Simón, los Beach Boys y la escala de Richter

En un rasgo de generosidad encomiable, la otra tarde, al acabar la rueda de Prensa del equipo médico habitual (lo mismo me borran esta última expresión por exaltación del franquismo, no sé), el candidato a epidemiólogo por la tercera vía, Fernando Simón, cerró su carpeta, dejó atrás el atril y le arrojó la llave maestra, la que pone a funcionar la máquina de mezclar datos y emborronar fallecidos en el Ministerio, a la flamante nueva secretaria de Estado de Sanidad, Silvia Calzón, ésta sí, al parecer, epidemióloga…, mientras no se demuestre lo contrario.

Luego, Simón se echó la mochila al hombro y, con el casco en la mano, bajó los escalones de tres en tres, se quitó la mascarilla, arrancó la moto y enfiló hacia el aeropuerto de Barajas (ese mismo donde su gobierno no ha tomado una sola medida precautoria no sea que a Díaz Ayuso se le agoten en Madrid las fuentes de contagio) cantando en su cabeza una de los Beach Boys.

Un par de horas después, Simón estaba ya cenando con Calleja en Baleares, junto al mar, preparando el neopreno para grabar al día siguiente y anotando las cifras de presión más adecuadas en las válvulas de oxígeno para la inmersión: “¡Qué me vas a contar a mí de respiradores, Calleja, déjate de cuentos!”. Y se echaron a reír un rato mientras amasaban cifras de audiencia.

Hay que ser muy desprendido, sin duda, para ceder el amado plasma así, gratis et amore, a una recién llegada y en mitad de la guerra abierta en el Ministerio entre los antiguos cargos del equipo anterior a Illa y los advenedizos y privilegiados por el filósofo de las pandemias.

Cuentan las crónicas que los cargos que ya estaban en el Ministerio cuando desembarcó Illa se sintieron molestos y emprendieron la guerra porque les mandaron a un tipo que venía de ser moneda política de cambio y sin la menor experiencia en los asuntos de la Sanidad pública, lo que ponía de relieve la desconsideración que le merecía dicho Ministerio, vaciado de competencias, al presidente Sánchez. Total, para lo que tenéis que hacer allí…, pensaría Narciso en uno de esos alardes excelsos de ceguera que concede la egolatría.

Hete aquí que, para colmo, nada más desembarcar les cayó encima la noticia de una pandemia global apenas conocida y con un ministro incapaz de entender la dimensión de un fenómeno tal y lo que ello comporta.

Illa, en lugar de encomendarse al escalafón de secretarios de Estado y de directores generales, fue a poner el ojo en un tipo desaliñado y risueño que ocupaba aquel despacho del rincón, al final del pasillo, que antes había servido durante un tiempo para acumular cajas de papeles cubiertas de polvo, algún sillón desvencijado y hasta los cubos de la fregona de las limpiadoras… Hasta que llegó por allí un recomendado de un antiguo ministro y tuvieron que amoldar las dependencias para hacerle sitio.

La costumbre de meterse el dedo en la nariz era una guarrería, de acuerdo, pero el hombre no parecía mala persona, tenía pocas aspiraciones o ninguna y frecuentaba la cafetería con cierta sorna y don de gentes. Al fin, se llevaba muy bien con los conserjes, deambulaba a deshoras y no solía meterse en camisas de once varas ni poner zancadillas. Era cordial y afable con todos y a veces incluso acercaba a su secre a su barrio en la moto, ¿dónde se ha visto?…

Cuentan las lenguas viperinas que, hace unas semanas, el director general de Salud Pública y secretario general del Ministerio, que llegó a este mamotreto procedente de Asturias, como la propia ex ministra, donde ejerció como director gerente de la Sanidad asturiana, eludió comparecer en la Comisión correspondiente del Congreso de los Diputados, al igual que el resto de miembros de la cúpula del Ministerio. El susodicho alegó motivos de salud…, pero luego se le vio entre el público asistente.

Poco tiempo después, a primero de agosto, el ministro de filosofías se descuelga en el BOE creando una nueva Secretaría de Estado y pone al frente de la misma a esta singular Calzón, de apellido tan sonoro como heteropatriarcal, y destituye al otrora mandamás del Ministerio con disimulo para que dirija el departamento de sistemas informáticos y otras aspirinas digitales.

Una vez rasuradas las cabelleras y pacificado el ambiente, Simón, con el contumaz y espectacular desahogo que computa sus registros en la escala de Richter, como los terremotos, decide marcharse de vacaciones, tan pancho, a rodar un chupiprograma de TV en mitad de los rebrotes y a tocarse las narices en el Mediterráneo.

Desde luego hay que tenerlos como los melones y las sandías de 12 de kilos de Los Palacios y haberse transfundido horchata en las venas. Yo no sé si una moción de censura, un cese fulminante o un procesamiento inmediato por irresponsable y negligente con los peores datos mundiales y la ineficacia más torpe y abundante de todo el planeta, pero al menos un ahogadilla sin bombonas de aire y sin tubo le daba al peluso, por tocapelotas y filibustero. Y luego le arreaba un guantazo a dos manos con las aletas de bajar a las simas profundas a coger lubinas y langostas.

He dicho.




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