Sánchez el intocable

Tú das por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión con uno de esos álbumes de estampitas que había en los años 60 sobre figuras y estrellas de la televisión, y viendo las de El Santo o el Súper Agente 86 te das cuenta de que Pedro Sánchez se viste siguiendo ese look. El traje impecable, entallado, que parece que te lo acaba de probar Martín Cartaya en el Cortefiel de la calle Imagen, con la solapa estrecha, la camisa ligeramente azulada como de cromo, la corbata fina y delgada, con el nudo breve, nada que ver con las corbatas de Luis Aguilé y José María Carrascal en tiempos más recientes.

Se ven las viejas postales de los astros televisivos, las que se compraban en el Pichardo de José Gestoso o en la pequeña papelería de la calle Regina, y ves que Eliot Ness iba en Los Intocables igual que ahora Sánchez en sus “episodios nacionales” de los sábados, que han dejado en calzones a los de don Benito Pérez Galdós.

Probablemente Sánchez haya llegado a creerse que tiene su propia serie de televisión, su telefilm semanal. Quizás por eso parezca ya el remedo en mala copia de Roger Moore, pero sin ser ni mucho menos un santo, ni servir al Imperio de Su Majestad, entregado como está a la causa bolivariana y totalitaria de Iglesias. Por cierto, que hay nombres en el Gobierno que son toda una paradoja, porque lo es que un rojo se apellide precisamente Iglesias y que el ministro de Sanidad que ha gestionado de pena una pandemia con cerca de treinta mil muertos, se llame Salvador. Es como lo del jardinero que tuvo una hija a la que puso Margarita.

Sánchez le ha cogido gusto a la pequeña pantalla, la que ahora le gustaría a su socio Iglesias que sólo fuera una como con Franco, sin cadenas privadas, aquella que irónicamente fue llamada “la mejor televisión de España”. Aunque Iglesias, con tal de concentrar poder autoritario, no hubiera querido ni el UHF.

A Sánchez le encanta su producción, sus entregas por capítulos, ser el protagonista rutilante que hasta en el corte de pelo a la navaja y con el cuello para darle la “renta”, parece uno de esos heroicos detectives privados en pro de la justicia. No me extrañaría que de tan metido en su papel lleve chaleco antibalas, levante cualquier día la ceja mejor que Simón Templar, y añore la voz en blanco y negro de Pilar Cañada, anunciando su presencia y llenando de expectación los benditos hogares de nuestro interminable confinamiento: “Señoras y señores, permanezcan atentos a la pantalla”.

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