Sevilla quiere su Inmaculada que robó Napoleón

 

Cuentan las crónicas que allá por el aciago año 1810, cuando las tropas napoleónicas invadieron Sevilla, el Mariscal Jean de Dieu Soult, amante del arte (sobre todo del arte ajeno) y de infausto recuerdo para nuestra ciudad, se quedó a cuadritos, mudo de asombro, de pasta de boniato, con las patitas colgando… al contemplar en nuestros conventos e iglesias, en nuestra Catedral, en nuestro Cabildo, en nuestras basílicas y ermitas, aquellos fabulosos cuadros de Murillo, de Zurbarán, de Herrera el Viejo, de Pacheco…, expuestos a la vista de todo el pueblo, cuando él y sus adláteres consideraban a los españoles como palurdos, zoquetes e indignos de tener aquellas pinturas de artistas tocados por la divinidad.

Durante los dos años en los que los okupas gabachos estuvieron aquí, fueron trincando por el morrazo, a punta de bayoneta, cuanto les fue posible del alma artística de Sevilla, de su duende y de su gracia: hasta un millar de obras amontonaron malamente en el Alcázar tras sus contínuos saqueos, que incluso llegaron a exponer a modo de museo, chuleando de su rapiña.

¿Qué fue de nuestros cuadros, cuarenta y tres de ellos de nuestro genial vecino Murillo?

Muchos de ellos pasaron a decorar el palacio del propio Mariscal en Francia o éste los regaló a próceres influyentes del entorno de Napoleón. Andando el tiempo, las heredaron los familiares de tales personas, o se vendieron en subastas o malamente en rastrillos, perdiéndose su rastro.

Otros muchos cuadros se exhiben hoy, con el descaro total de un botín de guerra, en el Museo de El Louvre de París y en otros museos desperdigados por todo el mundo (San Petersburgo, Londres, Washington, Ottawa…). Y vaya usted a saber en virtud de qué sobornos o pago de favores han ido a recalar allí.

Por trasiegos y avatares históricos, el cuadro de Murillo “Santa Isabel curando a los tiñosos” fue devuelto a Madrid y, gracias al empeño de la Hermandad de la Caridad, la pintura regresó felizmente a su Iglesia.

Pero de todas las obras de arte expoliadas y dispersadas, el sublime y esperanzador cuadro de “La Inmaculada” es el que mejor simboliza el enorme daño cultural que sufrió Sevilla. Aunque el Gobierno francés lo devolvió a España en 1941, este fue destinado a engrosar las colecciones de pintura del Museo del Prado. 

Es decir, que colocaron el cuadro en Madrid, no aquí, donde le correspondía por dignidad y vergüenza. Sin  considerar que nos pertenece y pasando mucho de la tradición mariana de nuestra ciudad, la principal impulsora del dogma de la Inmaculada Concepción. De modo que si los sevillanos queremos ver a tan bellísima Virgen, tenemos que coger un AVE a la capital o esperar a que tengan a bien prestárnosla para exponerla unos días en el Museo de Bellas Artes.  Eso sí: de Huelva. Devuélvanlo a Madrid, claro. Y encima que no se nos olvide darles las gracias. Ya no son los soldados de Soult, sino españoles robando a españoles, como aquel que dijo.

Un servidor se enorgullece de formar parte de la “Asociación Voceando por ti Sevilla”, que en el año 2017, cuando se conmemoraba el 400 aniversario del nacimiento del inigualable Murillo, siguiendo la iniciativa de Don Enrique Valdivieso y unidos al sentir de la práctica totalidad del tejido asociativo, de entidades culturales y de muchísimos vecinos, instamos al Ayuntamiento a que exigiera la devolución a casa del cuadro de nuestra Madre del Cielo, pintado por quien en su niñez era pobre como una rata, como tantos chiquillos de la Sevilla del siglo XVII, pero bendecido con el don de la pintura. Bartolomé Esteban Murillo.

El Ayuntamiento ni siquiera se dignó en respondernos. Somos conscientes de que este asunto, sustentado en el sentimiento y en la necesidad de defender la identidad de Sevilla, parece obviarse entre los millares de frentes abiertos en el ámbito local. 

Pero no debemos, ni queremos, enarbolar bandera blanca. Porque estamos convencidos de que, a base de ser jartibles, más pronto que tarde nuestra Inmaculada regresará, bellísima como siempre, a la Iglesia de Los Venerables de la que nunca debió salir. 




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