Resurrectio

 

Es posible que de todos los artículos de la fe que se confiesan en el Credo, sea el de la Resurrección el que nos deja más perplejos, porque interiorizar su enunciado (“Creo en la resurrección de la carne” en el Credo apostólico, el corto, o “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” en el niceno constatinopolitano, el largo) nos lleva a trascender la evidencia de la corrupción, algo que estamos muy lejos de alcanzar a comprender.

Me imagino a los primeros cristianos, rechazados por la cultura imperante en Roma, donde el cuerpo era un lugar de deleites, según los epicúreos, o enfrentados a los platónicos, para quienes el cuerpo era la tumba del alma, que quedaba liberada de su celda en el momento de la muerte. Hasta San Pablo se las tuvo que ver canutas en el Areópago de Atenas, cuando exasperaba a los filósofos griegos al predicar la reconciliación última entre el cuerpo y el alma.

No obstante, los cultos naturistas del antiguo Oriente ya asignaban un lugar importante al mito del Dios muerto y resucitado, la del resurgir primaveral de la vida después de su sopor invernal: Osiris en Egipto, Tammuz en Mesopotamia, y Baal en Canaán, eran dioses de este género, pero el pueblo judío, a través de la Revelación, dio un paso adelante y mostró al mundo que Yaveh puede vivificar a los muertos mismos, sacándolos del seol al que habían descendido, y más adelante es el propio Jesús el que afirma “No soy un Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22,32)

Para el hombre y la mujer de hoy, la mera posibilidad de una resurrección plena de alma y cuerpo, constituye un desafío a las leyes físicas que su mentalidad racionalista no está dispuesta ni siquiera a considerar, y resulta que, curiosamente, la reencarnación cuenta con más adeptos. Entre los propios cristianos, en las pocas ocasiones en que se saca el tema, es una cuestión espinosa el comentar que la inmortalidad del alma va acompañada de la resurrección de la carne.

Una lectura detenida de los profetas nos muestra cómo ya afirmaban en sus escritos que unos resucitarán para la vida eterna, y otros para el oprobio (Daniel 12,2), que resucitará Dios a su pueblo como se vuelven a la vida osamentas ya áridas (Ezequiel 37, 1-14) y que devolverá la vida a los muertos haciendo que se levanten sus cadáveres (Isaías 26,19), afirmaciones que debemos tomarnos en serio los cristianos por ser Palabra de Dios.

El propio Jesús manifiesta el poder de resucitar a varios difuntos por los que habían venido a suplicarle: la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím y su amigo Lázaro, resurrecciones que recuerdan los milagros proféticos y que son ya el anuncio velado de la suya, que será de un orden muy diferente.

San Pablo llama a esta nueva forma de existencia “cuerpo glorioso” o “espiritual”, y en la primera carta a los Corintios utiliza la imagen de la semilla que muere para abrirse a una nueva vida: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo físico y resucita un cuerpo espiritual.

Ciertamente, en justicia no puede haber una recompensa a los padecimientos de esta vida que no incluya nuestra pobre carne mortal, pues ella es la que ha sufrido los mayores males y las mayores bofetadas del dolor, que cual oruga que se arrastra merece verse convertida en grácil mariposa.

¿Cómo será ese nuevo cuerpo? De pequeño, recuerdo haberle preguntado a mi madre cuando tuve uso de razón con qué edad resucitaríamos, a lo cual, tras pensarlo por unos momentos, me respondió que probablemente con treinta y tres años, la misma edad con la que murió Cristo, contestación que he asumido como verdadera a falta de otra más convincente.

Sevilla, desde hace pocas décadas, tiene como cofradía que cierra la Semana Santa, la del Resucitado de Santa Marina, broche de lujo de la Semana Santa con el que se inicia la Pascua, paso de la muerte a la vida, jubilosa y agradecida por ese gran regalo hecho a toda la Humanidad hace algo más de dos mil años: saber que la muerte está vencida. ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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