No puedo encontrar ningún asunto mejor para este y todos los artículos que pudiera escribir de aquí al veintiocho de abril que trasladar (a aquellos incautos que me lean) cuan catastrófico para España sería darle una mayoría a Pedro Sánchez aupado por el partido de Pablo Iglesias (“VUELVE EL HOMBRE”), por los separatistas catalanes y los peneuvistas.


El fin de semana pasado leía una entrevista a Rosa Díez en la que esta venía a decir poco más o menos que cualquier combinación era preferible para formar Gobierno tras dichas elecciones a una en que estuviera el PSOE de Sánchez, al que calificaba de psicópata. Yo no sé si su calificación psiquiátrica será la de psicópata pero sí creo poder asegurar que estamos ante un sujeto huérfano de moral, lo que lo hace extremadamente peligroso.

Rosa Díez no es nada sospechosa de encontrarse incluida dentro de ese término inventado por la Ministra del “éxito asegurado” (da un miedo atroz comprobar el nivel que ha podido llegar a alcanzar la Fiscalía de la Audiencia Nacional con elementos como la amiga especial de Baltasar Garzón), aquello de la “derecha trifálica”, por otros llamada el “trifachito” (palabro este último, inaudito amén de fonéticamente horroroso, acuñado por esta izquierda frente populista para la cual todo aquel que no aplaude con las orejas cualquier decisión de Sánchez o cualquier consigna del pensamiento políticamente correcto es un “enemigo del pueblo”), pero ya debe estar situada por los acólitos y limpiabotas del vanidoso, egocéntrico y vacuo Sánchez en un sitio intermedio entre Hitler, Mussolini y Franco y, por tanto, imposibilitada para que de su boca salga ningún argumento a tener en cuenta. Facha y más que facha.


Un individuo que lleva nueve meses utilizando el Boletín Oficial del Estado como si fuera un folleto de propaganda electoral del partido, que ha ninguneado y saltado con pértiga el Parlamento gobernando a base de Decretazos, sin que medien las circunstancias en que estos son justificables y legítima su utilización sistemática, y utilizado sin ningún tipo de pudor ni vergüenza los recursos públicos para su propia campaña de imagen y propaganda, es lo más parecido a un Dictador venezolano que se puede encontrar actualmente en Europa.

Si a eso le añadimos que le es absolutamente indiferente pactar, haciendo todo tipo de concesiones, con los que tienen en su proa destruir España y sus más altas Instituciones, el asunto da mucho miedo, y si, como van vaticinando una tras otra las distintas encuestas que van apareciendo, se confirmara esa renovación por cuatro años de ese frente popular redivivo comandado por Sánchez, podríamos asistir además de a una debacle económica de incalculables consecuencias, a una demolición del Estado democrático en que nos encontramos, que, con todas sus imperfecciones, es preferible en todo caso a la Venezuela de Maduro, para entregarlo en bandeja a podemitas y separatistas.

Con unos partidos enfrente totalmente desconcertados por la cara dura del personaje y que, ni poniéndose en lo peor, habían podido aventurar todas las tropelías que ha sido capaz de hacer este individuo para mantenerse en el sillón, la campaña electoral les ha pillado descolocados y con el pie cambiado, por mucho que ellos pidieran elecciones en la creencia de que Sánchez no las iba a convocar para agotar la legislatura. Eso, acompañado por la circunstancia de que la izquierda, tanto política como mediática, ha dibujado una caricatura de todo lo que no son ellos mismos, colocándolos en el extremo derecho de la política mundial y queriendo hacer ver a los votantes (y lográndolo, a lo que parece, en muchos casos) que votar a Rivera, Casado o Abascal es poco menos que votar a Franco, se plantea un panorama ciertamente preocupante, por no decir terrorífico, para nuestra Nación.

Y llego al colofón. Escribo esto el once de Marzo de 2019. Hoy se cumplen quince años de los atentados de Atocha que se produjeron tres días antes de las elecciones generales de 2004 en el que 193 personas fallecieron y más de dos mil fueron heridas. Aún no se ha hecho justicia con todas esas víctimas. Quedan apenas cuatro años para que se archive el asunto y, gracias a la ocultación, destrucción y falseamiento de pruebas y testimonios, no se conoce nada sobre quién organizó, planeó y financió esa masacre que alteró el resultado de aquellas elecciones (que debieran haberse suspendido) y propició la llegada del infame Zapatero al poder y, con él, el comienzo de una nueva era en España. Una era dirigida desde la izquierda más sectaria en que se han subvertido las Instituciones al servicio de una ideología, en que se ha negociado, cedido, pactado y lavado la imagen de los terroristas que sembraron el terror durante años en nuestro país, en que se crearon leyes netamente ideológicas y sectarias con una finalidad clara de ingeniería social encaminada a demonizar toda idea que fuera contra la ideología políticamente correcta dictada por la izquierda y resucitar las dos Españas en beneficio propio, en que se alentó y se dio alas a los separatistas vascos y, sobre todo, catalanes, con ese infausto e inconstitucional Estatuto que se les permitió redactar y votar y, en suma, se dio la vuelta, como un calcetín, a la sociedad española, relegando al ostracismo y el acomplejamiento a todo aquel que no se sumara a la corriente ideológica dominante.

De todo ello, sin olvidar la inacción y cobardía del PP de Rajoy, que mantuvo todo lo hecho por Zapatero pese a disponer de una mayoría absoluta, es consecuencia y continuación, agravada si cabe por su egocentrismo y ausencia total de moral ni principios, Sánchez.

En estos días, Villarejo, ese personaje siniestro, amenaza con tirar también de la manta del 11-M.

Sería un acto de justicia poética que el mismo acontecimiento trágico que motivara la subversión del resultado electoral de 2004 y diera comienzo a estos quince años de centrifugado ideológico de la sociedad, frustrara las aspiraciones de Sánchez  y, de paso, las de esta izquierda sectaria, ideologizada y enemiga de España.

Quién nos iba a decir que Villarejo podría salvarnos.