Si pretenden la censura, hablaremos con el fistro

Ayer mismo, un desagradecido lector se quejaba en las redes sociales de que en esta misma sección de opinión yo calificase a ese tal Pedro Sánchez de mentiroso.

Digo “desagradecido” porque pudo haberse mostrado generoso y mostrarse comprensivo con la indudable benevolencia del epíteto tratándose de un tipo que acumula una piscina oceánica de embustes y de traiciones a España, pero sobre todo a su propia palabra.

No nos damos cuenta a veces, pero hay un tropelillo de despistados, tal vez seres de luz que habitan en algún recodo de nuestra existencia cotidiana, que hacen como que se asombran cuando encuentran las palabras justas del diccionario atribuidas a alguien que representa con toda exactitud lo que las mismas describen.

Yo supongo que son los primeros síntomas graves de la censura (y de la autocensura) que se explicita en el BOE de Marichús, ese periódico que ya no es del Estado, sino del propio Sánchez, que es el único medio de comunicación que revolotea en la nube tecnológica sin censura de ninguna clase y emite toda clase de excrecencias, sin tapujos ni cortarse un pelo.

En el BOE te encuentras publicadas lo mismo obscenidades graves, como que en plena pandemia y con las colas de la caridad dando la vuelta a los edificios, el gobierno ha decidido implementar la pasta que dedicará en su lucha contra el color estereotipado de los baberos rosa o aberraciones tales como que un asesino siniestro con cientos de años de condena ha sido autorizado por el amoral Marlaska a salir al parque a tomar un txikito y unos pintxos con los amigachos (o ‘amigatxos’, porque algunos son así de gilipollas con el idioma).

La lengua, que a menudo es casi una patria (aunque en el caso vasco es una patria a martillazos y con bombas lapa debajo del coche), era el último espacio de libertad del individuo. Cada uno se expresa como quiere y con los códigos que le apetezcan, con la única salvedad de que si pretendes la máxima eficacia y la mayor rentabilidad en el esfuerzo (lo llaman economía del lenguaje) utilizarás el que más eficiente resulte para entenderte con tu entorno y los que te rodean. Y si aprietan más con la censura, terminaremos hablando con el fistro, como Chiquito de la Calzada, que alcanzó la plena libertad para inventarse su propio idioma y se le entendía todo.

En Catalumnia, por ejemplo, el idioma propio puede resultarte eficiente en especial para que no te multen y te pintarrajeen tu comercio o te acose una banda de militones que te increpa por usar el idioma que te parezca oportuno. ¿Ves?, esa es su casi única ventaja.

Y luego están las variedades que los del norte pretenden convertir en objetos coloniales, como es el ‘valensiá’ y el ‘mallorquí’, a los que pretenden someter aunque ellos se pasen por el forro los pataleos supremacistas de sus vecinales.

En Vascongadas, en cambio, como el idioma propio no es apenas útil sino para preparar unas cocochas entre amigos y si tratas de contar un chiste no se ríen ni las hienas, te miran feo o te desprecian si suponen y adivinan que no manejas los lugares comunes de las cuatro palabras convertidas en iconos identitarios.

En Galicia han tomado por la calle de en medio y, en lugar de una lengua, se han inventado siete o veintisiete, no me queda claro,, que cada cual construye según le sale de su centollo, que, por otra parte, es como siempre ha sido en aquella tierra, donde en un concejo se llama de un modo a las espigas y del otro lado de la ría cambian tres letras, o más, para la misma cosa.

Y ya, por fin, viene el resto de mongolancias con pretensiones, como el bable, el castúo o la última arrogancia tonta de “un profesó andalú de la Universiá Pablo Dolavie” (Olavide) que sugiere devolvernos a la cueva de Altamira y empezar de nuevo a poner nombres a las cosas, tarea francamente entretenida que no conduce a ninguna parte, sino a la idiotez reconcentrada.

Me salto, por supuesto, los esfuerzos de ‘les gallines ponedores y esclavizades” o las tontades y tontadas del femicinismo heteropatriarcalizado.

Nada reclamo, pues en Italia se lo toman más en serio lo de la libertad del idioma y hay 60 modos diferentes de expresarse y a menudo ni se entienden entre los de Liguria y la Puglia, pero a nadie se le ocurre hacer bandera patriótica con la lengua de una matria que apenas sirve para moverse por tu barrio y fabricar una pizza con melanzana.

En fin, les digo, que hay quien no se entera, pero porque no quiere enterarse, y lo que les jode es que les hables y te entiendan. Por eso aplauden la censura, porque en realidad a lo que aspiran es sólo a asentir con la cabeza a lo que les dicten sus caudillos. Son así de burros y así de sectarios.

He dicho.




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