Reflexiones filológicas sobre el feminismo radical

La ministra Yolanda Díaz justifica su falta de creencia en la Patria española aduciendo la existencia fantasmal de una Matria, mucho más cálida y protectora que aquella. Está claro que ni siquiera dicha señora cree necesario plantearse en serio el problema metafísico de si España es o debe ser más bien una “patria” o una matria. En realidad, todo es más sencillo; y su actitud obedece a la táctica, a nuestro juicio un tanto burda, promovida por las feministas actuales, de denostar todos los términos coloreados de resabios “patriarcales”, por discutibles que estos sean, y tratar de sustituirlos por sucedáneos “feministas”, que serían, por definición, mucho más justos y equitativos. O, al menos, eso dicen ellas. 

Sin embargo, los resultados de estos experimentos lingüísticos son, más que pobres, grotescos. Y así, por ejemplo, el término “fraternidad”, a pesar de las sugerentes connotaciones humanitarias y acogedoras que aún mantiene en nuestro idioma, ha sido despreciado por machirulo, y sustituido por el sectario y excluyente concepto de “sororidad”. En eso consiste el juego. Se trata, como sabemos, de inducir el odio partiendo de premisas aparentemente bienintencionadas y hasta angelicales. Algo que la izquierda lleva practicando con maestría desde hace más de dos siglos. 

El caso de la “patria” es sorprendente, pues pese a su lexema derivado de pater, “padre” en latín, el término resulta ser inequívocamente femenino. Y es femenino porque la palabra deriva de una expresión elíptica: (Terra) patria, es decir, “la tierra paterna”, la “tierra de nuestros padres”, como se aprecia perfectamente en el calco alemán Vaterland. Con independencia de que, en español, “los padres” sean siempre “los padres y las madres”, da la casualidad de que tanto “tierra” como “land” son vocablos de género femenino. 

Y también lo es el nombre propio Hispania (como Italia, Galia o Germania…) Quiere ello decir que las representaciones personificadas que se han hecho de nuestro país en forma gráfica o literaria son unánimemente femeninas, desde las monedas romanas que simbolizaban a la antigua provincia, hasta las alegorías más recientes que describen a la Madre Patria, la Mater Dolorosa o triunfante, o incluso la infame madrastra denostada por los afrancesados. La personificación de España resulta ser la de una mujer. No hace falta recordar aquí a las “Marianas”, esas otras patrias progresistas, que son siempre, en nuestra tradición, femeninas. ¿Querrá ello decir algo? Pero, por lo que parece, esta gente sigue viendo “mucho machismo” ahí.

Se podrá debatir sobre si los rasgos de esa patria convencionalmente representada como una opulenta señora son más maternales o más eróticos, pero el hecho es que resultan ser inequívocamente femeninos. Se podrá discutir hasta qué punto esas imágenes sugieren estereotipos indeseables (otro caballo de batalla feminista), pues a menudo dicha mujer aparece con generosos pechos al aire, que lo mismo nos sugieren una nutricia lactancia maternal que una insinuante odalisca sensual, cuando no ambas cosas a la vez. Todavía sería posible vincular esa patria hispana así representada con las actuales activistas de las famosas Femen, que pretenden convertir sus pechos en armas con las que dejan paralizados a sus “víctimas”. Es verdad que la panoplia de las Femen funciona con eficacia espectacular en el desacralizado Occidente, que aún ve como algo sagrado los pechos de una dama, especialmente si la misma está cabreada y los exhibe furibunda. Pero dudo de su eficacia en Argel o en Damasco.

Entonces, si España, en cuanto patria, se simboliza con un inequívoco imaginario de fémina bien construida, incluso de mujer empoderada, ¿a qué viene lo de la Matria si no es a un díscolo afán pendenciero? Sabemos a ciencia cierta que el asunto de “la patria” no es el que le interesa a la Ministra, pero, ¿no podrían inventarse otra excusa contra ella?

Hasta qué punto es convencional el idioma se comprueba cuando reflexionamos sobre el hecho de que los términos más usuales y más populares para designar el órgano sexual masculino son, en español, femeninos, y viceversa. No hay contradicción ni paradoja ni se trata de razonamientos soeces: los argumentos de “chichinabo”, por más que lo repitan “gilipollas” de todos los géneros, acaban siendo un “coñazo” sea quien sea el que los esgrima. La convencionalidad del signo lingüístico descrita por Ferdinand de Saussure y estudiada hoy incluso en el bachillerato es un hecho científico que parece no calar en la mollera de algunas de estas “pensadoras”. 

Ocurre algo parecido con el neologismo “monomarental”, acuñado por estas feministas ayunas de conocimientos filológicos. Al parecer, el término “monoparental”, que designa a las cada vez más frecuentes “familias” actuales gobernadas por un solo cónyuge, les sabe a poco a estas ideólogas, como si tuviera un tufo machista. Como es sabido, el término es un compuesto de “mono” (único) y “parental”, adjetivo derivado del vocablo latino parens, que designa tanto al padre como a la madre. De modo que el término “monoparental” se traduce como “relativa o perteneciente a familias con un solo progenitor”. (De la misma raíz parens deriva también, por cierto, la palabra castellana “pariente”). Pues bien, como a las feministas esto de parens le suena a pater (cosa absurda, ya que no tienen nada que ver) se han inventado lo de “marental”, término que parece evocar mater, pero que igualmente es un puro disparate y que más bien nos trae a la mente la expresión castiza “la mare que las parió”. 

En definitiva, la inconsistencia de estos palabros artificiales que adornan el discurso de las feministas radicales demuestra la increíble falta de solidez de sus posiciones ideológicas. Logomaquias a base de flatus vocis con las que construyen un conflicto irreal y, por tanto, irresoluble. Evidentemente, esta interesada labor de zapa a la que se somete gratuitamente a la lengua nunca es inocente y responde a un afán de puro revisionismo oportunista, de conflicto inventado ex professo, de caos conceptual buscado a propósito para establecer nuevos campos maniqueos en los que echar a pelear a la población. 

Pero jamás se nos ocurra minusvalorar a quienes utilizan esas tácticas, no solo por el poder fáctico que de hecho disponen hoy en la administración, los medios y los partidos políticos, sino por las incalculables energías emotivas y sentimentales que tales ideas despiertan en una población cada vez más desorientada sobre los valores en los que ha de cimentar su vida.




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