Boca Prestada

Los tiempos cambian que es una barbaridad, pero los que peinamos canas o arañamos cuero cabelludo con los dientes del peine sabemos cuáles son los orígenes de las cosas. Como cada año por estas fechas se lleva a cabo la llamada Operación Salida, o el éxodo vacacional como llaman algunos rancios al hecho trashumante de las vacaciones. Las carreteras se llenan de coches en sentido al mar, porque, para qué vamos a engañarnos, nadie veranea en la montaña donde no se pueden enseñar los pies descalzos en las fotos de redes sociales. Coches atestados de bártulos y niños, que a veces son lo mismo; la señora y la madre que parió a la señora copando los asientos del vehículo y dejando apenas sitio al perro. A la mascota, digo, porque el ínclito conductor ocupa su plaza con resignación y paciencia. Sobre todo porque muchos de ellos saben que en cuestión de unas horas iniciarán el camino de vuelta -de vacío- y con una sonrisa de oreja a oreja. Es la llamada Operación “Salido”. Atrás quedó la familia en el confort de la playa atestada por la multitud ‘asobacada’ por el calor y esas moscas confundidas con pepitas de sandía sobre la piel sudorosa. El héroe vuelve al piso, vacío y silencioso cual panteón familiar. Aire acondicionado y sofá en rigurosa exclusiva para largas siestas de baba y calzoncillo. Veranear en solitario en la ciudad abandonada, con el pretexto de las obligaciones laborales, es un placer al alcance de muy pocos y no solo por la tasa de paro; es que hay que ser muy distinguido para gozar de tamaño paraíso: Sevilla sin sevillanos, al machadiano modo. El buen rodríguez mantiene normas que son reglas no escritas: usar el retrete con la puerta abierta o apilar platos usados hasta que el fregadero contenga todo el ajuar familiar debidamente coloreado por los restos de comida entre otras. Suele ser el rodríguez de la tribu de los pies negros de tanto andar por la casa descalzo, porque en estos días de reencuentro personal con la soltería hay que transgredirlo todo. La flatulencia a modo de cornetín en solo de Nerva, el eructo de grado 6 en la escala Richter de costumbres norteafricanas o el disfrute en solitario de alguna película de esas en las que a los 10 minutos se ha desvelado la trama y ya sabe uno que el asesino es el mayordomo negro del garrote escondido bajo el pantalón… Pequeños placeres solitarios que no eclipsan al garbeo acompañado por otros congéneres -con más peligro que una muleta con ruedas- a los lugares de moda y copas donde acechar a la camarera, (la niña de las curvas que suele tener más tiros pegados que una película de Tarantino) terminando la descubierta habitualmente en ridículo mayor. Todo la anterior previa llamada a la familia para conocer el parte diario de cubito, pala, anginas y etcéteras, respondido con una queja lastimera del rodríguez acerca del calor y la triste soledad. La situación se pone peliaguda cuando tras semanas de resistencia, las pelusas salen a recibir al ínclito solitario, la sábana de abajo parece una síndone con nuestra efigie reflejada en ella, los víveres escasean y la marginada barra de turrón-praliné de coco empieza a brillar como socorrida ración de supervivencia. La ropa interior adquiere la consistencia de un capote torero por su repetido uso y hay que rebuscar entre la montonera textil alguna camisa poco aromada por el sudor. Otra de las ventajas es que durante el rodrigueo nadie muere de un infarto por exceso de trabajo en verano y menos aún entre los esforzados de la función pública. Lo curioso del caso es que de unos años acá, la igualdad de género se ha impuesto y a todo lo leído anteriormente aplíque el lector un toque femenino de ropa limpia, orden habitacional y macetas regadas. Para lo demás, déjenlo igual.

Publicado en el extinto XYZ.