Semejantes

El otro día asistí con estupor a una imagen insólita. Se trataba de un canal de televisión de cuyo nombre no quiero acordarme que denunciaba -con el término racista– que mientras con otros grupos de refugiados -piénsese en sirios, africanos…- se ponían pegas a su acogida, los sectores conservadores no tenían reparo, incluso animaban a la población, a la acogida de refugiados ucranianos. Algo a todas luces, incoherente según ellos. A diferencia de mis conciudadanos, acallados por lo políticamente correcto, intentaré plasmar en las líneas que siguen lo que considero que todos pensamos, pero pocos se atreven a expresar. En mis líneas, como viene siendo habitual, priorizo la realidad (una y no múltiple) antes que la consideración para con los múltiples sentimientos existentes en nuestra sociedad relativista y acomplejada. Tratemos pues, de explicar las esenciales diferencias entre un grupo de refugiados y otro para evitar el peligro de cortocircuitar la mente de algún que otro individuo. 

Vayamos por partes, se suele acudir, por parte de ciertos sectores, al adjetivo mordaza “racista”, con el propósito de acallar mentes discordantes y para producir en sus receptores el silencio contrario a la libertad de expresión que sigue a la de pensamiento. El término racista según la RAE hace referencia a la “Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive”. Definido el término veamos si existe verdadera discriminación por motivos raciales, o incluso, si hay discriminación.

A mi parecer se soslaya, en esas críticas televisadas, al elemento capital sobre el que pivota la cuestión. La cultura es aquí el elemento diferenciador entre los dos grupos de refugiados, me explico. No es una cuestión de raza, desmontando inmediatamente el adjetivo mordaza comúnmente empleado como arma arrojadiza, sino más bien el tronco cultural común que compartimos. Con lo cual, más que racial, sería en todo caso una discriminación cultural. La cuestión de la cultura común -la europea- que defiendo como elemento diferenciador se complica enormemente al intentar desbrozarla. Para que los lectores se hagan una idea, aquí mismo, en España, hay dos posiciones encontradas respecto a si nosotros, los españoles, somos europeos o no. Por un lado, la visión europeísta, defendida por Pemán y, por otro lado, la no europeísta, defendida por Elías de Tejada.

Con esto, quiero dejar constancia de que el concepto de Europa y sus europeos es cuanto menos confuso y sujeto a discusión, máxime para nosotros los españoles, por eso de Dumas y su “Europa termina en los Pirineos”. Parece que, en todo caso, podríamos afirmar que compartimos un tronco cultural común con el resto de pueblos europeos, con la salvedad de que ese contenido cultural es tremendamente discutible, pues algunos lo circunscriben al ámbito religioso, al geográfico, al jurídico o al filosófico.

Habiendo plasmado el status quaestionis del concepto Europa de forma sucinta, vayamos al concepto de percepción. Cuando vemos en la televisión a esas madres, con esos niños, con ropa occidental y a excepción del rubio, casi con las mismas facciones que nosotros, nuestra mente actúa de forma empática y nos viene a la mente la frase: Son como nosotros. He aquí el Quid de la cuestión. En comparación con africanos y sirios, que en casi nada nos parecemos, con los ucranianos compartimos cultura judeocristiana y -algunos- creencias religiosas, semejanzas en las facciones que aumentan nuestra simpatía por ellos, ropajes y vestimentas de acuerdo con el código cultural no escrito europeo…etc.

Uno – que pase de curso con la nueva ley de educación- se preguntará que qué más da. Pues bien, que compartamos una cultura común facilita, de primeras, la integración. En efecto, habrá que salvar el escollo de la barrera lingüística pero la mayor parte del trabajo viene hecho. A mi parecer, y los hechos me dan la razón, viéndose la movilización de familias por acoger a refugiados ucranianos, la cultura -en sentido amplio- compartida entre pueblos, hace de motor en este altruismo espontáneo.

Un caso digno de analizar sería el de Polonia. País reacio a la acogida de refugiados no europeos, que incluso se ganó la apertura de varios expedientes por las élites europeas. Pues bien, es a día de hoy, el país que más refugiados ucranianos ha acogido. Ver el silencio de Bruselas (graba las caras Juan) me produce más placer que los vicios pecaminosos de sobra conocidos por todos. La actitud de Polonia creo que responde a lo que se defiende en estas líneas, una respuesta fraternal entre pueblos hermanos.

Otros datos que despiertan mi simpatía por los refugiados ucranianos se cifran en concretamente dos; Por un lado, que no hay un solo hombre en edad militar, y que si se le pregunta a la mayoría de los refugiados ucranianos le responderán a uno que están deseando volver a su Patria, desvaneciéndose así motivos interesados.

Frente a estos datos, tenemos al resto de refugiados, donde rara vez se verán mujeres y la mayoría son hombres en edad militar, que, en el caso de refugiados sirios, da que pensar en la valentía de los mismos para con su Patria. Poseen, además, una cultura muy distinta, una religión diferente y cuyas olas migratorias que les preceden -y su posterior refugio/acogimiento- no son una acción a repetir, tal y como se desprende de la experiencia acumulada en nuestro país. 

A pesar de las depravaciones y las múltiples imperfecciones de Europa, creo que asistimos a un fenómeno lógico entre hermanos, a vislumbrar lo que en otros tiempos significó la Cristiandad. 




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