Sermones laicos

 

Los progresistas que nos gobiernan -tal vez como justo castigo a nuestros pecados- creen que hacen una acción meritoria cuando, utilizando los recursos que tan generosamente salen de nuestros bolsillos, nos sermonean con mensajes moralizantes a fin de convencernos de que seamos buenos y benéficos. Esos mensajes suelen ser recriminatorios contra cierto sector de la población, que casualmente siempre es el mismo: a saber, contra el varón blanco, heterosexual, que paga sus impuestos, se siente español y tiene modos legales de ganarse la vida. No digamos nada ya si, encima, ese espécimen es cofrade, taurino, cazador, padre de familia numerosa y tiene modales de caballero. A esta escoria no hay cuidado en atribuirle ninguna acusación infamante que a ellos les parezca pertinente. Pero traten ustedes de gastarse el dinero público en tratar de reeducar, por ejemplo, a las mujeres, a los extranjeros, a las personas de otra raza o de otra religión que no sea la cristiana. Nos dirían que somos unos “xxx-fobos” que estamos estigmatizando a parte de la humanidad. O que tratamos de imponer nuestra “moralina” al conjunto de la sociedad. En cambio, a estos “facinerosos de guante blanco”, que son los hombres inconscientes de su mancha original, hay total libertad para dirigirles alegremente todo tipo de acusaciones. Los pecados que se les imputan son los que ellos detestan más, aunque muchas veces no coinciden con los que tiene usted señalados como tales en su escala de valores. Pero da igual, porque para eso son ellos los que mandan y se creen con derecho a dictar cómo ha de ser la moralidad pública.

Tenemos como ejemplo la reciente campaña celebrada en Sevilla con motivo del día 23 de septiembre, en que se conmemora la Jornada internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Personas. Lo que, a mi juicio, tendría sentido como una campaña policial para cerrar todos aquellos prostíbulos en los que los rufianes de turno explotan a determinadas prostitutas, se convierte en una especie de “tua culpa”, dirigida indiscriminadamente contra el mismo segmento de la población: los varones. Y junto con la criminalización, el cansino afán catequético concretado en unas confusas jaculatorias que inciden todas, aunque a distinto nivel, en el reproche constante de inspiración feminista: “Yo no pago por sexo, no río tus bromas machistas, no abuso, la prostitución es violencia de género”.

Cada una de estas frases, a cuál más incongruente, merece un comentario especial. La primera de ellas -quizás la más claramente relacionada con la campaña- parece vinculada con la creencia, extendidísima entre las feministas, de que la inmensa mayoría de los varones que pululan por la ciudad son puteros contumaces o violadores potenciales. 

Ahora bien, si realmente quisieran reducir esta lacra, en vez de una campaña tan faltona e indiscriminada contra una parte tan importante de la población, lo lógico sería proponer que se penalizara más severamente a los clientes de esta actividad, aunque no sé si esta propuesta les haría gracia a los sindicatos de “Trabajadoras del Sexo”. En realidad, se trata de un hipócrita postureo. Pues todos saben que estas campañas “sensibilizadoras” tienen escasa repercusión práctica para los fines que dicen defender, en este caso, la reducción de la prostitución. Si uno se da una vuelta por determinados barrios y carreteras de nuestro territorio, verá todo tipo de establecimientos venéreos operando abiertamente, algunos de los cuales incluso contrata publicidad en los medios. Como sabe incluso Pedro Sánchez, la policía y la Fiscalía dependen del Gobierno socialista. Y no parece que haya mucho celo en la represión de estas conductas, que son antiguas como la sociedad. 

En cambio, estas campañas que denunciamos sí son muy efectivas para lo que verdaderamente les importa: el machaque adoctrinador del feminismo victimista, así como el de hacerse con más y más dinero público para su causa. Dinero que también paga usted, maldito putero, que lo es, aunque nunca haya entrado en tan ameno lugar. Un lugar, por cierto, -el puticlub- al que parecen tenerle mucho cariño determinados políticos y sindicalistas de izquierdas y que resulta fascinante también para el cine español contemporáneo.

