“Smug!”

Los que sufrimos ante los ataques a la lengua española no cesamos de recordar su riqueza y sus matices y su gracia y su donaire, y la inmensa fortuna de que gozamos al tenerla por lengua materna.

Esto no es obstáculo para que alguna vez – alguna rara vez- caigamos en la cuenta de que a veces, a tan riquísima lengua parecen faltarle algunas palabras; que por vía de excepción, en algún caso concretísimo diríase que otros idiomas parecen más fecundos.

En la ola de moralismo que invade el mundo, ya iniciada hace algunos decenios, pero afianzada con “las políticas Covid”, pues… aparece un tipo de persona que en castellano no sabríamos calificar. “Políticamente correcto” se le acerca algo, pero no lo suficiente. “Con aire de superioridad moral” es lo que más se aproxima. Es el caso, por ejemplo, de la persona que lleva una mascarilla no con naturalidad, porque así le parece oportuno, sino con aire de dar ejemplo y de reñir al que no la lleva. Es el caso del repartidor del butano que no se limita a decir: “Ya no nos dejan entrar en las casas”, sino que, con aire de virtud ofendida, y con un tono de catequista predicador jamás visto en ningún cura de la vida real, pontifica: “Yo no puedo entrar, por su seguridad y por la mía. Por su seguridad y por mi seguridad, yo no entro”. Es el caso de la cajera que, preguntada por si aún tienen bolsas de plástico, adopta un aire de reproche y lanza un discurso moral (“Las bolsas contaminan muchísimo y todos tenemos que poner de nuestra parte, ¿sabe?”) que ni la Srta Rottenmeier nos hubiera dejado más avergonzados…

En inglés hay no una, sino muchas palabras, para calificar esta actitud. Smug, prig, self-righteous, sanctimonious…  prim, strait-laced, son adjetivos muy frecuentes en cualquier novela  en este idioma; y seguramente se me escapa alguno.  Significan, con diversos matices, precisamente eso: persona que se da un aire de superioridad moral, que al hacer cualquier cosa parece estar dando lecciones de virtud al resto. Todavía prim, strait-laced y acaso prig expresan algo un poco más auténtico, es decir, califican a una persona muy moral y estrecha de miras, lo cual merece su respeto. Los otros términos (smug, y sobre todo self-righteous, sanctimonius) no indican tanto que la persona sea moral, sino que presume de serlo, y que se siente muy satisfecha de lo bien que lo hace frente al resto de los mortales. Indica una falta de sentido del humor, unos niveles de moralina y de dar lecciones, un modo de quedar por encima realmente aplastante. Pero hay más: son de uso frecuente adjetivos como self -satisfied, self-congratulatory… que apenas necesitan traducción. Pues sí: sin duda (¡por una vez!¡y repitiendo que nuestra preferida es sin duda la lengua de Cervantes!) hay que reconocer que la lengua inglesa es pródiga en vocablos para definir a un tipo de ciudadano “ejemplar”, especialmente ubicuo desde 2020, y que en español no podemos adjetivar.

En fin, ¿hay que lamentar que la hermosa lengua castellana parezca ser, en algunos aspectos, más pobre que otras? Acaso no. Si no teníamos palabras equivalentes a “prig, self-righteous, sanctimonious…etc”, será porque no habían resultado necesarias. Hasta lo que más se le acerca (la larga perífrasis, engorrosa de pronunciar: “con aire de superioridad moral”) es de muy reciente creación.

A lo mejor resulta que la plurisecular sociedad española, tan vilipendiada por la leyenda negra, tan asociada a la Inquisición, y al catolicismo a la fuerza, y a tantas cosas malísimas y rígidas… pues era bastante más tolerante de lo que creemos, aun antes de que se pusiera de moda esa palabra. Los que de verdad leen páginas del Quijote, espejo de España en su enorme variedad de tipos humanos, ¿encuentran ejemplos de algún personaje, sólo uno, al que se pueda calificar de sanctimonious? No los hay. O en el Diario de Colón, o en los relatos de las andanzas de Cabeza de Vaca; o en las crónicas de misioneros, o en las obras de Santa Teresa. Un catolicismo profundo, sí. En el peor de los casos, para el que quiera ser crítico, pues “la fe del carbonero”, a lo mejor. Pero, ¿self righteous? O sea, ¿con ese aire de autosatisfacción de dar lecciones de superioridad moral? No hallamos ejemplos de eso. Si los hubiera habido, ya habrían surgido, en puro castellano, las palabras que hoy nos faltan.

Con Inquisición, y con catolicismo oficial y todo lo que quieran, la sociedad española  acaso era más sincera, menos rígida, con un profundo sentido de lo humano, es decir, sentido común; con un punto, por así decirlo, de admitir “la guasa” (ubicua en Cervantes, y en Santa Teresa, y en Galdós…, y diría que en todos) que hace impensables los tipos “sanctimonious”. Isabel la Católica, pues sí, era profundamente católica y los dogmas se los creía de veras, ¿y qué? Esto no le impedía actuar de manera natural. Parece que era castiza. Seguramente no pondría cara de santa ni de Doña Perfecta hasta para comer una tostada.

No necesitábamos ciertas palabras (como el pueblo del trópico no necesita de muchas palabras que signifiquen “nieve”, y seguramente los esquimales carecen de vocablos que signifiquen “bulla”). Desde el 2020, desgraciadamente, advertimos su falta. Y hasta los más enemigos de copiar palabras del inglés, pues nos vemos obligados, esta vez, a hacer eso mismo que en general lamentamos.

Smug!

Carecemos de palabras equivalentes. A lo mejor eso es hasta una honra – o lo era.




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