Es  arriesgado esto de escribir siempre con carácter de provisionalidad, sin saber si la noticia que esperamos saltará dentro de unas horas o unos minutos, y dejará fuera de juego tus palabras: uno de los rasgos del buen periodismo, sea de información o de opinión, es su actualidad; pero no están los tiempos para ensayos… Ya volveremos a ellos cuando a los catalanes, y a los españoles en general, se nos conceda una tregua en este confuso panorama.

Cuando pongo mano a la pluma, el paisaje aparece, más o menos, de la siguiente forma: Puigdemont está emplazado a responder al gobierno de España si ha proclamado o no la separación de Cataluña, en ese intencionadamente embarullado asumo, pero pido que aún no se aplique; la rabieta de las bases de la CUP y de su propia coalición se ha producido al mismo tiempo que los diputados autonómicos de ambas formaciones sellaban un documento político (se entiende que no institucional) declarando sin ambages la secesión; PSOE y Ciudadanos apoyan a Rajoy en los preliminares de la aplicación del artículo 155, a cambio de que, en el plazo de seis meses, se emprendan los trabajos para una reforma constitucional…


 ¿Me olvido de algo? Sí, de una sociedad catalana fragmentada y escindida en dos bandos de momento irreconciliables; una calma tensa, que se puede cortar con un cuchillo, se respira en este momento en que preparo estas líneas, y, sea cual sea el desenlace, una de las dos quedará frustrada por mucho tiempo. Y el resto de la sociedad española, ya despertada de su sopor de muchos años, aguarda con igual expectación, sino el desenlace, por lo menos saber a qué atenerse.

Y en este saber a qué atenerse entran cosas tan serias como la confianza o el rechazo de unos políticos, de un gobierno y casi de un Régimen entero. Y cosas tan graves como la supervivencia de España o su fractura, causada por las insidias, por inutilidades…o por complicidades. De fondo, las repercusiones de este largo culebrón en las economías productiva y financiera.

Las masas están prestas a tomar de nuevo las calles, pacíficamente o no, sumergidas en un clima de violencia moral a la que nunca nos acabaremos de acostumbrar los catalanes no nacionalistas. Las instituciones sopesan -me imagino que es así- este estado de ánimo colectivo, y sus representantes -esto con toda seguridad- están moviendo las piezas en el borroso tablero de ajedrez en que se ha convertido la política española.

Apunta un nunca seguro frente constitucional (prefiero no llamarlo nacional) y, ante él, un nítido semeje de un nuevo frente popular, en su sentido histórico, con alianza contra natura de populismos de extrema izquierda y de separatismos de toda laya y región, a los que hacen tímido coro otros populismos y de separatismos europeos, copartícipes en la ceremonia de la dispersión y de la desunión, tanto de España como de Europa. Las recientes palabras de Jean Claude Juncker, con su no me gusta, expresan tímidamente esta desazón en todo el marco de la Unión Europea.

De algún modo, toda Europa contiene también la respiración por el caso español; la caja de Pandora de los identitarismos e irredentismos está entreabierta, y está sobre el tablero mucho más que un nuevo pronunciamiento de los separatistas catalanes, similar a los de Macià y de Companys en el pasado.

Ante esta situación, no caben medias tintas, ni enjuagues ni supuestas ingenuidades; mucho menos, las vestiduras y banderas blancas, el sí, pero…o el ansia de diálogos a calzón quitado. Debe asegurarse la unidad de España sin más dilaciones, que es tanto como apuntalar la unidad de Europa. Y, para ello, deben ponerse en juego todos los medios coercitivos y curativos de un Estado moderno, ya que no se han sabido o querido aplicar en su momento los preventivos.

Han de aplicarse las medidas que proporcionen una pronta salida al rompecabezas, siempre con la convicción de que se tratará de un remedio terapéutico a corto plazo, porque la solución solo vendrá dada, paulatina pero firmemente, con la construcción de una política que priorice los conceptos de integridad, de indivisibilidad y de unidad, sin titubeos, de la comunidad histórica llamada España y de esa otra comunidad esperanzadora llamada Europa.