La segunda de las frases es totalmente absurda y está fuera de lugar en una campaña como esta. “No río tus bromas machistas”. No entendemos qué vinculación especial ven ellos entre el hecho de bromear y la explotación sexual. Las bromas, por sí mismas, en todos los ámbitos que uno se pueda imaginar, pueden ser agradables o pesadas, simpáticas o macabras, adecuadas al contexto o improcedentes; ingeniosas u odiosas. La cuestión depende muchas veces del contexto y de la calidad de las personas que las hacen. Pero tenemos muy clara una cosa: esta gente no es nadie para decirnos de qué nos podemos reír y de qué es pecado reírse. Resulta que en estos tiempos postmodernos ellos se pueden burlar de Dios, de la patria, de la familia y de nuestros muertos, porque todo eso es libertad de expresión. La transgresión y la sorna son ilimitadas en todo aquello que a ellos les pete. Continuamente nos adoctrinarán diciendo que es “sanísimo reírse de todo”; que en materia de humor no puede haber censura… Y ahora nos salen con que hay una cosa sagrada y sublime de la que nadie puede ni siquiera esbozar una sonrisa; en concreto, del concepto que ellos tienen de la mujer. De forma que el humor machista sería una especie de sacrilegio imperdonable. Sencillamente, es para mandarlos a un lugar que rima con “estropajo”.

La tercera frase, sencillamente, es una nimiedad casi tautológica: “No abuso”. Porque suponemos que se refiere a la primera acepción de “abuso” que consta en el diccionario de la RAE: “Hacer uso excesivo, injusto o indebido de algo o de alguien”. Evidentemente, si ese uso es “excesivo, injusto o indebido”, pues resulta reprobable en sí mismo, aunque suponemos que no es lo mismo abusar del capuchón de un boli, pongamos por caso, que hacerlo de un pobre huerfanito minusválido. O sea que el juicio moral que nos merece el abuso dependerá totalmente del tipo que sea. 

La última de las frases del cartel es, de nuevo, disparatada: “La prostitución es violencia de género”. Uno podrá decir que la prostitución es denigrante, que es inmoral, que es vejatoria, indigna, reprobable… Y estamos de acuerdo con todos esos calificativos. Pero lo único que no se puede decir, ni de la prostitución ni de ninguna otra cosa, es una mentira, en concreto, la de que constituye una forma de violencia, porque si hay violencia entonces ya no es prostitución, sino violación. De nuevo nos atenemos a la definición de la RAE, según la cual la violencia referida a las relaciones personales implica “el uso de la fuerza, física o moral”. Evidentemente, el embuste tiene su finalidad y, como suele ocurrir, esta finalidad es non sancta. El sentido de la frase abunda en la obsesión feminista de extender el ya turbio concepto de “violencia de género” fuera de sus supuestos límites conceptuales, de modo que el improperio se pueda aplicar a cualquier tipo de comportamiento más o menos inadecuado de un varón respecto a la mujer. O que a ella le parezca, en un momento dado, inapropiado, del piropo a una pequeña crítica, de la postura corporal a la simple miradita.

En definitiva, nos encontramos ante un subproducto típico de la muy parasitaria “industria de género”, que se lucra con nuestros impuestos difundiendo la idea antisocial de que las mujeres son, siempre y en toda ocasión, seres de luz, víctimas inocentes del sistema e irresponsables de sus actos; mientras que los varones son (salvo que se sometan a la disciplina auto-inculpatoria del dogma feminista) salvajes peligrosos entregados a sus instintos depredadores y constitutivamente culpables, a los que hay que tener embridados para que no se desmanden. Y luego dicen que no hay que “perpetuar los estereotipos de género”. ¿Quién lo hace mejor que ellos, ellas y elles? 




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