Sevilla y la Inmaculada

Si son ustedes aficionados al fútbol, les sonará la imagen de un futbolista que ha pegado un tarascazo a otro del equipo contrario y cuando el árbitro señala la consabida falta, levanta los brazos y pone cara de sorpresa para expresar que “no le ha tocado”; y eso aunque el adversario se revuelque por el suelo con los huesos de la pierna fuera de sitio. Me parece que no hay partido en que esta imagen no se repita.

Si recuerdan cualquiera de las elecciones locales, generales o del tipo que sean, tras el recuento final el discurso de todos hace pensar que nadie ha perdido las elecciones. La lectura que cada uno hace del escrutinio es siempre favorable. No recuerdo nadie que haya reconocido una derrota.

Siguiendo con la política, en los debates del Congreso de los diputados no figura en las hemerotecas que nadie jamás haya reconocido errores, y mucho menos que haya dado la razón a su oponente. Son dignos de estudio semántico y filológico los enredos que hacen sus señorías para no dar la razón o reconocer un yerro.

En el campo judicial ¿qué podemos decir? Todo el mundo es inocente aunque se demuestre llanamente lo contrario. Nadie roba, malversa, prevarica, asesina o trafica, y si lo hace motivos tenía para ello. Todo menos culpa.

El asunto catalán no quiero mentallo.

Podíamos seguir con cualquiera de las actividades humanas. O no existe el error o nadie lo reconoce (más bien parece que es lo segundo). Con tino lo expresaba el gran Lope:

Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Él al final reconoció sus muchos yerros y procuró enmendarlos.

Esta es la historia del ser humano, genio y figura hasta la sepultura o, dicho de otra manera, vanidoso y soberbio hasta 24 horas después de muerto, en expresión de un gran santo. Es tema políticamente poco correcto, palabra casi ausente de nuestro vocabulario: el pecado. Reconocer que somos pecadores, personalmente pecadores. Que no es la sociedad, ni las estructuras y que no es un tema pasado de moda porque hemos impuesto la falsa teología del “buenismo”, ridículo por donde se mire, sobre todo cuando estamos viendo un desastre tras otro que no los ocasionan los marcianos, ni el calentamiento global, ni la fatalidad.

Pues hay un ser humano, sólo uno, que podía de verdad excusarse de haber tenido errores y pecados: la Inmaculada Virgen María. Sin embargo, Ella dice de sí que es la esclava, la más humilde de las criaturas. El mismo Lope la describe así:

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella,
y con luz tan celestial;
que con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace della.

La Inmaculada y Sevilla. Sevilla y la Inmaculada. Van de la mano desde hace siglos, mucho antes de que la Iglesia lo definiese como Dogma de fe que debía ser creído por todos los católicos. Esta fiesta tan nuestra bien merece una reflexión personal y ésta no puede ser otra que la mayor grandeza de una criatura consiste en reconocer su pequeñez, su indignidad. Reconocerse pecadores, saber que cometemos errores y debemos enmendarlos, no nos hace despreciable sino todo lo contrario. Es la única manera de llegar a Dios. A ese Dios hoy tan desconocido porque se le quiere sustituir por el propio hombre. Hombre creador de sí mismo, dueño de la vida y de la muerte, abolicionista de géneros, destructor de la naturaleza. Es el ridículo cósmico. El hombre que se salva a sí mismo: ¡qué gran mentira!

Mientras tanto Dios calla. El silencio de Dios, el silencio de María. Cuanto más ruido hace el hombre, menos escucha el silencio de Dios, más incapaz es de entender el silencio de la criatura más Bella, de la única que pudo albergar a Dios. Belleza de la Inmaculada tan bien plasmada por nuestro Bartolomé Esteban Murillo. Pintor de la belleza donde los haya. Caballero cristiano por amor a Santa María. Digan lo que digan y pinten lo que pinten panfletarios y carteleros sumidos en el odio y la amargura porque no son capaces de sustituir al insustituible Dios.




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