Santos inocentes

Sé que es fácil escribir apuntando al corazón cuando el corazón se convierte en presa fácil. Quizás no estemos tan deshumanizados, ni seamos tan témpanos, ni hayamos perdido la sensibilidad, ni nos hayamos acostumbrado a vivir con la barbarie como parecía gracias, sobre todo, a la polarización a la que nos estamos viendo abocados, o nos hemos abocado, gracias al uso manipulador de aquellos productos que consumimos para informarnos, llámese medios de comunicación, redes sociales y… políticos.

Como decía, sé que es muy sencillo acertar de pleno en un tema cuando ese tema ha dejado al descubierto el lado más sentimental, más humano, más frágil y en el que un noventa y nueve coma nueve por ciento de la sociedad —nunca se puede estar seguro al cien por cien— estamos todos de acuerdo: el maltrato infantil. Y donde digo maltrato pongan ustedes hasta las últimas consecuencias.

Ayer dos historias distintas y un mismo y terrible final: la de las niñas de Tenerife y la de la chica de diecisiete años de Martín de la Jara, en Sevilla. ¿Qué se le pasa a alguien por la cabeza para llegar a tal extremo? Quien suscribe, con ciertas nociones de psicología, es incapaz de abrir huecos en ese muro. ¿Qué lleva a un chico a asesinar, presuntamente, a su expareja? ¿Y a un progenitor? ¿Cómo puede un progenitor tener la sangre fría de llevarse a sus hijas y, presuntamente también, acabar con sus pequeñas vidas? Si usted es esposo, esposa, novio, novia, padre o madre, me entenderá; no podrá comprender cómo haría algo así a la persona que hoy ama. ¿Hoy? Sí, hoy. Mañana, quizás, usted se dé cuenta que hay otro amor y todos somos libres para cambiar de opinión y hasta de sentimientos hacia las personas, pero es injustificable, de cualquiera de las maneras, ser juez y verdugo sobre quien ya no te ama. Luego entraríamos en los conflictos de intereses, pero este tema es arduo de tratar. Y si usted es celoso (celosa, celose) busque ayuda, no justificaciones.

Nos quedan días donde veremos las imágenes de Olivia y Anna que serán verdaderas cuchilladas al alma, porque en ellas veremos a nuestros propios hijos y nos sentiremos dichosos y tristes a la vez, por la pérdidas de esas pequeñas y porque los nuestros, a Dios gracias, están junto a nosotros y los abrazaremos y besaremos durante esos mismos días como si lo hiciésemos con las dos sirenitas, como ya hicimos con nuestro particular pececito, Gabriel, asesinado en 2018 por Ana Julia Quezada. Pero también nos quedan días donde los carroñeros políticos, esas sanguijuelas, harán de la triste capa sayo para seguir vendiéndonos que ellos y sus ideas nos hacen falta. La semana pasada una ¿madre? mató a su hija de cuatro años en Sant Joan Despí (Barcelona), Yaiza se llamaba. De esta pequeña poco o muy poco o menos aún ha trascendido. ¿Lo entienden?

Reitero por tercera vez. Es fácil, muy fácil, escribir disparando al corazón descubierto de una sociedad a la que se la ha endurecido de forma mecánica y ajustada a ciertos intereses mediáticos. Una sociedad que no es tan armadura ni tan ogresa como la pintan y que es dolida y rabiosa cuando la realidad toma el pulso y le recuerda que hay tanto hijo de puta suelto y nada tiene que ver con la ideología, ni el sexo, sino con la sinrazón y con lo más íntimo y oculto del ser humano.

Esta mañana escuchaba en Twitter al periodista Ángel Martín Gómez una sentida y magnífica reflexión sobre lo de usar estas desgracias con otros fines —hablaba en especial dirigido a los medios de comunicación, aunque dejaba entrever los de otros aprovechadores—, se la recomiendo.

Hoy, de nuevo, hay futuros que ya nunca serán: Rocío, Olivia, Anna, Yaiza… Futuros que se han quedado en un doloroso presente y un nostálgico y encorajado pasado. Hoy nos faltan niños y sobran carroñeros que hagan de la sensibilidad social que provocan estas ausencias un festín en auxilio propio: esa hambre de hiena.

Retomo. No sé que se les pasa por la cabeza, como esposo y padre lo reflexiono, a esos que una vez amaron a los que terminaron ejecutando. No comprendo qué regusto, qué felicidad, qué victoria encontraron.

Mientras escribo esto, sentado en la mesa de una cafetería, contemplo a un pequeño subido a un banco que mira a lo alto, junto a su abuelo que lo sujeta, entusiasmado con las piruetas en el cielo de unos vencejos. Benditos sean los niños y su inocencia.

Tuit de Ángel Martín Gómez:

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