Reflexiones veraniegas II. Privilegios reservados.

Tengo cuatro hijos. Dos de ellos me hacen merecedor del indeseado distintivo, a portar en el salpicadero de mi vehículo, que me permite el pequeño privilegio de disponer de alguna que otra plaza reservada a vehículos que transportan personas «de movilidad reducida». Estas plazas son cada vez menos en lugar de más (y ello a pesar del elevado número de personas que las necesitan) pues algunas, cada vez más en grandes ciudades europeas, son ocupadas por plazas para el repostaje de vehículos eléctricos y otras moderneces.

Es un minúsculo privilegio o ventaja a cambio de la cantidad inmensa de restricciones que estas personas sufren para acceder a playas, para subir o bajar aceras, etc.

Lo sufro continuamente en mis carnes. Ya quisieran las personas discapacitadas gozar de la tan pregonada igualdad que se solicita para cualquier colectivo minoritario o no tanto, siendo el de los discapacitados un colectivo enorme.

Con motivo del verano he recorrido durante algunos días el Perigord y la Aquitania francesa y me sorprendió agradablemente, qué lástima que haya de ser así, que las plazas reservadas a discapacitados estaban siempre libres o bien ocupadas por un vehículo con el distintivo correcto. No tardé en percatarme que, en todas ellas, figuraba, bajo la señal que indicaba su condición de reservadas, una frase:
«SI TOMAS MI PLAZA, TOMA MI DISCAPACIDAD». En francés, claro.

Claro está que nadie, muy inhumano debería ser, tras leer esta frase, fuera capaz de aparcar ocupando una de esas plazas y privando a alguien que de verdad la necesitara de su mísera ventaja…

Tanto me gustó la frase que, el resto de mis vacaciones, que suelo pasar en la playa, he ido dejándola escrita por mí en cualquier trozo de papel en los parabrisas delanteros de todo coche que he visto ocupando una plaza reservada a discapacitado sin el correspondiente distintivo, alguno de los cuales me ha obligado a dar un sinfín de vueltas con el coche hasta lograr aparcarlo a una considerable distancia de la entrada a una playa con el consiguiente esfuerzo suplementario para llegar a ella.

Espero que mi misiva haya surtido el efecto deseado en los conductores de esos vehículos, el que surte en los conductores franceses.

En fin, para ser sincero y fruto del cabreo que me produce cada vez que encuentro un vehículo indebidamente estacionado en una plaza que yo podría utilizar, diré que mi trocito de papel sujeto con el limpiaparabrisas reza indefectiblemente así:

«Si tomas mi plaza, toma mi discapacidad. Aparcar en una plaza reservada a discapacitado es una muestra de inhumanidad, falta de respeto y mala educación».

Estoy pensando seriamente en escribirla en mi ordenador e imprimirla por cientos para llevarlas en el coche siempre.

Y me quedo corto…




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