Réquiem y gorigori del orfeón de Obama

Hay una condescendencia algo irritante en las palabras de Barack Hussein Obama cuando se refiere no a Donald Trump, sino al propio mecanismo electivo de las democracias: “Deberíamos poder estar de acuerdo en que después de unas elecciones se cuentan los votos y en quién ha ganado y quién ha perdido”, dijo, y a continuación trató de cargar la cuestión sobre los hombros de la maltratada libertad de expresión: “Como periodista -le dice al director de Lo_País-, verá que no se trata de un fenómeno exclusivamente estadounidense, sino que es global, sobre todo por influencia de las redes sociales. Debemos encontrar un equilibrio, aprovechar lo bueno que tienen las redes sociales y reducir sus efectos adversos. Hacerlo en democracias liberales es más difícil porque defendemos la libertad de expresión. Uno de los mayores retos de nuestras democracias pasa por volver a los tiempos en que los hechos eran los mismos para todos”. Y sus palabras me rebotan aún en la cabeza…

De acuerdo en los retos que plantea la libertad de expresión y en las dificultades de las democracias liberales, pero “Volver-a-los-tiempos-en-que-los-hechos-eran-los-mismos-para-todos”, según dijo, aún me hace preguntarme a qué tiempos pretendía referirse, porque no creo que el ex presidente tuviese en su cabeza el parte de Radio Nacional de España ni la Era Medieval.

Sí, estaría bien, en algún sentido, que la plebe (o la Humanidad, no sé en qué términos prefiere manejarlo el doctor Obama), estuviese de acuerdo en la unicidad de los hechos, pero eso requiere una metodología o varias diferentes que nos permitan llegar a establecerla como tal y, aun así, se permita el debate y la discrepancia razonada.

Lo que no parece muy prudente es que la verdad se establezca unívoca y unilateralmente de arriba hacia abajo y por acatamiento, desde la punta de la pirámide que él ocupó en su día, o desde lo alto de la mastaba que ocupa Xi Jinping, que me parece que es hacia donde vamos.

No exagero, porque atiendan a la siguiente reflexión algo engañosa, o al menos discutible, que introdujo “el locutor del parte” con su voz aterciopelada: “Hay una multitud de medios de comunicación que impiden que muchos votantes republicanos escuchen algo que pueda contradecir a Donald Trump. Para ellos hay una realidad paralela, hechos alternativos como los que supuestamente estamos viviendo ahora, en que Donald Trump aún no ha perdido las elecciones porque ha habido fraude y se han emitido votos ilegales, y todo pese a la ausencia de pruebas”.

Es decir, según su visión del asunto, serían muchos medios de comunicación los que impiden a los ciudadanos escuchar y establecer la verdad revelada desde el púlpito de Biden, o de la CNN, o de la NBC… O el de Hillary, da igual.

Pero es que a quienes contradicen los escasos medios de comunicación a los que se refería el marido de “la primera dama más elegante de la Historia” (que es otra de las verdades establecidas por la voz de los dioses) no es a Trump y a sus votantes, sino a los potentes altavoces del globalismo que lo inundan todo de ruido. O de silencio, según les venga en gana.

Y ya, de paso, Obama quiso usurparle la función que corresponde a los jueces de evaluar si hay o no pruebas suficientes para enjuiciar si hubo fraude en las elecciones. “Sin embargo, la historia continúa”, añadía Obama, y con ello pretendía saltarse como un atleta olímpico los procedimientos judiciales abiertos en mitad del tiempo para reclamar los resultados ante una turbamulta de indicios, de comisionistas y de carretillas cargadas de papeletas que entraban en la madrugada en los colegios electorales y se escondían detrás de las mamparas…, con Dominion y Smartmatic, el recontador de votos de Hugo Chávez, tras la cortina y con un puñado de ex directivos del Departamento de Seguridad Nacional contratados con sueldos millonarios para asesorar a las compañías privadas y abrir las puertas de los descansillos en las escaleras.

No, no parece tampoco muy recta su condescendencia con los hechos ni con los procedimientos cuando explicó: “No me esperaba que Trump saliera elegido, pero sí que, de ser elegido, lo sería sólo por un mandato. En eso sí que acerté”, y con semejante portazo al soslayo quedaba establecida la verdad y unicidad de los hechos salida de sus labios imperiales, que no evocaba la verdad sobre el pasado, sino a lo que vamos y nos interesa, que es el pan caliente de ahora mismo. He cantado bingo, señores, el premio es mío y aquí no se revisan los cartones ni se discute más.

No sé yo, pero me parece que la política de hechos consumados y la condescendencia y las prisas para establecer la única verdad, contienen en sí mismas un temor, un acojone y una inquietud. O un réquiem y un gorigori. Ya veremos si el finado son los hechos o la Democracia. Está por ver.

He dicho.




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