad que esa frase era del ministro de la Propaganda nazi, dirigente nacionasolcialista del que poco se ha hablado de lo influenciado que estuvo de su amigo el anarquista Richard Flisges y de leer las obras de Marx, Engels, Rosa Luxemburg…

¿Y por qué si el fascismo se parece tanto al socialismo se le asocia con la ultraderecha? Porque el fascismo al llegar al poder siempre ha eliminado su vertiente socialista (y social en gran parte). Lo hicieron los nazis en 1934 en la ‘noche de los cuchillos largos’ y se hizo en España cuando Franco unificó en FET y de las JONS a carlistas y falangistas, por cierto en contra de la voluntad de ambos grupos.

Pero he aquí otro error común de interpretación por la supuesta superioridad moral de las izquierdas: las alas socialistas de los partidos fascistas eran más benevolentes. Ejemplo de un furibundo antisemitismo lo tenemos en los nazis ‘rojos’ Ernst Röhm (jefe de las SA) y los hermanos Strasser. Y, como he anticipado, hasta Goebbels provenía de ese sector pero supo cambiar de bando antes de las purgas.

En España los pocos que conocen la existencia de una Falange ‘Auténtica’, ven con buenos ojos por ser ‘roja’. Pero así como las ‘auténticas’ de los años 60 y 70 eran democratizantes —ejemplo de ese espíritu, aunque no perteneció a ellas, es Dionisio Ridruejo que en 1974 fundó la Unión Social Demócrata Española que llegó a formar parte de la Plataforma de Convergencia Democrática, pero también uno de los que integró la División Azul que acudió en auxilio del nazismo en el frente ruso—, en los años 30 estaba mucho más cercana al régimen nazi, hasta tal punto que gracias al embajador alemán el sucesor de José Antonio —Miguel Hedilla— se libró de la pena de muerte que le impuso el régimen franquista por negarse a la fusión con los carlistas.

En el principio de la Transición el principal partido de la llamada ultraderecha era Fuerza Nueva, lo cual aumentó la confusión entre fascismo y extrema derecha. Aunque en su mensaje mantenía cierto obrerismo joseantoniano, en realidad estaba nutrida por jóvenes ‘pijos’, en buena parte de los barrios madrileños más pudientes de Madrid (lo que hoy llamarían los ‘cayetanos’), haciendo nuevamente válida la interpelación de Gramsci a Mussolini. El heredero político de Fuerza Nueva es una casi desconocida Alternativa Española, que se autodefine como socialcristiana, pero que traigo a colación porque algo le queda de ese aparente lenguaje fascista al considerar que en temas sociales adelantan por la izquierda al Partido Popular.

El fascismo en su nacimiento surgió como una tercera vía. Ni de derechas ni de izquierdas. Pero su comportamiento siempre como fuerza de choque de la derecha lo ha convertido en ultraderecha. Georgi Dimitrov —destacado líder del Partido Comunista Búlgaro y miembro de la Internacional Comunista (Komitern) y que años después sería acusado mediante un complot nazi como culpable del incendio del Reichstag (1933)— en 1935 creó la clásica definición comunista del fascismo: «La dictadura terrorista de los elementos más reaccionarios, más nihilistas y más imperialistas del Capital-Financiero». Pero cabe destacar que mucho antes de que surgieran partidos como UPyD o Ciudadanos, los primeros que no se definían como de izquierdas ni de derechas, fueron los fascistas, o sus homólogos falangistas en el caso español. Tan es así, que los chascarrillos siempre atribuían a quien decía no ser ni de derechas ni de izquierdas que en realidad era de ultraderecha.

Pero en realidad, así como el centro o posiciones modernas de transversalismo como es la tercera vía escogen lo mejor de las ideas moderadas de la socialdemocracia y del liberalismo humanista, el fascismo bebía de las ideas de la extrema izquierda y del nacionalismo exacerbado. Un nacionalismo que, para quien no lo recuerde, tiene un origen burgués y alejado de la clase obrera.

Por eso cuando ahora tenemos en España un partido que dice que podemos salir de la crisis mediante medidas radicales y populistas, que no somos de derechas ni de izquierdas —es lo que decía Podemos antes de su escisión Más País—, donde bajo proclamas democratizadoras en realidad se concentra el poder en un líder supremo y carismático, y que aplican principios nacionalistas desigualitarios para España de la que quieren un país ‘asimétrico’, ‘plurinacional’ y con ‘derecho a la autodeterminación’, me estremezco de pensar que ya nos está gobernando algo parecido al fascismo.

Los pasos que están dando hacia un CGPJ y unas RTVE controlados por el Gobierno, una intromisión en lo que opinamos en las redes… son pasos similares a los que inició Hugo Chávez —de forma mucho más lenta que en España— y que no eran otra cosa que una imitación del proceso de sincronización de la Alemania de 1933 y que Fernando Navarro detalla en El delirio nihilista.

De hecho si vuelven a leer esas páginas arrancadas de un programa electoral y se olvidan que les he dicho que es de Mussolini, pueden creerse que pertenece a este nuevo partido español que ve en Venezuela, Bolivia o Cuba sus modelos políticos a seguir. Al fin y al cabo todavía no lo había dicho, pero el fascismo comparte con el ‘socialismo real’ la idea de que la colectividad está por encima del individuo, ya sea ese colectivo una clase o un pueblo.




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