Si así fueran las rotondas…

En algún lugar de la provincia de Huelva puede verse esta rotonda. A primera vista, no presenta nada extraordinario: algunas plantas y flores para hacer más grato el hecho funcional de este modo de organizar el tráfico. Es más, seguramente no habrá que salir de nuestra provincia para ver cosas similares. Y sin embargo… pues tan frecuente no será, este tipo de rotondas, cuando su vista provoca un elemento de sorpresa, y agradable por cierto.

Las rotondas más habituales en ciertos itinerarios (una espera que sea sólo en ciertos itinerarios, que se trate de una cuestión de mala suerte personal), pues son otra cosa. Constituyen un choque de ideología, una especie de bofetada que, en medio de nuestros quehaceres, cuando al emprender un recado necesario extramuros, y la aparición de un horizonte abierto parecía prometer un pequeño descanso visual, pues tiene que recordarnos, de manera brusca, lo más ingrato del mundo en que vivimos.

Camino de los Ikeas y Lerois a los que hay que ir, no por gusto, sino por la desaparición de otros establecimientos alternativos donde conseguir un estante, de repente nos avasallan, nos golpean (la expresión popular diría: “nos pega un bocado”) las gigantescas palabras hechas de acero como hierros candentes sobre la carne: “IGUALDAD SOLIDARIDAD CONVIVENCIA….” y no sé qué más, al dar la vuelta a una rotonda. ¿Pero esto qué es? Son… los valores de Gines (sólo de esta localidad, al parecer). La manera de constatarlos, imponiéndolos con acero, no puede ser más contradictoria con el sentido de las palabras. No cabe imposición más dictatorial. Y artísticamente hablando, ¿no han hallado un modo de reflejar esos valores que no sea poniendo las palabras gigantes en acero?

En otras, como la de la Avenida de Blas Infante, y las cercanas a ciertos pueblos, vemos, si no una ideología tan descarnada, sí el seguimiento de la consigna: “Gasto máximo unido a cero imaginación”. Gigantescas letras que ponen S-A-N-T-I-P-O-N-C-E… Habría partidas millonarias, pero al decorador no se le ocurría nada; hubo que compensar la falta de ideas con el tamaño de las letras.

Quien deba circular todos los días ya conoce el nombre de su pueblo; y los signos habituales de la carretera deben bastar para los otros viajeros. Pero el gigantesco letrero invasivo de la rotonda nos recuerda lo que, por unos momentos, creíamos poder olvidar: nuestra sujeción a las administraciones, a la Junta, a la Diputación, nuestra condición de vasallos oprimidos, pagando impuestos y siendo multados e inspeccionados, para que los del otro lado no sepan ni en qué gastar el dinero ya. No queríamos pensar en política, pero es que visualmente ni nos lo permiten. Cada parada de autobús de pueblo indica, en enormes caracteres: “Junta de Andalucía”. Al entrar en Sevilla cientos de carteles de colores ponen: “Sevilla, Ciudad Amiga de la Infancia” (¿Hay alguna que sea enemiga? ¿Quién paga estos carteles? ¿Para qué? ¿Y luego nos dicen que ahorremos papel?). 

La convivencia y la tolerancia se dan cuando las personas pueden vivir con cierta alegría y espontaneidad. Grabar estas palabras con acero para clavarlas casi en las carnes… es justo lo contrario de lo que significan. Pondrán “Tolerancia” pero parecen estar diciendo “LEY-SUJECIÓN-OBEDIENCIA-DISCIPLINA-MULTA”.

Pero en fin, hablábamos de la hermosa rotonda onubense, verde y con flores. No ha habido consignas de transmitir valores de nada. Es agradable, refresca la vista. Cumple su función. No nos impone ideologías. No nos chilla, con megalomanía, el nombre de la localidad en la que ya sabemos que estamos. Se trata de girar a la izquierda, y de paso vemos verde y unas flores. Esto es hacer las cosas a la medida humana.

Si así fueran las rotondas todas, y las calles y autobuses y plazas, libres de consignas, ganaríamos en calidad de vida (y en verdadera “tolerancia y convivencia”, aunque ya hayan casi perdido su sentido, a fuerza de imponérnoslas, estas palabras) mucho más de lo que creemos.




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