Semblanza de Manuel Machado

Manuel Machado

 

Miguel de Cervantes afirmaba que “para escribir hay que sentir…, la pluma es la lengua del alma”. El hermano mayor de los Machado es diáfano en este sentido, y a través de sus escritos nos revela su ser profundo y rico en matices. Nació en  la callejuela sevillana de San Pedro Mártir, en la que es posible que hayan visto la luz el mayor número de personajes con relevancia artística de nuestro país en términos relativos, pues en su corto recorrido también vinieron al mundo Alejandro Satwa, Rafael de León y Gonzalo Bilbao. Corría el año 1874 y meses después la familia mudaría su residencia a un caserón alquilado dentro del Palacio de las Dueñas, donde al poco nacería su hermano Antonio. Con nueve años marchó con el resto de la familia a Madrid, ciudad en la que desarrollaría la mayor parte de su vida y producción literaria, aunque con la veintena volvió a Sevilla para cursar Filosofía y Letras. En este bienio estudiantil conoció a su prima Eulalia Cáceres, que le grabaría una impronta indeleble en el alma a través de románticas rejas trianeras.

 

 

Realiza breves estancias en París y se asienta en Madrid, entrando en el mundillo literario efervescente y bohemio de aquellos tiempos junto a Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Valle Inclán, Oscar Wilde…. Manuel es un poeta que destila experiencias alegres y desencantadas, rescoldos de eternos encuentros y desencuentros amorosos en un torbellino de vivencias profundas que rezumaría gota a gota en el papel. En sus primeros poemarios, Caprichos y Alma, se vislumbra la intensa sensibilidad que irradiaría en sus esperadas colaboraciones en la prensa madrileña. Regresa fugazmente a Sevilla en 1910 para contraer matrimonio con Eulalia en la iglesia de San Juan de la Palma; la novia había cumplido su promesa, aguardando pacientemente la vuelta de su amado. Siempre llevaba en el alma su ciudad natal; así, en un Jueves Santo madrileño imaginó años más tarde: “son rojas las bocas sensuales y son rojos los claveles de Sevilla prendidos en los pechos…”.

Es de destacar, para acercarse a la realidad de sus sentimientos, la actitud receptiva a los ideales primigenios de la Revolución Rusa, declarándose aliado del pueblo. Escribió en El Liberal en 1917, al son de las revueltas prendidas en España: “…una revolución honda y formidable, contra la cual nada pueden hacer las habilidades de los políticos”. Los acontecimientos posteriores y su situación durante la guerra civil parecen empañar y revertir estos pensamientos, aunque es necesario tener en cuenta las circunstancias que le rodearon. Al estallar la contienda nacional se encontraba en Burgos, donde fue retenido e incluso encarcelado un breve tiempo, sin poder regresar a Madrid hasta años más tarde. La ideología conservadora de su esposa también influiría en su ideario y en la elaboración de un panegírico franquista que le marcó el resto de su vida. En esencia, era republicano, liberal y antidictatorial, corroborándolo sus artículos en publicaciones de talante abierto e incluso contestatario cuando pudo expresarse con libertad y sin ataduras de ningún tipo. Acompañó siempre que le fue posible a su hermano Antonio, al cual protegía y le abría las puertas de sus cenáculos y amistades.

Relucía externamente una mezcla de elegancia y de porte torero en el vestir, displicente sin ser descortés, audaz en la mirada, cálido en la voz, enamoradizo irredento, poeta inconmensurable y verdadero. Buen hombre, aunque él nunca lo manifestó y quizás no lo sintió, que es lo que delata a las grandes personas. Se mantuvo fiel a sus raíces andaluzas y de forma reiterada lo expresaba: “tengo el alma de nardo del árabe español”; “un poco de locura y un algo de poesía, una gota de vino de la melancolía… bebo, por no negar mi tierra de Sevilla, media docena de cañas de manzanilla”.

Un gran cantor de su tiempo y de siempre, profundo y veraz, que pide paso en la memoria para ocupar el lugar preferente que le corresponde y que nunca debió perder. Contaría al final, humilde y cercano: “¡…y antes que un tal poeta, mi deseo primero hubiera sido ser un buen banderillero!”.

 

Antonio y Manuel Machado.

 

Manuel Machado.




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