Sabe cantar y sabe bailar, pero pueden perdérsela

Se ha contado infinidad de veces el agudo comentario de un crítico americano sobre el debut de Lola Flores en New York: “No sabe cantar, no sabe bailar; pero no se la pierdan”. Todo un ejemplo de síntesis periodística.

El arte en mayúsculas, como fue el caso de Lola Flores, está lleno de genios que han roto los esquemas. El éxito les aguardaba justo en las afueras de lo académico, en ese territorio independiente que es la personalidad más incomparable, porque el estilo propio es la gran escuela de los autodidactas. Pero esta época lo ha olvidado, lo ha olvidado más que nunca. Y está llena de clonaciones, de malas copias que jamás tendrán a su alcance el imperio del escalofrío, sólo capaces del perfecto dominio de lo estudiado. Si se imaginaran que la mayor emoción puede causarla un enigmático conjunto de imperfecciones… Sin ir más lejos, en España muchas veces ha sido acusado de no tener voz precisamente quien más discos ha vendido en todo el mundo: Julio Iglesias. Pero uno solo de sus característicos fraseos, una sola de sus sílabas arrastradas o un simple hey! bastó para cautivar a millones de personas en el planeta.

Llevo toda la vida viendo como lo ortodoxo se queda entre las cuatro paredes de una clase, sin salir del cuarto donde una maestra al piano imparte clases de canto, o de allí donde un profesor de baile adoctrina en pasos flamencos. Y la técnica está muy bien, pero tras ella ha de sentirse el viento del espíritu, el huracán que nos arrebata el alma para entregársela al público. Los artistas se visten en los camerinos, pero sólo los mejores vuelven a ellos completamente desnudos.

Todo está lleno hoy de aspirantes a la fama, de parrillas televisivas plagadas de concursos, extendido el objetivo de descubrir el talento y perseguir el triunfo. Se buscan nuevas estrellas y en todos los países. Pero se ve a diario que es sólo la época de cantantes tan prodigiosos como corrientes. Es asombrosa la cantidad de gente nueva que canta muy bien, pero que jamás pasará de ofrecer la posibilidad de amenizar una agradable velada entre amigos o familiares. Acabarán en el chiste aquel del único disco vendido que compró su madre.

Cientos de nuevos famosos tampoco se libran en la actualidad de parecerse los unos a los otros, incapacitados de un auténtico sello inconfundible. Todos han aprendido lo mismo. La originalidad es hoy un fósil, una pieza histórica de la que el mundo disfrutó hace ya muchos años, cuando cada cual fue cada cual. Pero todo ha cambiado. Ahora hay hasta una que sabe cantar y sabe bailar, pero pueden perdérsela.




 

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