Reptiles en la ciudad

Es curioso comparar la actitud  de los empleados de la banca con la de los empleados de un gran almacén.

Claro que ambas instituciones, antropológicamente hablando, son contrapuestas. El gran almacén se esfuerza en atraer clientes apelando a lo más noble del alma humana; o si no “noble”, al menos, lo simpático, lo sano, lo agradable. Cuidemos de los niños. Siéntete guapa. Descansa en un buen colchón. Celebremos la Navidad. No olvides el regalo de Pepita. Acuérdate del santo de Pilar. “Es que lo hacen para ganar dinero”, dicen las lumbreras. Pues bendito sea ganar dinero fomentando, y sin forzar (a nadie se le obliga a comprar en un gran almacén), tan inocentes deseos. 

El banco es distinto. Un ciudadano tiene la obligación de tener una cuenta, y sólo desde allí pagar impuestos y percibir el salario. El primer sueldo de un joven ya empieza siendo secuestrado. A partir de ahí, el banco impone sus comisiones, tasa, condiciones. Largas colas, cobros indebidos, abusos de todo tipo. En la vida uno puede sufrir hurtos, robos, apropiaciones indebidas, impago de cosas que se le deben, injusticias mil… pero ninguna como la del banco, pues éste ya tiene el dinero; la apropiación ya está hecha desde el principio. Y no hay escapatoria. Cambiar de banco es la única posibilidad (siendo algo ilusorio pensar que las cosas mejorarán mucho), pero no prescindir de él.

Y, ¿qué hacen los bancos para atraer clientes (para atraerlo a uno u otro, ya que la obligación primera de tener una cuenta es ineludible)? Pues, al contrario que el gran almacén, apelar a lo más bajo de la naturaleza humana, a sus instintos más ruines.

“Si te alías con nosotros, te quitamos las comisiones”. Pero si las comisiones son injustas, ¿por qué no quitarlas para todo el mundo? Porque hay un placer maligno en que los demás sigan sufriendo injusticias, pero no yo; en que los demás se fastidien, pero yo no. En que los demás hagan largas colas a pie (bancos faraónicos, enormes, dueños de palacios y torres y museos, y de la luna tal vez, esos bancos se complacen en maltratar al público,  una sola ventanilla, una sola hora de caja), pero yo no – a mí “me atienden en mesa”. Como dijo alguien: “Me gusta ver ganar a mi equipo en el último minuto y por penalti injusto”. Es decir, el verdadero placer es que se fastidie el otro. 

Y todavía, en deporte esto resulta menos grave, pues se supone que es un desahogo de emociones que tampoco hace tanto daño. En otros campos es peor. Un estudio demostró que el ciudadano medio experimenta una satisfacción mayor si le suben el sueldo un diez por ciento a él solo que si se lo suben un veinte por ciento a toda la plantilla. Tal vez psicológicamente es explicable, pero no me digan que no toca una fibra de la naturaleza humana más fea que la que se toca al decir: “No olvides felicitar a Josefina”.

El banco apela a lo ruin, a lo oscuro. Sé uno de nosotros. Aprovéchate tú de los demás. Los infelices, muchos de ellos ancianos, seguirán haciendo sus colas inmisericordes, pero a ti te daremos “trato preferencial”.

Así pues, mientras los empleados de grandes almacenes (y en general, de tiendas, hoteles, restaurantes) manifiestan la obvia actitud de tratar bien al cliente, muchos empleados de los grandes bancos tratan a éstos con un desprecio rayano en el sadismo.

Alguien observó que a los dirigentes de la época comunista, tras tantos años de oprimir al pueblo acababa poniéndoseles cara de reptiles. Cruel observación. Pero un cierto destello de eso hay, sobre las corbatas y los maquillajes, en los ojuelos maliciosos que desde sus mesas vacías fingen no ver la larga fila de hombres y mujeres de pie, y sin embargo es esa fila la que les llena de una oscura complacencia.

¡Cuántas veces al salir de un banco se experimenta un alivio como de volver a ver la luz! Pasa la gente. Se ve un café, un carrito, una tienda. Siguen existiendo cosas más o menos sanas e inocentes…



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