San Fernando III rey de Sevilla

Hay un tipo de gente cada vez más abundante que podríamos clasificar como Pseudo-teólogos de tele basura que con una dosis creciente de ignorancia opinan de casi todo lo humano y de absolutamente todo lo divino. Su única formación es de televidentes de canales en horas dedicadas al marujeo masculino, femenino y mixto. Suelen formar manada y no aportan nada positivo, sólo se dedican a criticar y destruir lo que no comprenden o no son capaces de vivir. Se alimentan mutuamente de vaciedades y lugares comunes y no aceptan ningún tipo de razonamiento porque están imbuidos, para lo que les conviene, en la filosofía del pensamiento único.

Pues con unos de tales me he topado que por sorpresa han elaborado una crítica a San Fernando, Patrón de Sevilla y cuyos restos honramos en nuestra Catedral. Según estos entendidos en todas las materias, es una vergüenza que la Iglesia haya hecho Santo a un Rey que se dedicó a matar moros y algún que otro cristiano. Es difícil responder semejante majadería, sobre todo porque no escuchan, quizá oigan, pero al no entender, repiten la misma paupérrima argumentación. Por eso voy a aprovechar estas líneas para defender al Santo y dar la posibilidad de que leyendo dos o tres veces mis argumentos sean capaces de intuir su estulticia.

Los Santos no son de pasta flora ni de madera, son seres de carne y hueso. Esta es una condición indispensable para ser canonizado, ser persona humana. No nacen santos, se hacen (mejor dicho, son hechos), y a veces tras una vida poco ejemplar: el primer santo canonizado fue un ladrón y asesino que sólo en el patíbulo se arrepintió al compartir su destino con el mismo Jesucristo, San Dimas dice la tradición que se llamaba. Los santos tienen defectos, fallos, errores, su santidad estriba en que luchan contra ellos, no se conforman ni justifican su mal proceder. Puestos a poner un ejemplo de esto podemos mirar al primer Papa de la historia, San Pedro, pero nos valdría cualquiera. Por último, puede (y debe) ser santo todo el mundo, no es ésta una cualidad reservada a unos pocos. Todos y en cualquier edad y en cualquier profesión (honrada) y en cualquier condición de vida deben esforzarse por imitar a Jesucristo (eso es la santidad) y crecer en virtudes.

Por tanto, no es condición necesaria e indispensable para ser santo el no haber roto un plato (moralmente), o apartarse del mundo, ser sacristán o corremisas, ni hace falta hacer milagros en vida, ni fundar órdenes, ni escribir tratados de espiritualidad. Estas son cualidades o situaciones que corresponden a pocos entre el número ingente de habitantes del globo.

Sí puede ser santo un Rey. Lo tiene difícil porque debe tomar decisiones, ha de ser ejemplar, debe defender su reino buscando el progreso de sus súbditos, y está más sujeto a la tentación del halago y la vanidad, a la riqueza y la injusticia. No puede contentar a todos, como quizá sí pueda hacer un sencillo y bondadoso fraile (lo cual no le quita mérito a éste).

San Fernando (Peleas de Arriba, 1199 o 1201-Sevilla, 30 de mayo de 1252) fue rey de Castilla entre 1217 y 1252 y de León entre 1230 y 1252, unificó definitivamente durante su reinado las coronas castellana y leonesa. Durante su reinado fueron conquistados, en el marco de la Reconquista, el Reino de Jaén, el Reino de Córdoba, el Reino de Sevilla y la culminación de lo que fue el Reino de Badajoz (la Extremadura leonesa), iniciada por Alfonso IX, obligando con ello a retroceder a los reinos musulmanes. Éstos, al finalizar el reinado de Fernando III, únicamente poseían en la Andalucía el Reino de Niebla, Tejada y el Reino de Granada, este último como feudo castellano. Cuando Fernando accedió al trono, en 1217, su reino no rebasaba apenas 150 000 kilómetros cuadrados; en 1230, al heredar León, añade otros 100 000 kilómetros cuadrados y, a base de conquistas ininterrumpidas, logrará hacerse con 120 000 kilómetros cuadrados más. En 1671 fue canonizado por el Papa Clemente X.

Sí tuvo que tomar decisiones y arriesgadas. Su papel en la historia no es el de San Francisco de Asís que se fue a ver al sultán de Egipto al-Malik al-Kamil para convertirle. Cada uno tiene su misión y su carisma. Pero si San Fernando no hubiese asumido la reconquista hoy quizá Andalucía se parecería más a Argelia o Marruecos y Sevilla a Tanger o Rabat. Desde luego sería difícil contar con el desarrollo de la fe y todo lo que ello conlleva: libertad de expresión y culto, Semana Santa, El Rocío, etc. por no hablar del protagonismo de la mujer en la sociedad y el nivel cultural y social de la región.

Debemos estar muy agradecidos a San Fernando. Y más que juzgarle (que no nos corresponde) imitar sus virtudes. Hombre de fe y oración. Humilde, misericordioso y siempre preocupado por sus vasallos y no agravarles con tributos (“Más temo las maldiciones de una viejecita pobre de mí reino que a todos los moros del África”). Ejemplo de honestidad y pureza de costumbres. Muy devoto de la Virgen, llevaba siempre consigo una imagen de nuestra Señora, a la que entronizó en Sevilla y en múltiples lugares de Andalucía, a fin de que ésta fuera llamada tierra de María Santísima. Ojala todos, pero sobre todo los políticos, buscasen los ejemplos de grandes personajes que nos brinda la historia: eso es la verdadera y práctica memoria histórica.




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