Sánchez, el mono desnudo

A mis hijos les he tenido que explicar en diversas ocasiones a lo largo de estos años que hay algunas cosas (muchas) que aprendemos sin apenas darnos cuenta, bien sea porque pertenecen al imaginario cultural que nos envuelve o porque van adosadas a nuestra manera de relacionarnos con el entorno hasta casi haberse grabado en nuestra biología.
No siempre tuve éxito, esto es cierto, pero al menos entendieron que hacerse la cama después de levantarse no era una vana obsesión maniática de sus padres por el orden, sino que también tuvo su origen. La moda de los edredones, que basta con extenderlos, facilita en parte esa tarea, pero quise hacerles comprender que en el sur su uso es más limitado durante el año y por ello utilizamos sábanas, mantas o colchas para proteger el lugar de reposo nocturno en el que pasaremos casi un tercio de nuestras vidas.
Para cuidar ese lugar de polvo, insectos o pequeñas amenazas (en los países nórdicos casi no existen ninguna de estas tres cosas) es por lo que resultaba aconsejable ‘arreglar’ ese íntimo reducto para el resto del día.
En África, por ejemplo, sigue siendo muy común introducir los calcetines en las botas o zapatos antes de acostarse para evitar sorpresas desagradables al despertar: convengamos que un escorpión o alguna clase de escolopendra o de ‘viuda negra’ en el calzado no es lo primero a lo que uno desee dar los buenos días.
Pero igual sucede con otros muchos asuntos más intangibles pero más trascendentales. Por ejemplo, tal vez hace milenios aprendimos (y hasta quizás incorporamos en nuestra genética básica de supervivencia) algunas ideas elementales sobre la justicia de los hombres. como que “el que la hace la paga”; o sobre la moral, como “no matarás” o “mentir no está bien”; y así un largo etcétera.
En alguna parte, en algún momento, estos tiempos acelerados que vivimos han empujado a extravagantes cambios y distorsiones de muchas pequeñas cosas que tal vez han cuestionado, cuando no arrasado, asuntos que a la postre resultan esenciales para sostener un marco moral de convivencia.
El uso ubicuo de la tecnología, la movilidad desaforada, la velocidad de los intercambios, los fenómenos migratorios constantes, la interrelación globalizada, la exigencia de derechos que no lo son de nadie…, todo eso ha contribuido a desdibujar -tal vez hasta a olvidar- pequeñas normas, a menudo no escritas en parte alguna, que daban solidez al mecanismo social que nos sostenía como individuos y como grupo, como si al aflojar esos tornillos el artefacto social acusase un exceso de vibraciones que abocara a su colapso y su fracaso.
Se supone (o han supuesto algunos) que cada vez que alguien aflojaba una de estas ‘tuercas’, los seres humanos conquistábamos alguna clase o parcela nueva de libertad. Y tal vez fuese sólo un espejismo, o sólo en parte, porque no hay ningún espacio reseñable de libertad en desprenderse de ciertas cotidianas ataduras que, de manera casi imperceptible o invisible, constituían tal vez las sujeciones culturales que nos han traído hasta nuestros días. La Civilización y la Cultura, por definición, son, de todos modos, represión, límites. De los instintos, de las pulsiones, del Mal, de las bajezas, de los excesos…
Así, por ejemplo, el “mentir no está bien” quedó incorporado en las tablas de Moisés, pero también figura en el resto de culturas, religiones y grupos de individuos de muy distintas latitudes sin relacionarse. Pero igual sucedió con otros muchos asuntos de tipo moral vinculados al sexo, al respeto interpersonal, a la bondad, a la compasión, a la justicia, al pudor, al uso de nuestra libertad, de la propiedad, etc.
Lo que quiero decir con todo esto, lo avalen o no Desmond Morris, Richard Dawkins, Marx o su ama de llaves, es que, si uno atiende con cierto detenimiento, que un compromisario alcance el poder al que le legitima el pueblo a través del flagrante, grave y continuado engaño, o sea, a través de la mentira, será lógico esperar un desenlace de fatales consecuencias.
Y en este tiempo y lugar de desajuste de tornillos en que la izquierda ha convertido su excéntrico ideario, preñado de ocurrencias que parecen producto de la improvisación aleatoria de una manada de monos locos (en especial en España), resultaba previsible que quien miente con el desparpajo de Sánchez terminaría por desatar unas atronadoras consecuencias.
Lo que no podíamos ni imaginar era que la consecuencia de sus alocadas mentiras, de su estafa como de preadolescente, iba a ser tan devastadora y que se llevaría tantas miles de vidas inocentes por delante, además de arrojarnos a esa charca inmunda que nos ha llevado al límite de plantearnos si cabe elegir por razón de edad quién vive y quién no.
Toda la falta de previsión, la irresponsabilidad, la inepcia, la egolatría, el engaño perpetuo, la teatralidad de su impostura y una completa falta de compasión y de empatía (ningún honor, ninguna dignidad, ningún respeto, ni en él ni en ninguno de sus ministrillos) nos ha conducido a una situación implacable que sólo merecería haberla  vivido él en carne propia como artífice principal y directo de una idiotez tan condensada.
Sólo un verdadero irresponsable, un “mono desnudo”, carente del intelecto y la emoción elemental del ser humano, podía caer tan bajo… y nosotros padecerlo.
He dicho.

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