Rebelión en la granja

Vaya por delante que me gustan los animales. Mucho. Casi todos, sí. Pero este esnobismo, modernismo, socialismo camuflado, igualitarismo entre personas y animales, en el que nos queremos transformar, me parece que está pasando de castaño oscuro. 

Los animales son eso, animales, y por más que lo intentemos no se pueden humanizar. No son humanos. Los caballos en la calle son bestias de tiro y no, no sufren por tener que tirar de un coche lleno de japoneses porque fueron domesticados para eso, si no estarían en la praderas de EEUU en el siglo XIX, pastando. Las vacas tienen ubres que ser ordeñadas para que disfrutemos de la leche y todos los derivados y no se abusa de ellas por ordeñarlas a mano (ya casi ninguna) ni se les hace de menos cuando se usan ordeñadoras mecánicas. No se les “cosifica” porque no son humanas, ¡que ya no estamos de acuerdo con nada, leñe!

Los cerdos nos dan jamón, secreto, pluma, manteca, jeta, oreja, hueso… y todo lo que ustedes ya saben.

Y los perros, son animales de guardia y/o compañía. Pero animales. Y NO VIAJAN EN AUTOBÚS. El autobús urbano es para las personas. PUNTO. Sólo cabe la salvedad de los perros guía a los que no se les debe ni acariciar ni llamar la atención porque tienen un propósito claro: servir de ayuda a una persona físicamente impedida, pero no ser el peluche de nadie.

Si usted quiere un perro, sabe, o al menos debe saber, que ha de tener y mantener ciertos requisitos y sacrificar otros cuantos, y ahí está incluido el acceder a espacios públicos con ellos.Si  no puede entrar en una carnicería porque es insalubre, pues no entra, ¿verdad? Si no puede estar en un hospital por peligro de contagio de enfermedades a enfermos pues no entra, ¿a que no? Pues si quiere moverse de un lado a otro de la ciudad y no quiere hacerlo a pie, o se busca su propio medio privado o mete a su mascota en un trasportín y lo coloca en el espacio destinado para ellos. Y además, paga por ello. Que a ver si va a resultar que les vamos a patrocinar el viaje como si hubieran estado cotizando para el Estado toda su vida. No señores, nos estamos volviendo demasiado “molones”. No consiento entrar en un autobús y tener que compartir espacio con un animal (que animales humanos también los hay, lo sé, pero esos no me queda más que aguantarlos), que no se si está desparasitado y limpio, que me acerca el morro a la pierna, que si me roza me deja de regalo pelos para que no me olvide de que ha estado allí, y por supuesto, que no es mío. ¿Qué ocurre si no me gustan los perros? Es más, ¿qué ocurre si algún hijo mío le tiene pánico a los perros? Pues verán, que si subo a un autobús y hay un perro y yo voy con mi hijo, el perro se baja, y su dueño decide si se baja con él o no, pero lo que está claro es que tanto mi hijo como yo subimos. El perro no. ¿Tienen preferencia los perros sobre las personas? Pues eso parece. En qué país vivimos señores, ¿en un país en el que se tiene la libertad para asesinar a un niño que no ha nacido pero cuyo corazón late, y en el que tienen preferencia los animales frente a los humanos sin capacidad de elección?

Me perdonarán ustedes, pero tenemos lo que merecemos.

No me vengan a decir que los perros son como hijos, porque no lo son. Que son como de la familia, porque  no son de la familia. Que si no se les quiere a ellos no se quiere a nadie, porque no es verdad. No olviden que los perros no son humanos, y si no lo creen así, tienen que visitar ustedes mismos Y DE URGENCIA, a un doctor de la cabeza, porque muy buenos, no andan, ni a pie ni en autobús.

Ilustración 




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