Pese a no representar a todas, no cabe ignorar en las celebraciones del pasado 8-M, la presencia de notables grupos que mostraban un odio visceral en sus gritos y pancartas, e incluso increpaban a otras mujeres que no participaban en las manifestaciones. Aunque lo más sorprendente quizá fuera la edad muy juvenil de estas virulentas manifestantes; lo que ha servido para que muchos disculpasen sus excesos, como si se tratara de ingenuas expansiones estudiantiles.


Un error; pues significa desconocer una realidad que no cesa de enseñarnos la Historia. Porque cuando dentro de una sociedad se tolera la generación de un intenso e irracional odio contra personas o grupos, lo de menos al final es que naciera con causa más o menos justificada; pues todo odio irracional tiende a expandirse. Y si acaso esa sociedad llegase a caer políticamente en manos de unos desalmados profesionales del enfrentamiento, podrían potenciarlo y canalizarlo astutamente contra los «enemigos del pueblo» que mejor les convenga considerar así en cada momento.

Sembrar odio no sale gratis; siempre acaba reclamando una cosecha en la que nunca suelen faltar los herederos y herederas de Caín.